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Manolo Millares Sall (Las Palmas 1928-Madrid 1972):
Después de 1943, entró en contacto con diversos miembros de la Escuela Luján Pérez (en especial con Felo Monzón) y Plácido Fleitas), iniciándose en el aprendizaje de la pintura. Formó parte del grupo Ladac (integrado por Plácido Fleitas, Juan Ismael, José Julio, Alberto Manrique, Felo Monzón y Elvireta Escobio) y dirigió Los Arqueros, colección de monografías de arte. Con sus hermanos José María y Agustín publicó Planas de Poesía; en 1955 se trasladó a Madrid, fundando el Grupo El Paso. A partir de su primera exposición en Las Palmas, (1945) Millares mostró su obra en las principales Galerías y Museos de Barcelona, Madrid, Nueva York, París, Roma, Estocolmo, Buenos Aires, Tokio, etc., estando representado en las más importantes pinacotecas nacionales y extranjeras de arte contemporáneo.
En la obra de Millares pueden distinguirse dos grandes épocas: la primera abarca desde el comienzo de su trabajo hasta 1955; la segunda se inicia ese año y concluye en el de su muerte. En cada uno de sus períodos hay, lógicamente, diversos cambios, pero ningno tan fundamental como el que señala la divisoria de 1955: la utilización de la arpillera. A partir de ahí, Millares sería un pintor radicalmente distinto al que hasta entonces había sido.
Las obras más importantes de las producidas por Millares en la primera etapa son las pictografías canarias, resultado de su interés por el surrealismo y por el mundo de la arqueología. Esas obras tienen como elemento básico de su composición los dibujos geométricos de los aborígenes de Gran Canaria, y los signos rupestres del Barranco de Balos.
En 1955, bajo la directa influencia de Burri, Millares emplea por primera vez la arpillera como elemento esencial de su obra. Hasta 1958 o 59 su trabajo en el saco tuvo como objetivo elevar a una categoría estética el material pobre y al parecer sin posibilidades expresivas. Millares "compone" la arpillera utilizando distintas calidades de tela; la quema, produciendo una perforación con claros propósitos espaciales, y finalmente, la pinta, utilizando una gama de colores reducida: blanco, negro, rojo, humo, etc. A partir de la última fecha aludida, comienza a utilizar la arpillera en un sentido totalmente nuevo, apartándose del modelo burriano.
La abstracción es entonces sustituida por una reconocible figuración, más concreta a medida que evoluciona; la obra adquiere, incluso por los materiales que incorpora a ella, un específico simbolismo (la gorra de un guerrillero, la alpargata de un campesino, etc.), un matiz social y moral. El contenido de la obra deja de ser el resultado de un simple ejercicio esteticista y se transforma en un testimonio de iniquidad, miseria y opresión. El material pobre cumple su estricta función de revelarnos el detritus canallesco que rodea al hombre, y la pericia del artista, combinando hábilmente los escuetos recursos del color y de las formas, extrae a ese material todas las posibilidades que encierra de expresión y presión dramática. El homúnculo, los neardenthalios, esas formas de hombres esvanescentes y mutilados, que aspiran trabajosamente a alcanzar la conciencia, constituyen algunas de sus creaciones más felices.
Después de la muerte del pintor, la estima por su obra ha ido creciendo hasta el punto de ser hoy uno de los artistas españoles de más renombre universal. En 1974, la Galería Pierre Matisse de Nueva York organizó una exposición en su homenaje, y en 1975, el Museo Español de Arte Contemporáneo (Madrid) realizó una extensa retrospectiva de su pintura. (Agustín Millares)
(*)Estuvo Agustín Millares Sall convencido siempre de que nacer es tener mucho que hacer.
[...] Medio rubio, medio extranjero (su patria es todo el mundo sufriente), dotado de una voz enorme de Dios antiguo, siempre de pie en el mismo sitio, siempre caído e incorporándose, así ha superado la prueba de los años más duros este poeta sin repuesto que -justo porque Dios es de los nuestros y sabe cuidarnos- acaba de superar la UVI de agosto rejuveneciendo su sangre y su necesidad de vivir.
