HISTORIA
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Inicios marítimos de Roma



Inicios de Roma como potencia naval:
La primera intervención militar de Roma en los mares fue un completo descalabro. La ciudad-estado del Tíber había fundado algunas colonias en las costas del Adriático y un buen día, se atrevió a lanzar una escuadra contra la ciudad griega de Tarento. Las naves tarentinas derrotaron a las romanas y todas las ciudades griegas de Italia se aliaron con los vencedores y con Pirro, soberano de Epiro, que habla aprendido, el arte de la guerra de los generales del propio Alejandro. Siria y Egipto, los grandes Estados que, juntamente con Macedonia, se distribuían el poderío del mundo mediterráneo en aquel tiempo, estaban en poder de estos descendientes del imperio alejandrino; atentos al predominio de sus flotas respectivas en el mar Egeo, al que habían limitado sus ambiciones, no se preocupaban poco ni mucho de las primeras andanzas de Roma, ciudad, a la sazón, sin importancia para ellos. Pero los cartagineses, cuyo poderío naval había aumentado mucho durante los siglos IV y V, y eran los dueños del mar en Occidente, pensaron que una alianza con los romanos, en contra de las colonias helénicas de Italia, podía resultarles muy beneficiosa, y el almirante Magón llegó a orillas del Tíber con una fuerte escuadra para ofrecer apoyo a Roma en su lucha contra las colonias griegas de Sicilia, sobre todo contra Siracusa. El apoyo cartaginés fue aceptado; pero Pirro burló la vigilancia de la poderosa flota y pudo levantar el sitio que los romanos habían puesto a la primera ciudad griega de Sicilia. A la sazón, la ciudad de Mesina pertenecía al rey de la comarca, Hierón, que se la había arrebatado a unos aventureros itálicos llamados los mamertinos. Estos aventureros pidieron ayuda a Roma, y Hierón se alió con los cartagineses, quienes ocuparon el magnífico puerto de Mesina sin dificultad: no obstante, las tropas de Roma atacaron la ciudad y Hierón tuvo que abandonarla. Perdido, así, el casco de la población, Cartago no podía conservar el puerto solamente, y, aunque le convenía mucho por sus excelentes condiciones y situación geográfica, se retiró también. Todo parecía terminado, cuando Manio Valerio, jefe del ejército romano, tomó la decisión de atacar a Siracusa. Este fue el primer acto imperialista de Roma, ya que la ciudad griega no había provocado a las tropas de Manio Valerio. Hierón pidió la paz y Roma no solo se quedó con Siracusa, sino también con Agrigento, la ciudad que le seguía en importancia.

Enfrentamiento abierto con Cartago:
La pugna con Cartago era inevitable, y, por primera vez, los, romanos decidieron convertirse en una potencia marítima. El año 260, el cónsul Duilio, a frente de una verdadera flota, sorprendió a los cartagineses en Mylae, donde alcanzó la primera victoria naval importante de Roma, que sugirió a los vencedores el propósito de ocupar todas las islas italianas y, sobre todo, Cerdeña, dominada por Cartago. Decididos a aprovechar el triunfo, los cónsules Lucio Maulio Vulso y Marco Atilio Régulo, atacaron a los almirantes cartagineses Amílcar y Hannón y también les infligieron una gran derrota frente al cabo Ecnomos, en el año 256. Animados por la nueva gran victoria, los romanos pusieron el pie en las costas de Africa; pero en esta ocasión se les volvió la suerte y su ejército fue totalmente derrotado un año después, cayendo prisionero de los cartagineses Atilio Régulo. La primera guerra púnica así comenzada, proseguía con suerte alterna, en Sicilia, para las armas romanas y cartaginesas, estas últimas bajo el mando del gran general Amílcar Barca; pero reducidas a la defensa de las dos únicas ciudades que ya quedaban en su poder, Prepanón y Lilibea. En el año 241, Roma envió una flota de doscientas naves contra los cartagineses. Mandaba esta flota Cayo Lutacio Ctulo, quien ganó una batalla decisiva frente a las Egatas. A partir de esta victoria, Roma se adjudicó la hegemonía del Mediterráneo oriental, y, con ella, la posibilidad de crear un gran imperio, cerrando el paso a los pueblos semitas para extender su influjo en las orillas europeas del que llamó, orgullosamente, Mare Nostrum.

