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Descolonización de Africa



Descolonización de Africa:
Política colonial en el siglo XX:
En el siglo XX muchas potencias imperialistas descubrieron las desventajas de mantener imperios coloniales. El mantenimiento del orden frente a la creciente marea nacionalista resultaba al mismo tiempo engorroso y caro. El coste de mantener una administración civil, de construir carreteras, ferrocarriles, aeropuertos, escuelas y hospitales, y abrir nuevas minas y factorías, gravitaba pesadamente sobre las haciendas nacionales. Sin embargo, a juicio de muchos funcionarios coloniales, todavía merecía la pena mantener colonias en el mundo moderno. Las colonias continuaban suministrando materias primas que de otro modo habrían de ser compradas en los mercados internacionales; y proporcionaban mercados a las exportaciones propias, que en otro caso tropezarían con las barreras arancelarias de las naciones independientes. Además, a menudo las colonias contribuían con sus habitantes a engrosar las fuerzas armadas de la metrópoli. En su política económica, las potencias coloniales procuraron alentar la inversión en sus posesiones y fomentar en ellas la producción, el comercio y el nivel de vida. Francia centró sus esfuerzos en la integración -ficticia- de las colonias en la política metropolitana; así, dos presidentes de las repúblicas africanas, L. S. Senghor (Senegal) y F. Houphouët-Boigny (Costa de Marfil), fueron en la última etapa colonial ministros en el gobierno francés. Bélgica no supo crear una clase dirigente en el Congo ni previó el rápido acceso a la independencia de ese país (actual Zaire).

El modelo de integración con la metrópoli
Portugal consideró formalmente a sus colonias de Africa y la India como partes iguales a la metrópoli, pero sólo concedió igualdad política y social a un número muy limitado de indígenas, los llamados assimilados; al final, para mantener Angola, Mozambique y Guinea-Bissau, se vio obligado a gastar gran parte de su renta nacional, lo que contribuyó al malestar en la metrópoli que determinaría la caída del régimen dictatorial y la independencia final de sus colonias. Ninguna de las potencias coloniales acertó a implantar en sus posesiones instituciones sociales y económicas que pudieran compararse , ni siquiera remotamente, con las suyas propias, salvo la muy importante excepción de la llamada Commonwealth blanca (Canadá, Australia y Nueva Zelanda), donde han arraigado democracias parlamentarias que reflejan con gran fidelidad el modelo metropolitano (británico). La Constitución de 1946, que estableció la IV República en Francia, hizo que el conjunto de territorios que habían conformado su poder colonial pasara a denominarse Unión Francesa, y se recalcaba que, cualquiera que fuera el régimen jurídico de cada territorio (departamento, colonia, protectorado), y cualesquiera que fueran los objetivos para el desarrollo económico y cultural, siempre prevalecería un principio, el de la unión entre los territorios de ultramar y la Francia metropolitana. No hacía posible atender cualquier pretensión de independencia o de autogobierno en los territorios de ultramar. El proceso de independencia de Indochina y Argelia serían muy sangrientos.

Sin embargo, las causas del rápido colapso de los imperios europeos después de la II Guerra Mundial hay que buscarlas no tanto en los fracasos (o logros) de los sistemas coloniales cuanto en el desarrollo del mundo en su conjunto. Incluso antes de 1930 existieron en las colonias organizaciones nacionalistas que, a partir de 1945, se extendieron rápidamente y ganaron amplio soporte popular. La II Guerra Mundial había demostrado que las potencias coloniales no eran invencibles: En el Extremo Oriente, las colonias de Francia, Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos fueron rápida y fácilmente conquistadas por los japoneses. Con la paz, los europeos descubrieron que ya no podían recuperar sus posesiones como si nada hubiera ocurrido. La India británica, la Indochina francesa, la Indonesia holandesa y las Filipinas estadounidenses se embarcaron rápidamente hacia la independencia y a ellas seguirían muy pronto las colonias africanas. Iniciado el último cuarto del siglo XX, los imperios coloniales han quedado reducidos a simbólicas reliquias. Así, si bien el Reino Unido controla nominalmente gran cantidad de islas en el Caribe (Estados Asociados), en el Atlántico, el Indico (de alto valor estratégico) y el Pacífico, son todas de reducida extensión y de muy escasa población; la absoluta mayoría de los súbditos coloniales británicos residen en Hong Kong. Francia detenta los llamados Departamentos y Territorios de ultramar, posesiones de pequeña superficie salvo la Guayana. Los Países Bajos solamente controlan las pequeñas, aunque prósperas, Antillas Holandesas. Portugal conserva teóricamente el poder sobre Macao.