Setenta y un años de militancia comunista iniciada en plena adolescencia, primer estudiante juzgado en Canarias por actividades subversivas, detenido en el 36 y desterrado a Lanzarote, más tarde obligado a elegir entre el carné de la Falange o el paredón, sufrió este poeta de acero inoxidable más humillaciones de las que suelen hacer falta para reducir a las cenizas de sí mismo a un hombre. Desterrado él en Lanzarote, con su padre -licenciado en Filosofía y Letras- apartado de la cátedra, regresó Agustín Millares Sall de su destierro lanzaroteño más entero y consecuente que antes.
César Manrique. La influencia del Atlántico:
Jaquetón de profundidad azul
Marrajo peligroso con deslizamiento rápido
Hanequen devorador de quillas
Alcatrina con carnada fácil
Tintorera a medio océano
Morena de cuevas de fondo
Quella de hondura de difícil izado a bordo
Remudo de pesca fácil por las costas de barlovento
Cherne nadando sólo en fondos rocosos
Palometón desconfiado, pero curioso
En las arenas he dejado siempre huellas. El dibujo efímero de mis pies era perfecto y constante.
He respirado yodo puro del Atlántico. He visto la llegada de Feliciano con su barco abarrotado de pesca con su primitivo perfume salado y marino.
Viejas con manchas rojas, marrones y azules que fascinaron mis ojos infantiles como un juguete maravilloso.
Fantasías desbordaron mi alma caminando y taladrando los secretos de las infinitas formas y colores.
Especies indeterminadas capturadas ocasionalmente en las nasas o pescadas a cordel, me sorprendían por otro sentido, por otro planteamiento de diseños insospechados.
Mi capacidad de observación era constante en estos veranos del norte de la isla con intenso sabor de mar y de intenso sol, de mis días infantiles en La Caleta.
Sentía también el miedo de la potencia manipuladora de las grandes olas del reboso. Tenía instinto y conocimiento de autodefensa ante la potencia del mar de Famara, esquivando y sumergiéndome, apareciendo y zambulléndome, como defensa ante la fuerza oceánica.
Ahora quiero recordar mis pensamientos de aquellos momentos, que formaron mi sentido conceptual de las posibles formas de calidad y color.
Tuve siempre ante mi vista, agua salada y arena, charcos con cabosos, barcos varados ayudados con parales, barcos yendo y regresando a vela, barcos a remo. Todo esto formaba el clima y la situación que respiraba, mezclados en el espacio que colmaban mi deseo con entusiasmo, para ir descubriendo como un sueño medido, a mi verdadero sentimiento.
Mis recuerdos cribados, analizados y rehechos en ese significativo y perfecto espacio, son los que me han dado la oportunidad de hacer toda la libertad ante las formas y colores del Atlántico que la Naturaleza en su multiplicidad creadora, me mostraba sus secretas combinaciones de niveles estéticos, que desconocía.
Crear con absoluta libertad, sin miedos y sin recetas, conforta el alma y abre un camino a la alegría de vivir.
(César Manrique, 1986)
A César Manrique, pastor de vientos y volcanes. Alberti:
Vuelvo a encontrar mi azul,
mi azul y el viento,
mi resplandor,
la luz indestructible
que yo siempre soñé para mi vida.
Aquí están mis rumores,
mis músicas dejadas,
mis palabras primeras merecidas de la espuma,
mi corazón naciendo antes de sus historias,
tranquilo mar, mar pura sin abismos.
Yo quisiera tal vez morir, morirme,
que es vivir más, en andas de este viento,
fortificar su azul, errante, con el hálito
de mi canción no dicha todavía.
Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia,
y puedo serlo aún, aunque sangrando,
profundamente, vivamente herido,
lleno de tantos muertos que quisieran
revivir en mi voz, acompañándome.