    Entre el 241 y el 237 a.C. se desarrolla la guerra de los mercenarios entre tropas afincadas en Africa. Tras la derrota en la primera guerra púnica Cartago no pudo pagar a las tropas que tenía a sueldo, que tras un intento de concertar la paz, ocuparon Útica e Hippo Diarrhytus (Bizerta). Varios pueblos vecinos se unieron a los rebeldes y Cerdeña se sublevó. Las tropas mandadas por Hannón fueron derrotadas pero Amílcar logró vencer y ponerlos a la defensiva. Se hicieron fuertes en Túnez y lograron bloquear temporalmente Cartago hasta que fueron finalmente derrotados.

[Período de entreguerras:]
El tratado de paz, que siguió a la campaña, puso en manos de Roma toda Sicilia, menos un pequeño territorio de la costa oriental donde siguió reinando Hierón. La pugna de las tres grandes potencias helenísticas en el Egeo, continuaba. El macedonio Antigono Gonates vencía a los egipcios en el combate naval de Cos y afirmaba así el predominio de Macedonia en el disputado mar. Entre tanto, los cartagineses preparaban el desquite, pues estaban persuadidos de que la convivencia con Roma en pie de igualdad era imposible. A la expansión cartaginesa no le quedaban ya más que dos direcciones posibles: la de Numidia y Mauritania, como pretendía Hannón, o la de la Península Ibérica, aconsejada por Amílcar. Prevaleció el partido de este último, y los cartagineses iniciaron la conquista de España por la antigua colonia fenicia de Gades (Cádiz), que cayó en su poder, muy pronto extendido en todas direcciones. Amílcar sucumbió en un combate durante el año 229; pero su yerno Asdrúbal continuó la tarea comenzada hasta su muerte, en 221. Entonces tomó el mando de las tropas el hijo mayor, Aníbal, un verdadero genio militar.

[...] La victoria final favoreció a otro genio de la guerra, equiparable a Aníbal: el romano Publio Escipión, que acabó por derrotar al cartaginés. Deshecho el poderío naval de Cartago -la ciudad se rehízo bajo el gobierno del propio Aníbal-, solamente los macedonios podían presentar alguna oposición al dominio de Roma en el mar; pero la flota de la ciudad del Tíber, unida a la de Rodas y Atalo, puso fin al peligro. Los enemigos del naciente imperio buscaron entonces la alianza con Antíoco, rey de Siria, el cual también fue vencido por los ejércitos romanos, que, al fin, intentaron pasar al Asia Menor. Una escuadra poderosa, mandada por Livio Salinator, penetró en el mar Egeo y, unida a naves aliadas de Rodas y de Pérgamo, derrotó por completo al almirante sirio Polixenes, frente al promontorio de Coricos, el año 191. Al año siguiente, las naves romanas reforzaban su triunfo en el combate de Mionesos y el poder sirio se derrumbaba completamente en los campos de Maquesia, fines de 190 y comienzos de 189, como el de Macedonia había sucumbido antes en Cabeza de Perro, esto es, en Cinocéphalos. El dominio del mar ofrecía a los romanos todas las rutas del mundo antiguo abiertas para la creación de un gran imperio. (A.Jiménez Landi)