Desintegración de los imperios:
Frecuentemente una colonia desarrolla un sentimiento nacionalista, apoyado en las instituciones de autogobierno que muchas veces han sido alentadas por la propia metrópoli, y termina alcanzando independencia plena. Este ha sido el caso de Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, que han permanecido íntimamente unidas a la corona británica después de independizarse. Pero, en la mayoría de los casos, las transformaciones de los imperios no se debe a la asimilación ni a estímulo independentista. El despertar de la autoconciencia nacionalista tiende a tropezar con la oposición de la potencia dominante, que a veces logra sofocarlo, pero sólo para verlo reproducirse. Si la colonia alcanza autogobierno local, luego autonomía nacional en los asuntos domésticos y, finalmente, independencia plena, sólo es como resultado de un conflicto continuo con su metrópoli. Cuanto más rápidamente difunda la potencia colonial las normas de vida occidentales -introduciendo carreteras, plantaciones y factorías, y servicios civiles desempeñados por nativos- más pronto surgirán las demandas de independencia. El principal factor es la aparición de una clase de indígenas cultos, que aspira a alcanzar el nivel de la clase dominante, pero que tropieza con medidas discriminatorias. No dar oídos a tales aspiraciones de la élite criolla costó a España su imperio colonial sudamericano entre 1810 y 1825.

Descolonización británica:
Los británicos, por el contrario, practicaron una política evolucionista, de concesión gradual de dosis limitadas de autogobierno a sectores de población cuidadosamente escalonados. Así, en una primera fase, reconocían el derecho a elegir modestos consejos legislativos únicamente a colonos blancos, por insignificante que fuese el porcentaje de éstos sobre el total de los habitantes de la colonia; en etapas posteriores, a veces ya con la independencia en perspectiva, concedían el derecho de voto a sectores cualificados de la población nativa, a la par que ampliaban las competencias sobre las que podían legislar los órganos electos. De este modo, llegado el momento de la independencia, nunca hubo un vacío de poder y la transferencia pudo realizarse siempre a personas y parlamentos más o menos representativos. Además, mientras que España fue expulsada por la fuerza de todas sus colonias americanas, mientras que Francia abandonó derrotada y humillada Indochina (Dien-Bien-Fu) y Argelia, y en tanto que Holanda salió de forma similar de Indonesia, los británicos solamente hubieron de retirarse derrotados en una única ocasión, la primera de todas: de los actuales Estados Unidos.

Repliegue de Europa tras la guerra:
Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó dividida, vencida, destruida. Sus posesiones, dispersas en las cuatro esquinas del mundo, recobraron poco a poco, entre 1947 y 1965, el dominio de sus destinos. La descolonización sirvió para recentrar a Europa sobre ella misma. Pero se trataba de una Europa amputada, desarmada, vencida. La desaparición de los conflictos intraeuropeos y de serias amenazas extraeuropeas conduce a la mayor parte de los Estados de Europa occidental a buscar una fórmula de concertación entre sí y a fundar la Comunidad Económica Europea (CEE). El repliegue sobre sí misma le permite a Europa olvidar su antiguo expansionismo. Su debilidad militar y política de hoy borra su antiguo belicismo y su absoluta hegemonía sobre el planeta entre 1492 y 1914. Una especie de purificación tiene lugar en Europa cuando retorna sobre sí con todas las descolonizaciones cumplidas. Esta purificación debe permitir la exaltación de los valores universales creados en el viejo continente -libertad, derechos del hombre, democracia- y hacer olvidar el comportamiento agresivo practicado fuera de sus fronteras: dominación, explotación, sometimiento. (Ignacio Ramonet)

