Leyendas
Razas monstruosas



Leyendas medievales:
Razas monstruosas:
También creían en la existencia de razas monstruosas, como las guerreras amazonas, antropófagos, pigmeos, hombres cíclopes, descabezados, cinocéfalos (con cabeza de perro), hipópodos (con pezuña de caballo), hombres con labios enormes que les servían de sombrilla. Con estos relatos, cualquier viajero o navegante con imaginación trataba de relacionar lo que veía con aquello que había leído o le habían contado.
Colón, en su famosa carta de 1493 anunciando el descubrimiento, proclamaba a la cristiandad que en su viaje no había encontrado monstruos y los indios no tenían nada de seres extraños.

    "En estas islas hasta aquí no he hallado hombres mostrudos, como muchos pensaban, mas antes es toda gente de muy lindo acatamiento, ni son negros como en Guinea, salvo con sus cabellos correndíos, y no se crían adonde hay ímpeto demasiado de los rayos solares"

Según Nieremberg está escrito en una obra de Pietro Martir d'Anghiera o Anglería (1457-1526) que los vascos decían haber oído en plena mar una música agradabilísima que atribuían a los hombres marinos. Tambien cuenta Nierember que el explorador Gil González Dávila afirmó haber encontrado a cien leguas de Panamá ciertos misteriosos peces que cantaban tan armoniosa y suavemente que producían sueño.


Descripciones falsas en reputados autores clásicos:
Si creemos a Plinio y a Heródoto, hay en algunos lugares especies de hombres que muy poco parecido tienen con la nuestra. Hay formas mestizas y ambiguas entre la naturaleza humana y la animal. Hay regiones en las que los hombres nacen sin cabeza, con los ojos y la boca en el pecho; en las que todos son andróginos; en las que andan a cuatro patas, en las que no tienen más que un ojo en la frente y la cabeza más parecida a un perro que a la nuestra; en las que son peces de la mitad para abajo y viven en el agua; en las que las mujeres paren a los cinco años y no viven más que ocho; en las que tienen la cabeza y la piel de la frente tan dura que no puede penetrar el hierro, pues rebota en ellas; en las que los hombres no tienen barba; hay naciones que no usan ni conocen el fuego; otras que producen esperma de color negro. ¿Y qué me decís de aquellos que por naturaleza se transforman en lobos, en yeguas y luego otra vez en hombres? Y si es verdad, como dice Plutarco, que en algún lugar de las Indias hay hombres sin boca que se alimentan del aroma de ciertos olores, ¿cuántas descripciones nuestras serán falsas? (Michel de Montaigne. Apología de Raimundo Sabunde)

Cualidades humanas fantásticas:
Heródoto:
El gran viajero de Halicarnaso, a pesar de su actitud poco crédula, refiriéndose a los atlantes, habitantes del norte de Africa, indica que son vegetarianos y que no sueñan. Los calvos nos cuentan cosas que jamás resultarán verosímiles, diciendo que en aquellos montes viven hombres con pies de cabra, y que más allá hay otros que duermen un semestre entero, lo que de todo punto no admito. Escribió sobre los neuros, capaces de transformarse en lobos: Yo no creo de todo ello una palabra, pero ellos dicen y aun juran lo que dicen.

Tanto en las Filípicas de Teopompo de Quíos, contemporáneo de Platón, como en la Varia historia de Eliano, se parodia el Critias hablando de Merópide, una isla situada más allá del océano Atlántico, cuyos habitantes tenían una estatura dos veces superior y vivían el doble de años que los hombres normales. Heródoto resume un poema perdido de Aristeas de Proconeso en el que el autor hablaba de un viaje realizado por inspiración de Apolo a regiones remotas, hasta el país de los isedones, «más allá» de los cuales vivían los arimaspos, hombres de un solo ojo, los grifos guardianes del oro y, por último, los hiperbóreos, que habitaban una tierra donde el clima era siempre primaveral y revoloteaban plumas en el aire.

Luciano describe en Relatos verídicos una ciudad de los bienaventurados toda de oro, donde las espigas en vez de granos producen panes. No tienen cuerpos, sino que son intangibles y carentes de carne, y solo muestran forma y aspecto. Pese a carecer de cuerpo, tienen, sin embargo, consistencia, se mueven, piensan y hablan: en una palabra, parece que sus almas desnudas vagan envueltas en la semejanza de sus cuerpos; por eso, de no tocarlos, nadie afirmaría no ser un cuerpo lo que ve, pues son cual sombras erguidas, no negras. Nadie envejece, sino que permanece en la edad en que llega..

En el tratado Expositio totius mundi, escrito originariamente en griego y traducido al latín en el siglo IV, se describe un país donde un pueblo feliz, que no conoce la enfermedad, se alimenta de miel y de panes que caen del cielo. También en el País de Jauja descrito en el poema de Li Fabliaus de Coquaigne (s.XIII) los habitantes son eternamente jóvenes gracias a una fuente milagrosa.

Literatos, fabuladores y cazadores de misterios fueron añadiendo gran variedad de humanos dotados de cualidades fantásticas localizados en tierras desaparecidas (Mú, Lemuria, Atlántida, Hiperbórea, Thule).