El fin de Cartago:
La mala fe romana se manifestó de nuevo con la Cartago esclava. Por medio de su protegido Masinisa, que atacaba sin cesar a la antigua ciudad dominadora, Cartago estaba implicada en un conflicto africano, evidentemente sin la autorización de Roma. El engranaje del tratado del año 201 era diabólico. Roma tenía un pretexto. No tuvo ningún problema para transportar dos ejércitos y Cartago capituló en el momento del desembarco, pero se negó a abandonar la ciudad. El último drama púnico debería causar vergüenza en los romanos, si no fuera por esa inepta ley que absuelve al vencedor de todos sus crímenes. En comparación con el asedio de Cartago, el de Siracusa es un suceso sin importancia. Ceterum, censeo Carthaginem esse delendam. Catón repitió sin cesar esta lacerante amenaza al final de cada uno de sus discursos. ¡Y la mantuvo! La necesidad de destrucción estaba anclada en el espíritu romano. Escipión esperaba la ocasión. La batalla por la ciudad empezó en el año 149. Y no hay nada que excuse este asesinato, ya que los púnicos aceptaban alejarse de los mares y del comercio marítimo. Aceptaban todo salvo quedarse relegados tierra adentro, con su ciudad arrasada entre ellos y el mar. Desde el punto de vista humano y espiritual fue un crimen comparable al de Tiro, cuyo ase dio no parece haber ensombrecido la gloria de Alejandro. Lo que es cierto es que el espíritu romano -Senado y pueblo- se había endurecido en el transcurso de la segunda guerra púnica y que, psicológicamente hablando, la idea de borrar del mapa a Cartago la llevaban metida en el subconsciente como consecuencia de las peripecias de la coyuntura mediterránea, no solamente de la romana o africana. Lo que es sorprendente es la sucesión de los acontecimientos: 156 Las invasiones de Masinisa que se apodera de setenta ciudades (?) en el interior cartaginés. 152 Nueva invasión (cincuenta ciudades). 151 Cartago reacciona y suplica a Roma el derecho a defenderse. Roma deja hacer al rey númida. Los púnicos se ven obligados a combatir contra las repetidas violaciones del tratado del año 201. Tras la victoria de Masinisa, Cartago debe pagar 5.000 talentos. Las embajadas y las misiones de Escipión y de Catón reafirmaron a los romanos en su idea de que Cartago, cuyo comercio marítimo era de nuevo floreciente, podía desafiar a Roma. La sospecha de alianza con Macedonia... Los romanos tenían quizá razones para tener miedo. Cartago tenía pocos navíos de combate, pero sabía construirlos y rápido. Sin embargo, todo prueba que los púnicos no querían la guerra. Estaban dispuestos a renunciar a todo. Esto no sirvió de nada. Tras la conquista de Utica, cuatro legiones llegaron a Cartago. Los púnicos liberaron trescientos prisioneros que fueron enviados a Lilibea, entregaron doscientas mil corazas, dos mil catapultas... Pero el Senado exigió demasiado y el sometimiento se hizo imposible. La cláusula de abandono de su ciudad y su retirada a diez millas del mar, con una nueva ciudad que construir sin murallas, era el colmo de lo inhumano.

