RASD
Javier Reverte



RASD: Javier Reverte:
Escritores en los campamentos (1981):
En el año 1981, cuando todavía trabajaba en el periódico Pueblo, la Asociación de Amigos del Sahara de Madrid decidió organizar un encuentro entre escritores españoles y escritores saharauis en los campamentos de refugiados de Tindouf, en territorio argelino. Como ya sabrá el lector, alrededor de ciento cincuenta mil civiles huyeron del Sahara Occidental cuando fue ocupado por los marroquíes en 1975, después de que España aceptase abandonar la que hasta ese momento era una de sus provincias de ultramar. Argelia les permitió instalar sus campamentos en los alrededores de la ciudad de Tindouf, mientras las guerrillas saharauis del Frente Polisario combatían al ejército de Marruecos. Los civiles se organizaron en cinco campamentos y, desde entonces hasta el día de hoy, viven en condiciones de escasez extrema, sosteniéndose con la ayuda de la ONU y de las organizaciones humanitarias europeas. Los territorios cedidos por Argelia se encuentran en la Hamada, uno de los lugares más desolados de la Tierra, un desierto pedregoso donde apenas hay agua ni prosperan los cultivos de ninguna especie. En 1993 el Polisario decretó un alto el fuego en la guerra, tratando de encontrar una salida negociada al conflicto por vía diplomática, una aspiración que aún no se ha cumplido. Las resoluciones de Naciones Unidas a favor de la causa saharaui han sido despreciadas por la monarquía marroquí. Por lo que se refiere a los sucesivos gobiernos democráticos españoles, tanto de la izquierda como de la derecha, han seguido con mansedumbre el rumbo que marcaba la diplomacia de Rabat.

Con aquel viaje pretendíamos que la opinión pública española no olvidara una causa que muchos considerábamos y consideramos justa y queríamos también mostrar nuestra solidaridad con aquel pueblo expulsado de sus tierras. Lamento no recordar a todos los que formaban el grupo, pero ahí van algunos nombres: Fanny Rubio, José Ramón Ripoll, Fernando Quiñones y su mujer, la ceramista italiana Nadia Consolani; Pepe Caballero Bonald y su esposa Pepa, Fernando Sánchez-Dragó, Paco Navarrete, Emilio Sola, Agustín Millares, Javier Villán, Carlos Álvarez, Jesús Fernández Palacios y José Agustín Goytisolo. También viajaba con nosotros Toñi, una agradable mujer que ejercía como secretaria en la Asociación de Amigos del Sahara de Madrid. Fue un viaje muy emotivo, cargado de pasión. Los saharauis, como la mayor parte de las etnias que habitan desde siglos los desiertos, son hospitalarios y saben hacerse querer. No es baladí ni tópica esa afirmación. He viajado a los desiertos africanos varias veces en el curso de los años siguientes: al sur de Argelia y al norte de Sudán, por ejemplo. Y siempre he sentido el calor de la gente cuando me encontraba en situaciones apuradas. Tal vez la solidaridad responde a la necesidad en un universo de escasez y de pobreza: hoy te doy a ti para que tú mañana me des a mí, podría ser la norma. Pero en el alma de estos pueblos del desierto, está arraigada esa fe en la hospitalidad. Como lo estuvo en Occidente en la época clásica, en los días del mundo de Homero y del imperio de Roma. Era un valor de primera importancia al que las viejas culturas exigían respeto y cuyas leyes eran mucho más que un asunto de honor. Y aún sigue vivo en las desoladas llanuras africanas.

[Llegada:]
Volamos de Madrid a Argel y, desde allí, a Tindouf. En el aeropuerto nos esperaban varios coches todoterreno que nos trasladaron a Rabuni, el campamento donde se encuentran los edificios oficiales del Gobierno saharaui y, también, los galpones que se utilizan para alojamiento de huéspedes. Rabuni no está muy lejos de Tindouf, apenas a una veintena de kilómetros. Pero la carretera, en aquellos tiempos, no existía y los vehículos circulaban a saltos sobre la superficie pedregosa de la inhóspita geografía. Durante los días siguientes, recorrimos los cinco campamentos donde se acogían los refugiados, visitamos guarderías, escuelas y hospitales, conocimos los sistemas de abastecimiento y la forma de gobernarse de las gentes expulsadas de su tierra; nos reunimos con combatientes, con autoridades políticas, con organizaciones de mujeres, con artesanos y con jueces. Asistimos a fiestas y, naturalmente, a una gran reunión con escritores saharauis. Fue un baño de realidad, dura y difícil, que a todos nos tocó el corazón. Hicimos grandes amigos entre los saharauis: Ahmed, Emboirik, Ibrahim, Daich, Suelma, Keltume y algunos otros. Eran muy jóvenes y habían aprendido desde niños el español. Por cada cuatro o cinco de nosotros había dos de ellos acompañándonos a toda hora. Recuerdo que también se unía al grupo con frecuencia un hombre muy popular entre sus compañeros, Mohamed Embarek Fakala. Tendría unos sesenta años y era muy alto. Su larga barba gris le confería un aire recio y viril. Siempre vestía con el derráa tradicional, en su caso de color blanco, y estaba dotado de un humor muy agudo y rápido. Reía a toda hora y no cesaba de gastar bromas. Durante la última época de la presencia colonial española en el Sahara, había servido como sargento en las tropas nómadas del ejército español. Hablaba un castellano perfecto y con expresiones muy castizas.

