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Hezbollah



Hizbulá. Por Fernando Castro (11/08/06):
Israel ha reconocido esta semana que su aviación, por si sola, no derrotará a Hizbulá. En las próximas semanas aprenderá, además, que su fuerza militar terrestre tampoco es capaz de poner fin al conflicto. El problema, sin embargo, no es que los israelíes tengan un poderío militar insuficiente. La razón de que las fuerzas atinadas de Israel empiecen aparecer ineficaces no es otra que la incapacidad intelectual de los servicios de inteligencia para saber interpretar la naturaleza de su rival. No quiero hacer literatura esta vez. Por eso seré preciso. Contrario a lo que se suele pensar. Hizbulá no es un partido político ni menos aún una milicia fundamentalista islámica. Es un movimiento de amplio espectro que surgió como respuesta a la invasión israelí del Líbano en junio de 1982. Es cierto que, en su origen, Hizbulá integraban un puñado de shiítas apoya dos por irán. Ahora bien, conforme el sur del Líbano fue capaz de organizar una resistencia autónoma a la ocupación de Israel, Hizbulá evolucionó hasta convertirse en lo que es hoy; a saber, el núcleo coordinador de un crisol de organizaciones, con propósitos políticos y religiosos diferentes, pero con el común denominador de mantener activa esta resistencia. Por eso, en términos de estructura y jerarquía, no es nada comparable, por poner un ejemplo, a los talibán del sur de Afganistán. Si de lo que se trata es de buscar afinidades, lo más parecido a Hizbulá es el movimiento de derechos civiles que eclosionó la política de los Estados Unidos en la década de los sesenta. Y es que, queramos o no admitirlo, lo que ha hecho crecer tan rápidamente a Hizbulá, e imposibilita que pueda ser derrotada militarmente, no es el apoyo internacional con el que cuenta, como la mayoría de los medios de comunicación nos proponen a diario. Lo que impide esta derrota es el hecho mismo de que, como organización multidimensional y poliédrica, ha evolucionado hasta convertirse en una organización de defensa nacional a consecuencia del cambio de signo y la reorientación de estrategias de grupos sociales libaneses que existían previamente.

    Robert Pape: Dying to win Un ejemplo que evidencia esta particular naturaleza de Hizbulá nos lo aporta la identidad de los terroristas suicidas. Hizbulá dirigió una cruenta campaña de ataques suicidas contra objetivos estadounidenses, franceses e israelíes entre 1982 y 1986. Sumadas todas las acciones emprendidas, el número de terroristas implicados arroja un saldo de 41. Para escribir su libro, Dying to win: the strategic logic of suicide terrorism (Morir para ganar: la lógica estratégica del terrorismo suicida), Robert Pape, profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago, analizó las biografías y testimonios familiares de 38 de estos 41 terroristas suicidas. Para sorpresa de muchos, apenas ocho eran fundamentalistas islámicos. Veintisiete eran miembros de grupos políticos de izquierda, como el Partido Comunista Libanés y la Unión Arabe Socialista. Tres eran cristianos; entre ellos una profesora de secundaria con grado universitario. Todos habían nacido en el Líbano. Es obvio que lo que estos suicidas -como los integrantes de Hizbulá hoy- tenían en común no era su identidad religiosa o política. Lo que les unía de verdad era su compromiso de resistencia a la ocupación extrajera.

Casi dos décadas de presencia militar de Israel no han sido capaces de erradicar Hizbulá. Lo único que ha demostrado la ocupación es que, para acabar con los ataques suicidas en El Líbano, resulta obligado retirar las fuerzas de ocupación en la región. De ahí que la actual ofensiva terrestre de Israel pueda plantearse el objetivo de ocupar tierras y destruir armas. Pero es de necios pensar que de esta manera se vaya a acabar con Hizbulá. Convertir a la población civil en objetivo militar ha favorecido el reclutamiento de voluntarios y que Hizbulá sea percibida por el conjunto de la sociedad libanesa como un frente patriótico de defensa nacional. Para completar este breve análisis, se debe tener en cuenta otro dato. Con su ataque, Israel está desperdiciando la buena voluntad demostrada por Egipto y Arabia Saudita. Ambos estados, junto con Jordania, tienen intereses comunes en pacificar el área. Pero también en algo mucho más importante: en acabar con el tráfico de misiles, a través de Siria, que permite el rearme permanente de Hizbulá. Dado el control total por parte de Siria de su frontera con el Líbano, detener el flujo de armas es un trabajo de diplomacia: no de fuerza. Bajo condiciones adecuadas, Estados Unidos podría estar en disposición de ayudar a conformar una coalición ad hoc de vecinos de Siria con el objetivo expreso de seducirla o intimidarla a fin de prevenir que misiles de Irán, China o cualquier otro país extranjero entren en El Líbano. Podría incluso ofrecer que se abrieran conversaciones sobre el futuro de los Altos del Golán. No obstante, es Israel quien debe tomar la iniciativa. Tendrá que elegir y no dudar. A no ser que repliegue su ofensiva y acepte un genuino alto el fuego, seguramente habrá muchos muertos israelíes en las próximas semanas y un Hizbulá infinitamente más poderoso. (Fernando Castro de Isidro)
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