Cerco y capitulación:
Cartago tuvo una reacción desesperada: cerró sus puertas, se aisló y se preparó para la defensa fabricando nuevas armas, mientras que el ejército de Asdrúbal permanecía en campo abierto, por la parte de Túnez, para hostigar a las legiones. El primer asedio fue un fracaso para Roma. Escipión tuvo que retirarse para invernar en Utica. En el año 147, la flota romana bloqueaba Cartago y las legiones de Escipión intentaban de nuevo atacar sus murallas. Los brulotes rechazaron de nuevo a los navíos romanos en Sebkra. Ante los muros de 13 metros de alto, de un espesor de 9, con torres cada 60 metros, a lo largo de un cerco de 34 km, los romanos no estaban muy decididos. No lograron abrir una brecha suficiente. Entonces ocurrió un hecho sorprendente. Mientras las legiones rellenaban el foso que rodeaba el istmo, mientras los infantes seguían sin poder tomar Hyppo Diarrhytos, desde donde los púnicos seguían pirateando el aprovisionamiento romano, y mientras la caballería de Amílcar Fámeas y los soldados de Asdrúbal, desde la colina de Neferis a 30 Km al sudeste de Túnez, envenenaban las comunicaciones romanas, reinaba una actividad intensa en los puertos, a escondidas. Para bloquear y rendir por hambre a Cartago, los cónsules habían hecho tapiar la entrada del puerto. Entonces, una mañana del año 146, ante la mirada incrédula y horrorizada de los romanos, apareció una escuadra de cincuenta trirremes y un centenar de barcos de menor tonelaje que se desplegaba y cerraba el mar. La flota romana, que se encontraba descansando y que tenía parte de la tripulación en tierra, se vio perdida. Inexplicablemente, no fue nada más que una demostración. Una bravata. Los cónsules se tranquilizaron. Dos meses después Cartago capituló, desaprovechando de nuevo la ocasión de cambiar los acontecimientos. ¿Qué falsos dioses inspiraban a los púnicos? El Senado le tomó la palabra a Catón. De los treinta mil supervivientes que se rindieron, la mayor parte pereció y el resto fue vendido. Es cierto que los gestos de crueldad eran igualmente practicados en ambos bandos y que, en el estado terrible al que habían sido reducidos, la violencia era para los jefes cartagineses el único medio de galvanizar la resistencia. La represión fue mucho peor que los desafíos crueles del principio del asedio. (Maurice de Brossard, Historia marítima del mundo)


Pugna entre Escipión y Fabio Máximo:
Enviado por ese tiempo a España Cornelio Escipión, había arrojado de ellas a los cartagineses, venciéndolos en diferentes batallas, y habiendo sujetado muchas provincias y grandes ciudades y hecho brillantes hazañas, había adquirido entre los romanos un amor y una gloria cual nunca otro alguno. Eligiósele cónsul, y notando que el pueblo exigía y esperaba de él hechos muy gloriosos , el combatir allí con Aníbal lo tenía por anticuado y por cosa de viejos, y, en vez de esto, meditaba talar a la misma Cartago y al Africa, llenándolas súbitamente de armas y de tropas, y trasladar allá la guerra desde la Italia, procurando con todo empeño hacer adoptar al pueblo este pensamiento. Mas Fabio trataba de inspirar a la ciudad el mayor miedo, haciéndole entender que por un joven de poca experiencia eran impelidos al extremo y mayor peligro, no omitiendo, para apartar de esta idea a los ciudadanos, medio alguno, o de palabra o de obra, y lo que es al Senado logró persuadírselo; pero el pueblo sospechó que miraba con envidia la prosperidad de Escipión, y que recelaba no fuera que ejecutando éste algún hecho grande y memorable, con el que, o acabara del todo la guerra o la sacara de Italia, pareciese que él mismo en tanto tiempo había peleado desidiosa y flojamente. Es de creer que al principio no se movió Fabio a contradecir con otro espíritu que el de su seguridad y previsión, temeroso del peligro, y que después llevó más adelante la oposición por amor propio y por terquedad, impidiendo los adelantamientos de Escipión; así es que al colega de Escipión, Craso, lo persuadió a que no cediese a aquél el mando, ni fuese condescendiente, y que si por fin se decretase lo propuesto, navegara él mismo contra los cartagineses; y de ningún modo permitió que se dieran fondos para la guerra. Obligando, por tanto, a Escipión a ponerlos por su cuenta, los tomó de las ciudades de Etruria, que particularmente le miraban con inclinación y deseaban servirle. A Craso le retuvieron en casa, de una parte, su propia índole, que no era pendenciera, sino benigna, y de otra, la ley, porque era a la sazón Pontifice máximo.(Plutarco, Vidas paralelas)


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