Neocolonialismo, un nuevo modelo de dependencia:
A finales de los años cincuenta los viejos imperios eran conscientes de la necesidad de liquidar el colonialismo formal. Sólo Portugal continuaba resistiéndose, porque la economía de la metrópoli, atrasada y aislada políticamente, no podía permitirse el neocolonialismo. Necesitaba explotar sus recursos africanos y, como su economía no era competitiva, sólo podía hacerlo mediante el control directo. Suráfrica y Rodesia del Sur, los dos estados africanos en los que existía un importante núcleo de colonos de raza blanca (aparte de Kenia), se negaron también a seguir la senda que desembocaría inevitablemente en el establecimiento de unos regímenes dominados por la población africana, y para evitar ese destino Rodesia del Sur se declaró independiente de Gran Bretaña (1965). Sin embargo, París, Londres y Bruselas (el Congo belga) decidieron que la concesión voluntaria de la independencia formal y el mantenimiento de la dependencia económica y cultural eran preferibles a una larga lucha que probablemente desembocaría en la independencia y el establecimiento de regímenes de izquierdas. Únicamente en Kenia se produjo una importante insurrección popular y se inició una guerra de guerrillas, aunque sólo participaron en ella algunos sectores de una etnia local, los kikuyu (el llamado movimiento Mau-Mau, 1952-1956). En todos los demás lugares, se practicó con éxito la política de descolonización profiláctica, excepto en el Congo belga, donde muy pronto degeneró en anarquía, guerra civil e intervención internacional. Por lo que respecta al Africa británica, en 1957 se concedió la independencia a Costa de Oro (la actual Ghana), donde ya existía un partido de masas conducido por un valioso político e intelectual panafricanista llamado Kwame Nkrumah. En el Africa francesa, Guinea fue abocada a una independencia prematura y empobrecida en 1958, cuando su líder, Sekou Touré, se negó a integrarse en una «Comunidad Francesa» ofrecida por De Gaulle, que conjugaba la autonomía con una dependencia estricta de la economía francesa y, por ende, fue el primero de los líderes africanos negros que se vio obligado a buscar ayuda en Moscú. Casi todas las restantes colonias británicas, francesas y belgas de Africa obtuvieron la independencia en 1960-1962, y el resto poco después. Sólo Portugal y los estados que los colonos blancos habían declarado independientes se resistieron a seguir esa tendencia. Las posesiones británicas más extensas del Caribe fueron descolonizadas sin disturbios en los años sesenta; las islas más pequeñas, a intervalos desde ese momento hasta 1981, las del Índico y el Pacífico, a finales de los años sesenta y durante la década de los setenta. De hecho en 1970 ningún territorio de gran extensión continuaba bajo la administración directa de las antiguas potencias coloniales o de los regímenes controlados por sus colonos, excepto en el centro y sur de Africa y, naturalmente, en Vietnam, donde en ese momento rugían las armas. La era imperialista había llegado a su fin. Setenta y cinco años antes el imperialismo parecía indestructible e incluso treinta años antes afectaba a la mayor parte de los pueblos del planeta. El imperialismo, un elemento irrecuperable del pasado, pasó a formar parte de los recuerdos literarios y cinematográficos idealizados de los antiguos estados imperiales, cuando una nueva generación de escritores autóctonos de los antiguos países coloniales comenzaron su creación literaria al iniciarse el período de la independencia. (Hobsbawm)

El MPAIAC, con el objetivo de lograr la independencia de Canarias, se funda en Argel el 22 de octubre de 1964.


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