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Mitos
El origen de las islas



Mitos sobre el origen de las islas:
Los marineros aún creen que existen espíritus malvados que habitan en ciertas islas a las que hacen surgir repentinamente de las aguas para estorbar a los navegantes o para confundirles en sus cálculos. Es corriente entre los marineros la creencia de que en los momentos en los que se padece la tortura del hambre y la sed, aparecen sobre el océano unas islas verdes imposibles de alcanzar. Sin duda este fenómeno tiene que ver con los espejismos y las alucinaciones, que con frecuencia padecen los náufragos. En semejantes momentos, a pesar de que todo el océano alrededor esté desierto, parece que pueden distinguirse barcos a toda vela en la lejanía del horizonte. En las costas del canal es muy frecuente la creencia en islas flotantes y dicen los marineros que son montañas arrancadas del fondo del mar por las erupciones volcánicas. Hay incluso quien pretende haber visto estas islas con sus propios ojos. Estas islas huyen de los barcos sin que éstos puedan alcanzarlas y están conducidas por un demonio al mando de las almas de los ahogados que han merecido ir al infierno y han sido condenados a permanecer en esas misteriosas islas hasta el día del juicio. A veces puede escucharse claramente el rugido de bestias salvajes que provienen de alguna de estas islas y los marineros consideran de mal agüero encontrárselas.

Tradiciones de las islas del Pacífico:
Estas creencias y supersticiones tan frecuentes entre las gentes del mar son vestigios del pasado y pueden encontrarse en las mitologías de distintos pueblos. Los habitantes de Hawai dicen que en un oscuro y distante pasado, cuando el océano cubría toda la superficie del globo, un gigantesco pájaro puso un huevo que incubó el Sol y del cual nació la isla de Hawai. Según los japoneses, las islas nacieron de la unión de Isanaghi y de Isanami. Los polinesios cuentan que fueron los dioses quienes tiraron las islas desde el cielo. Antiguamente había cinco lunas en el cielo que lanzaban maléficos hechizos sobre aquellos que las miraban y que repentinamente se veían afectados por una extraña locura. El dios Taarva conjuró a estas lunas y las lanzó al mar donde dieron lugar a cinco islas. Los tahitianos cuentan que hubo un tiempo en el que en el firmamento lucía una Luna más brillante que la que hay ahora. Los dioses, en sus divinos juegos, la rompieron y arrojaron sus pedazos al mar. Según muchas tradiciones que pueden ser rastreadas hasta la antigüedad clásica, la islas fueron creadas por los dioses con el propósito de dar asilo tanto a dioses perseguidos como a héroes en peligro. Así la de Delos, durante tanto tiempo sumergida en las aguas, surgió de la espuma de las olas para dar refugio a Latona. Dicen los japoneses que los dioses arrojaron al océano la isla de Ava para ayudar a Hirougo, que estaba siendo arrastrado por la corriente en su frágil canoa de bambú. Las tradiciones localizadas en el océano Pacífico cuentan que las islas fueron pescadas y sacadas de las profundidades por los dioses. Así Isanaghi, dios de los japoneses echó un día su red al mar para ver si existía un mundo sumergido en el fondo y sacó a la superficie a la isla de Onokoro.

Tradiciones de las costas Europeas:
Según la leyenda que frecuentemente puede encontrarse tanto en Grecia como en los países escandinavos y en Oceanía, las islas se formaron a partir de trozos de tierra que héroes y semidioses tiraron al mar. Jason ordenó a Eufemo que arrojara al mar el terrón de tierra de Libia que Tritón le había dado y de ella surgió la isla de Calisto. El Edda de Snorri cuenta que Gylf, rey de Suecia, prometió a una joven extranjera tanta tierra como cuatro bueyes pudieran arar en día. Ella enganchó al arado cuatro bueyes que habían nacido de su unión con un gigante y el arado se hundió tan profundamente en el suelo que cortó aquella parte de la tierra. Los bueyes la arrastraron hacia el mar y así se formó la islas de Seeland. Se cuentan numerosas historias sobre las islas flotantes que los antiguos marinos aseguraban que existían en el océano. Plinio ya menciona alguna de estas islas y, durante muchos años, se creyó que, en tiempos del Diluvio, Irlanda fue una isla flotante. Estas leyendas alusivas a islas flotantes sin duda se basan en la existencia de enormes bloques de hielo que flotan en al océano Artico. Los marineros aseguraban que en las islas flotantes habitan malvados demonios del mar dedicados a engañar a los navegantes. Una de estas islas era Gummer's Ore, que se aparecía entre los arrecifes que hay cerca de Estocolmo. El barón Grippenheim cuenta que había estado buscando esta isla en vano y que un día, de repente, distinguió tres puntos de tierra que se levantaban sobre la superficie del mar. (Angelo S.Rappoport)