[Mujeres:]
Suelma y Keltume, las dos únicas mujeres del grupo que nos acompañaba, eran muy guapas y simpáticas. Se comportaban con naturalidad y libertad delante de los hombres, algo muy raro de ver en el mundo islámico. Pero en el desierto, la forma de entender la religión es pausada e intimista, muy alejada del fanatismo. Las normas del Ramadán, por ejemplo, no son acatadas por muchos saharauis y, en los campamentos de los alrededores de Tindouf, hay únicamente dos pequeñas mezquitas que nunca se llenan. En cuanto a las mujeres, gozan de muchas libertades impensables en otras regiones islámicas: comparten las horas de charla y de té con los hombres y realizan todo tipo de trabajos que en otros lugares estarían reservados al sexo masculino. El desierto es duro y todos los componentes de un núcleo social, sea la familia o la tribu, deben arrimar el hombro para salir adelante. Y en Tindouf, la vida es más dura todavía. Durante los años de la guerra, entre 1975 y 1993, la mayoría de los hombres se desplazaron a los frentes de combate y las mujeres ocuparon sus puestos en la retaguardia. En esos días, en previsión de una gran mortandad entre los hombres por causa de la guerra, se impuso la poligamia como necesidad política, para aumentar el número de nacimientos. Hoy ya no se practica.

Entre los españoles iban algunos buenos amigos que ya conocía desde años antes, especialmente Javier Villán, y también Emilio Sola, Carlos Álvarez y Paco Navarrete. Pero durante el viaje hice buena amistad con Sánchez-Dragó, Caballero Bonald, Fanny Rubio, Nadia Consolani y José Agustín Goytisolo, que era un hombre alegre, bromista y dotado de una enorme simpatía. Los más jóvenes, como Villán y yo, no nos separábamos de él. No sólo porque era un mito de la literatura, sino porque siempre estaba contándonos historias, supongo que algunas inventadas. Llevaba su bolsa llena de medicinas y nos daba consejos sobre sus utilidades. Pensaba que era necesario, para gozar de buena salud, orinar y eructar mucho. Y así, cargaba su bolsa de viaje con cajas de diuréticos y de carminativos. Decidió que Villán y yo poseíamos una gran experiencia viajera. Y sólo por un hecho: habíamos tomado la precaución de comprar, en el tax free del aeropuerto de Barajas, varias botellas de whisky. «¿Cómo no se me habrá ocurrido a mí?», se preguntaba una y otra vez mientras nos arrimaba su vaso. Todas las noches teníamos cola de viajeros que tendían sus vasos vacíos delante de nuestros petates. Como es natural, el whisky se agotó al tercer día. Los campamentos de Tindouf quedan al oriente del territorio saharaui y la región tampoco está muy lejos de las fronteras de Marruecos. Por esa causa, Argelia tiene desplegada en la zona una enorme fuerza militar, pues las relaciones entre los dos países, desde los días de la independencia, nunca han sido muy amistosas.

Viaje para la novela El médico de Sidi Ifni (2004):
Yo tenía el propósito, desde años atrás, de desplazarme a las costas del Atlántico marroquí, al sur de Agadir, a los lugares donde, décadas atrás, España mantuvo varias colonias, algunas de las cuales fueron incluidas como provincias africanas en el mapa administrativo del Estado español. No había ningún morbo histórico en mi intención, ni añoranza alguna de la España imperial. Sucedía tan sólo que un pariente mío del que ya hablé al principio del libro, mi tío Antonio, había servido como militar durante varios años, al término de la Guerra Civil, sucesivamente en Cabo Juby (hoy Tarfaya), Sidi Ifni y El Aaiún, y las historias que nos contaba a sus hijos y sobrinos cuando éramos unos críos, despertaban en mí la emoción de la aventura. Quería escribir sobre ello. Así que me puse en marcha y, en noviembre de 2003, bajé en coche de Marraquesh hasta Essaouira y, desde allí, siguiendo la línea de la costa atlántica, hasta El Aaiún. Más tarde, en febrero de 2004, me desplacé a los campamentos de Tindouf con mi amigo saharaui Sidi Ahmed, y viví con familias de refugiados en sus jaimas de los campamentos de Smara, Auserg y 27 de Septiembre. Pensé en un principio que haría un libro de viajes sobre ello, pero cuando me puse a la tarea comprobé que mis emociones eran tan intensas que precisaba de la ficción para contar con rigor y con fuerza lo que fueron aquellos lugares en el pasado y lo que eran en el presente. Imaginé historias y personajes sobre un paisaje y una historia general reales. No inventé, sino que transformé la realidad y creé almas y peripecias que podían contar con mejor pulso la verdad. Fueron dos viajes que me produjeron, por diversos motivos, una honda conmoción. Y en la historia que más tarde ideé y los personajes cuyas vidas dibujé para interpretarla, traté sobre todo de transmitir esa emoción que yo había sentido durante los viajes e, incluso, previamente a ellos. Eso ha sido siempre, en esencia, lo que he intentado hacer con la literatura: transmitir a quien me lee los desasosiegos, exaltaciones, agitaciones, euforias, tristezas o alegrías que nutren la existencia humana, tanto en mi propio ánimo como, sobre todo, en el de mis semejantes. Recuerdo, de aquellos días camino del sur, una visión que me impresionó: la de los numerosos grandes barcos encallados, naufragados entre los altos farallones de piedra oscura que cercaban las playas batidas por el océano. Eran viejos cargueros comidos por la herrumbre, tirados de lado sobre la arena, osamentas del color rojizo del óxido que transmitían una poderosa sensación de derrota, de desolación y de muerte.


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