Lugares subterráneos:
Especialmente fecunda en relatos fantásticos fue la idea de que la Tierra es una esfera hueca, iluminada y habitada. Algunas versiones incluían zonas de magmas por donde transitaban dragones. Varios escritos recientes sobre el mundo subterráneo de Agartha incluían sabios de extraordinarias facultades mentales que levitaban. Niels Klim en su obra de pura ficción Viaje al mundo subterráneo (1741) describe distintas especies de árboles dotados de razón y total movilidad. Las explicaciones sobre Tierras huecas sitúan a menudo las entradas en los polos. Incluso llegan a ser el punto de entrada por donde los ovnis penetran en nuestro espacio aéreo. En Un descenso al Maelström Poe describe un vórtice gigantesco que recuerda la entrada al mundo subterráneo, metáfora del Abismo. Calamidades y horrores atormentan a los que se acercan a la ominosa frontera marcada por los hielos. El Polo es antesala del tártaro, infierno glacial o mundo subterráneo. El narrador sobrevive tras acercarse a la experiencia de la muerte. Llega hasta la zona limítrofe de la disolución y el caos.

Los Titanes de Helena Blavatsky (s.XIX):
Esta difusora de supercherías, en La doctrina secreta (1888) afirma la existencia de Titanes en tiempos remotos adaptados para enfrentarse a monstruos gigantescos. Opinaba que las ciencias ocultas aportan más que la antropología de Darwin y que la teología bíblica. Y la cronología esotérica no debería espantar a nadie, porque en cuestión de cifras las más importantes autoridades de hoy son inciertas y cambiantes. Afirmaba la existencia de tierras sagradas y misteriosas y daba chocantes explicaciones a la formación de la diferenciada raza aria. Una de sus fuentes de información eran los mensajes telepáticos que recibía de monjes orientales.

Los espíritus que visitaron a John Dee (s.XVII):
John Dee (1527-1608) logró ganarse el favor de María Tudor e Isabel I como elaborador de horóscopos. Depositó una gran fe en la Esteganografía de Tritheme y en la alquimia. Era un ávido lector de textos herméticos, paracelsianos y semíticos. En 1581 se relacionó con el farsante Kelly, conversador con los muertos y sintetizador de oro que le trajo el descrédito general. Murió en la pobreza y el olvido. En 1659 se publicó una relación de sus conversaciones con los espíritus logradas a través de una piedra negra de antracita. Los seres de otra dimensión con los que contactaba viajaban a través del tiempo. La Esteganografía de Jean Tritheme (1462-1516) resume en ocho tomos sus estudios sobre la cábala hebrea, un manuscrito dictado durante el sueño. Describe métodos de escritura secreta, telepatía y telequinética. Tritheme fue miembro de la Cofradía Celta, una sociedad secreta donde se estudiaba astrología, magia, numerología y la cábala.

Credulidad ante las fabulaciones de Münster:
Es muy curioso repasar las láminas que en la Cosmografía (1550) de Sebastián Münster se dedican a representar posibles razas humanas, interpretando relatos de viajeros y exploradores excepcionales, que se atrevían a adentrarse por las exóticas tierras de Lejano Oriente, y que si duda llevaban la cabeza cargada de prejuicios y fantasías medievales. Sólo así se explica que aquellos hombres creyesen a pie juntillas en aquellas deformaciones monstruosas del arquetipo humano: los cíclopes, gigantes con un solo ojo; los cinocéfalos, hombres con cabeza de perro; los unípodos, hombres con un solo pie gigantesco; los hipópodos, con pezuñas de caballo, etc. Junto a los monstruos humanos, hay que señalar también numerosos animales fantásticos que en aquellos parajes situaban los viajeros: los grifos, que eran en su mitad superior como águilas y en la inferior como leones; hormigas gigantescas, el basilisco, que mataba con la mirada; la famosa ave fénix, que renacía de sus propias cenizas; dragones cuyo hálito de fuego podía producir la muerte instantánea; sirenas, etc. (José Luis Abellán)

En tierras del Preste Juan, el fabulador Mandeville sitúa un desierto donde hay muchos hombres salvajes de horroroso aspecto, pues tienen cuernos; no hablan, sino que gruñen como los cerdos. Lo sitúa en una isla en Asia cerca de Catay y separada por mares de gran peligro. En muy diversos lugares se sitúan fuentes de la eterna juventud que proporcionan a los hombres salud continuada e inmortalidad.

Ante el Océano o Mar Tenebroso (nombres que en la época recibía el océano Atlántico), con sus miedos y fantasías, la imaginación empezó a alimentar el género de islas perdidas (San Brandán, Antilla o Antilia, Siete Ciudades) que para los navegantes tan pronto aparecían como desaparecían. Estaban dentro de la tradición de islas paradisíacas, de infinitas delicias que mezclaban reminiscencias de las islas de los Bienaventurados con las fantasías orientales de Las mil y una noches. Igualmente, respondían a los sueños cristianos del Paraíso Terrenal. Su fuerte arraigo las hizo aparecer en la cartografía durante siglos.

    ...se veían ciertas tinieblas impenetrables que se levantaban desde el mar hasta tocar con el cielo, sin notarse en ellas disminución, añadiendo que estas espesas sombras estaban defendidas de un ruido espantoso, cuya causa era oculta, y que no las consideraban sino como un abismo sin fondo o como la misma boca del infierno... (relato de portugueses sobre San Borondón)

En la mitología china abundan las criaturas semejantes a los humanos con gran variedad de combinaciones de partes anatómicas. La descripción que Plinio el Viejo dejó de los chinos, los seres según la denominación latina, era pura invención. Decía que eran longevos, que su esperanza de vida alcanzaba al menos los doscientos años; que era un pueblo amante de la justicia y hacendoso; que su cabello era pelirrojo, sus ojos azules y su altura mayor de lo normal. Este grado de desconocimiento se daba a pesar de que numerosos productos comerciales recorrían las rutas en ambas direcciones.


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