Mitología China. El mar y las islas:
En pura teoría, el Mar baña al mundo por los cuatro lados. Pero los mares del Norte, del Oeste y del Sur, fuera del horizonte limitado de la China antigua, son perfectamente míticos. El mar oriental es real, pero no por ello está menos lleno de misterios. Por lo demás, es muy posible que, en la alta antigüedad, los chinos no hubieran tenido conocimiento directo de ese mar. El Mar es el dominio de una figura mitológica bastante curiosa, Yu-kiang. Reside en el Norte o en el Noroeste. Es un dios del Viento, particularmente del Viento marino, pero no el dios del Viento, título que más bien se reservaría a otro personaje, el Conde del Viento. En tanto que dios del Viento, el Shan-hai king le describe con una cara humana y un cuerpo de pájaro. Dos serpientes verdes están enganchadas en sus orejas, y otras dos bajo sus pies. Pero también es un dios del Mar. Como tal, se presenta con un cuerpo de pez, pero tiene pies y manos, y va montado en dos dragones. Su cuerpo de pez es el de un kuen, es decir, una gran ballena del mar septentrional, de no se sabe cuántos millares de li de larga. A veces ese gran kuen se encoleriza. De repente se transforma en un ave gigantesca, el p'eng, que surge del Mar del Norte levantando olas enormes. Sus alas desplegadas oscurecen el Cielo como nubladas. Vuela durante seis meses hasta el Mar del Sur, donde se posa al fin. Tal como está contado por Chuang-tse, este mito se apoya sin duda en la alusión al régimen de vientos en el mar de la China. Muy lejos, al este, en el Mar Oriental, se encuentra un Abismo sin fondo, el kuei-hiu, donde se arrojan (o "regresan") todas las Aguas del Mundo, tanto las de los Ríos como las del Mar, así como, pasando por el "Vado del cielo", las Aguas de la Vía láctea, el Río celeste. Por encima del kuei-hiu, hay cinco islas maravillosas donde residen Inmortales vestidos de plumas y provistos de alas, y donde crecen las plantas de inmortalidad de que se nutren.

Fijación de las islas flotantes:
Al principio, las Islas no estaban fijadas al fondo del Mar. Flotaban libremente, con riesgo de ir a chocar al Oeste, en el continente. Incomodados, los Inmortales se quejaron al Emperador del Cielo. Este dio la orden a Yu-kiang de fijar las Islas con quince grandes Tortugas, tres para cada isla. Mientras que una tiraba, las demás esperaban. Debían relevarse, por turnos de tiro de sesenta mil años. No obstante, ocurrió que un Gigante del país de Long-po (Condes-Dragones) llegó en unos cuantos pasos a las Islas y se puso a pescar las Tortugas. Se llevó seis de un solo golpe. Las dos islas, privadas de sus soportes, derivaron hasta el Polo Norte y se hundieron en el Mar. Enojado, el Emperador del Cielo volvió a dar a los Gigantes una talla menos peligrosa, aunque todavía sobrehumana. La búsqueda de las tres Islas restantes de los Inmortales ha tentado luego a mucha gente, especialmente reyes o emperadores, bastante ricos y poderosos para montar expediciones marítimas. Todas ellas fracasaron. Los que pensaron lograrlo, las veían a lo lejos como nubes. Al acercarse, se metían bajo la superficie del agua, como reflejos, a punto de abordarlas, se alejaban, empujadas por el viento. Es probable que esas leyendas se hayan nutrido por visiones de espejismos marinos. Por otra parte, se sabe que, en los climas húmedos, a menudo hay bruma cerniéndose por la superficie del agua, de modo que las costas y las islas parecen suspendidas por encima del mar. Pero la gran popularidad de las leyendas de las Islas Inmortales proviene de que representan paraísos taoístas y mundos autónomos.