Mas no quiero morir, morir aunque lo diga,
porque no muere el mar, aunque se muera.
Mi voz, mi canto, debe acompañaros
más allá, más allá de las edades.
He venido a vosotros para hablaros y veros,
arenales y costas sin fin que no conozco,
dunas de lavas negras,
palmares combatidos, hombres solos,
abrazados de mar y de volcanes.
Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo.
Siento que va a habitarme el fuego que os habita.
(Rafael Alberti, 1979)
Lanzarote:
[...]
Barcas y faros y noches,
barcas sobre el mar
poblando la soledad.
Barcas, voces, idas desoladas.
Miro esa luna que quiere ser un sol,
miro ese grito dibujado en la corteza,
esa vena, esa sangre todavía lejos de su meta.
Esas hojas de silencio sobre un mar rojo.
Miro ese pozo donde sufre un amor,
miro ese horno donde el pan se cuece,
en la piedra, el sol, la lava parada,
en ese monte que habita la noche,
vibrante de estrellas calcinadas,
de gritos inaudibles, de matanza y belleza.
[...]
(Henri Robert, 1957)
Martín Chirino:
Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1925. Estudió en la Escuela de Bellas ates de San Fernando de Madrid y en Londres. En 1957 se unió al grupo El Paso, de Madrid, y en 1960 abrió un estudio propio, donde trabajó y enseñó. Sus poderosas esculturas -consistentes principalmente en formas curvilíneas de hierro con pintura monocroma- no se levantan sobre pedestales, sino que, al situarse sobre el suelo, intentan enfatizar su continuidad con el espacio real del entorno. Está representado en numerosos museos internacionales. En 1980 le fue concedido el Premio Nacional de las Artes Plásticas.
Oscar Domínguez (1906-1958):
Pintor y escultor nacido en Tenerife. Aprendió a pintar de forma autodidacta durante los años veinte, y se instaló en París en 1934. Allí conoció a Breton y Eluard y se unió al movimiento surrealista, al que se mantuvo vinculado hasta 1945. En un primer momento pintó cuadros veristas, al modo de Dalí, pero desde 1935, aproximadamente, adoptó técnicas de automatismo, y de hecho, pasa por ser el inventor delmétodo de la decalcomanía. Algunos de estos dibujos automáticos fueron reproducidos en la revista surrealista Minotaure, y hay ejemplos en colecciones públicas, incluyendo la del Museum of Modern Art de Nueva York. Realizó también objetos surrealistas, así como composiciones visionarias con objetos cotidianos en conjunciones fantásticas. A partir de 1940 perdió la espontaneidad que le había caracterizado, inspirándose muy directamente en la obra de Picasso y Chirico.
Alfredo Kraus:
Nacido en Las Palmas en 1927, llevó a extremos de leyenda su perfeccionismo y su compromiso con la profesión y el público, sin concesiones a la frivolidad, el mercantilismo o la fácil popularidad. Su trayectoria fue impecable y de gran coherencia. Debutó el 16 de enero de 1956 en la Real Opera de El Cairo en el papel del duque de mantua en Rigoletto, de Verdi, pero fue su interpretación de La Traviata, junto a María Callas, en el San Carlos de Lisboa en 1958, la que lo catapultó internacionalmente. Al año siguiente llegó su debut en el Covent Garden de Londres y la Scala de Milán, y de ahí a los principales teatros y festivales de todo el mundo, como el de Salzburgo, donde triunfó en 1967 con Don Giovanni, bajo la dirección de Karajan. A su carrera sobre el escenario añadió su magisterio en la cátedra de Canto de la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Con su muerte el 10 de septiembre de 1999 desapareció el que acaso sea el tenor lírico, di grazia, más excepcional de la historia de la ópera. Murió de una larga dolencia degenerativa, agudizada por la profunda depresión en que lo sumió la desaparición de su esposa dos años antes.
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