Cuba
Guerra 1868
Cuba perdida




Nicolás Estévanez Cuba. Virtualmente perdida:
En efecto, yo creía respetable en todo hombre el amor a la independencia y a la libertad; pero no creía que se alzaran en armas los que traducían aquel noble sentimiento en groserías contra nosotros, que no habíamos hecho el mundo ni sus leyes. Poco después aquellos mismos tacos demostraron mi equivocación; arrastrando a los guajiros, sin los cuales nada hubieran hecho, sostuvieron una lucha de diez o doce años. Sucumbieron, sí, pero en aquella primera rebelión, y no en la última, acabaron con el prestigio y quebrantaron el poder de España. Nadie los creía capaces de tan prodigioso esfuerzo, ni yo mismo; pero, por mi parte, no tardé mucho en rectificar mi juicio -antes de la insurrección- al ver que los poetas y las mujeres tenían por su único ideal la independencia de Cuba. Tanto rectifiqué mi juicio que, de regreso en España el año 67, daba yo por perdida aquella hermosa tierra. -Pero hombre -me decían-, ¿cómo ha de perderse Cuba, si aquello se gobierna con un violín, si los blancos no han de entenderse con los negros, si allí no se piensa más que en el juego y el danzón? -Pues a pesar de todo Cuba se pierde; en realidad ya está perdida. Creo que, en efecto, Cuba se hubiera perdido para España desde el 68 si no hubiera ocurrido la revolución española de septiembre. El movimiento separatista iniciado por Céspedes en Yara seguramente hubiera sido secundado por todos los cubanos, sin distinción de sexos, edades ni colores, si el triunfo de la revolución en la Península no hubiera alentado esperanzas ilusorias de los que, al verla triunfante, creyeron que España rectificaría su política ultramarina, modificaría su régimen colonial. Desgraciadamente no fue así; todo siguió en el mismo estado; la revolución de España, tímida ante los elementos perniciosos que explotaban a Cuba sin conciencia, no hizo nada en sentido progresivo, ni siquiera abolió la esclavitud.

[Trato a los negros libres y abolición de la esclavitud:]
La cuestión de razas era una dificultad para los cubanos y para los españoles; pero los primeros, anticipándose a abolir la esclavitud cuando los segundos vacilaban, no sólo fueron más humanos, sino también más políticos. Todavía nos lamentamos algunos del fracaso evidente de la revolución española, pero ésta no fracasó en la Península sino después de algunos años de luchas y debilidades y torpezas; donde fracasó vergonzosamente desde el primer día fue en las colonias.

    La Gloriosa destronó a Isabel II en 1868. La reina abandona España en septiembre de 1869 y abdica en París (1870) en favor de su hijo Alfonso XII. La monarquía volvería a ser instaurada en la figura de su hijo. En 1873, tras la renuncia del rey Amadeo de Saboya, en España se proclama por primera vez la república. El 13 de junio preside el gobierno Pi y Margall, el teórico más importante del federalismo. Entre sus principales determinaciones está la de detener la guerra carlista. Se produce un levantamiento cantonal en julio con los focos más importantes en Valencia, Andalucía y Murcia. Su fin era el de implantar la República Federal por la vía revolucionaria. La insurrección de Murcia se prolongó hasta el 12 de enero de 1874. El 18 de julio dimite Pi y Margall. Salmerón trató de criminales a los cantonalistas y Castelar se apoyó decididamente en el ejército.

Los mismos cubanos que, confiando en los liberales españoles, se apartaron de los rebeldes del 68, han sido insurrectos el 95. Y eso que entre los cubanos abundaban los hostiles a la raza negra, por influjo del medio en que vivían. El negro, en Cuba, no sólo era esclavo, sino que, aun siendo libre, se le hacía vivir fuera de la sociedad y en una atmósfera de vilipendio, generadora de odios y venganzas. En todo y siempre se marcaba el desprecio en que se les tenía, la injusticia con que se les trataba. Ni en el presidio se equiparaba a los hombres en la categoría común de delincuentes. Los presidiarios blancos se distinguían de los negros en las listas en que los últimos figuraban con el nombre a secas y los primeros con el don que los calificaba. Todo blanco tenía derecho al don en la sociedad de Cuba; ningún negro lo tenía. Los soldados españoles eran los únicos blancos sin el don, mientras estaban en los regimientos; pero si alguno de ellos, por delito o crimen, era sentenciado a la pena de presidio, inmediatamente adquiría el derecho de llamarse don Fulano, con lo cual se distinguía de otros camaradas suyos, no más criminales, pero sí más feos. Contábase en mi tiempo que un soldado le había hurtado el reloj a su sargento primero, y dijo en el sumario que lo había hecho con premeditación para que lo condenaran a presidio y lo llamaran don Pablo, como al veterinario de su pueblo.

[Relevo del capitán general Lersundi (1866):]
El capitán general de la isla, en 66, era Lersundi, que tuvo allí mala suerte. No le valió ni ser un impenitente moderado y tan adicto a doña Isabel II que todavía en octubre del 68 gobernaba en su nombre, celebraba oficialmente su cumpleaños y se negaba a cumplimentar las órdenes del gobierno de septiembre. A un hombre así lo calificaban en el 66 de peligroso por su radicalismo -¡si serían liberales!- ciertos elementos predominantes entre los españoles de la isla y bien conocidos por negreros, corruptores de empleados y defraudadores de la Hacienda Pública. Y lo singular del caso es que aquellos mismos hombres, tan inmorales como reaccionarios, que más tarde supieron convertir en instrumentos suyos a los españoles más laboriosos y honrados, abusando de su buena fe y de su mal orientado patriotismo, no fueron al calumniar a Lersundi sino instrumentos de otros más sagaces y más intencionados. Porque la desgracia de Lersundi, las antipatías que inspiraba a ciertos elementos, las calumnias y mortificaciones que desde su mando en Cuba le acompañaron hasta el sepulcro mismo, tenían por único origen la inadvertencia de haber hecho cierta visita oficial ostentando la gran cruz de Carlos III, hecho pueril que alguien tradujo por intencionada y audaz provocación. ¡Bien se vengaron de Lersundi los enemigos de Carlos III! (Nicolás Estévanez)


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