Poblado vikingo Thor sale a pescar:
El dios Thor había pasado mucho tiempo cazando gigantes y necesitaba cambiar. Y no es que tuviera especial interés en quedarse en casa. Su esposa, Sif, era encantadora, pero a ella no le gustaba el desaliño de Thor, y a veces tenían sus trifulcas. Así que el dios se cansó de que sus íntimos se le subieran a las barbas, recogió las cabras, encargó a los enanos que siguieran arreglando el cubo de una rueda de su carro y se dirigió al mar en busca de la Serpiente Mundial, Jormungander, para luchar contra ella. Antes se peinó un poco, se disfrazó de dandy, adoptó un aire refinado y escondió el martillo en una bolsa que colgó del cinturón. Abandonó las orillas de Midgard y se lanzó a través del océano hasta llegar a la costa de Jotunheim, cuyo propietario era cierto gigante llamado Hymir. Thor se encaminó a la puerta de Hymir y osadamente pidió posada para pasar la noche. El gigante vivía solo y no le gustaba que lo molestasen; menos aún le gustaba dar nada, aunque era un pescador y granjero sumamente próspero y tenía de todo. Una de sus más preciadas posesiones era un rebaño de ganado negro con cuernos blancos y un pelo tan suave como la seda. Hymir solía salir a pescar muy de mañana. A Thor le pareció una buena idea: pediría al gigante que le dejase acompañarlo a pescar, en espera de poder vislumbrar a la Serpiente Mundial. Aunque a regañadientes, Hymir aceptó a Thor en su casa para no violar las leyes de la hospitalidad. A la mañana siguiente, Thor oyó al gigante levantarse y buscar a tientas la ropa para no gastar la vela. Iba a ordeñar las vacas antes de salir al mar. Cuando Thor su puso que habría terminado de ordeñar fue al encuentro de Hymir, que en aquel momento llevaba las dos últimas lecheras a un arroyo cercano para enfriarlas, y le dijo: —Me gustaría ir a pescar contigo. —No quiero pasajeros en mi barca —refunfuñó Hymir. —Te ayudaré a remar y a pescar. —Buena pinta tienes tú de remero con esos pantalones —dijo —Luego lo veremos. Bueno, ¿qué utilizamos de carnada? Hymir hizo un gesto con la cabeza, señalando hacia donde pastaba el ganado. «Sírvete», dijo groseramente, refiriéndose a la cantidad de bostas que había por allí Thor se hizo el sueco y cortó la cabeza a un novillo, pensando que no sería mal cebo para la Serpiente Mundial. Hymir lo miró irritado, pero no dijo nada. Cuando botaron la barca, el gigante rezongó: Hymir. —No sé de qué me va a servir este gallito. Si remo hasta tan lejos como acostumbro se me va a congelar. Thor empezaba a perder la paciencia, y tentado estuvo de sacar el martillo y acabar de una vez, pero supo contenerse, pensando que era mejor probar su fuerza de otro modo. Dijo: —Venga, deja de gruñir y llévame donde quieras. Veremos quién se cansa antes de remar. Hymir cogió los remos de proa, y el dios el otro par. Pronto el gigante tuvo que confesarse que aquel dando remaba mejor que él, e insinuó que ya se habían alejado suficiente. De mal humor murmuró: —Es aquí donde siempre pesco las platijas. El dios sabía que tendría que avanzar más si quería encontrarse con la Serpiente y gritó: —Será mejor más allá. Si estás cansado, rematé yo solo. Hymir se mordió los labios y siguieron remando media hora más. El gigante volvió a insistir, esta vez en tono más duro: —Será mejor que paremos. Si seguimos avanzando vamos a atrapar lo que no queramos... ¡y desde luego no va a ser un resfriado! Pero flor se negó a dejar de remar e Uy mir se vio obligado a ayudarle. Al fin, el gigante sacó los remos del agua y los dejó en el bote. —iBueno, basta ya! —exclamó. — por qué? —quiso saber Thor. El gigante tuvo que hablar claro: —Porque estamos en aguas donde suele andar la Serpiente Mundial. ¿No te das cuenta de lo peligroso que es quedarnos aquí? —Si el sitio es bueno para Jormungander, también lo será para mí —exclamó Thor—. Aquí sí que debe de haber buen pescado. ¡Saca las cañas ahora mismo! El dios cogió la caña de pescar más grande, que tenía un sedal tan ancho como su muñeca y un anzuelo de hierro capaz de preocupar a una ballena, fijó en él la cabeza de buey y lo lanzó al agua. Se oyó el chapoteo de la cabeza al caer, mientras sus ojos grandes y redondos parecían mirar a Thor con reproche a medida que la cabeza y los cuernos se hundían en el mar.

Thor Allá abajo, en el fondo, yacía la Serpiente Mundial con la cola sujeta entre las mandíbulas. De pronto vio que dos enormes ojos de toro y un par de cuernos blancos descendían hacia ella. Levantó unos de sus enormes labios, lleno de verrugas y lapas, dejando un orificio lo suficientemente grande para que cupiera la cabeza del buey. Pero, al pasar por la garganta, notó que el anzuelo se le clavaba en el gaznate. Tosió, y un eructo transformado en ola estuvo a punto de dar al traste con el bote del gigante. Pero el anzuelo no se soltaba. Cuando la serpiente comprendió que se había tragado un anzuelo, se estremeció con tal violencia que casi salen disparadas caña y sedal, y Thor se despellejó las muñecas contra la borda. El escozor hizo que el dios se enfureciese, y, convocando todo su divino poder, aferró los talones y apretó con tanta fuerza los pies contra el fondo del bote que pudo sacar a la Serpiente fuera del agua. Nadie había contemplado jamás una visión tan terrible, capaz de helar la sangre en las venas: a Thor parecían salírsele los ojos de las órbitas al ver a la Serpiente. La bestia le contempló desde abajo y lanzó en un resoplido una nube de veneno hacia el aire. Dicen que el gigante Hymir se echó hacia atrás y palideció de terror ante la visión de las mandíbulas de la bestia, que aún sujetaban la cola, los macizos dientes, los ojos bulbosos y un alga especial en torno a su cuello, amén de la cantidad de moluscos que lo recubrían. Y durante todo el rato la mar chocaba violentamente dentro y fuera de la barca. Hymir sólo tenía una idea fija: salvarse. Agarró el afilado cuchillo que solía utilizar para cortar el cebo y con un par de tremendos cortes partió el sedal de Thor en dos. El agua del mar se engulló con un susurrante goteo los extremos de la cuerda, y la Serpiente Mundial volvió a hundirse en el océano, esfumándose en un torbellino de burbujas. Thor alzo el puño, loco de furor. En el mismo instante de su éxito le arrebataban la presa. Hubiese dado cualquier cosa para lograr que la cabeza y los cuernos de Jormungander estuviesen fijos, debidamente montados y preparados, en uno de los muros de su palacio de Bislkirnir. No sería así. Y quizá tanto diese, pues había olvidado las funestas consecuencias profetizadas si alguna vez a la Serpiente Mundial le sacaban la cola de la boca. Thor desató su rabia contra Hymir. Le atizó un golpazo tan furibundo con el puño, que el gigante giró como una peonza sobre sí mismo, cayendo fuera del bote en el acto; lo último que Thor vio fueron las plantas de sus pies. A renglón seguido, el dios remó furiosamente hasta la orilla, y desde allí emprendió el camino de retorno a casa, a Asgard.


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