CUBA
Textos
José Martí



La Habana Alma Canaria:
Esto y el ser la patria de mi padre, la patria de mis pobres abuelos, de mis ascendientes más queridos, operó en mí la decisión y cuando besé en despedida a los de casa, únicos que sabían el viaje, les dije con estas palabras:

    "Adiós, pronto nos reuniremos en Cuba, allí os espero".

El barco que me traía, zarpó de las Islitas lejanas: Canarias quedaba atrás, muy atrás y entonces echeme a evocar las grandeza de mis compatriotas en esta Antilla.

[...] También recordé a Martí, sabía que su madre nació en Santa Cruz de Tenerife, y soberbia y dolorosa se presentó a mi vista la figura del Apóstol. Le conocía por un retrato de tarjetas postales. Mas he aquí que la estampa tomaba cuerpo, se agrandaba; y por efecto de fantasía la contemplé hecha hombre: tenía una mano en alto, como arengando a las masas revolucionarias y la cabeza caída, como no pudiendo soportar el peso inaudito de su pensamiento. Así mismo la miré en estatua al llegar a La Habana.
(Manuel Fernández Cabrera)


José Martí retratado en México Visita de Rubén Darío:
[...] El maestro era José Martí, que se encontraba en esos momentos en lo más arduo de su labor revolucionaria. Agregó asimismo Gonzalo, que Martí me esperaba esa noche en Harmand Hall, en donde tenía que pronunciar un discurso ante una asamblea de cubanos, para que fuéramos a verle juntos. Yo admiraba altamente el vigor general de aquel escritor único a quien había conocido por aquellas formidables y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos, como La Opinión Nacional, de Caracas, El Partido Liberal, de México, y, sobre todo, La Nación de Buenos Aires. Escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se trasparentaba el cultivo de todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de un alto y maravilloso poeta. Fui puntual a la cita, y en los comienzos de la noche entraba en compañía de Gonzalo de Quesada por una de las puertas laterales del edificio en donde debía hablar el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz, me encontré en los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, de voz dulce y dominadora al mismo tiempo y que me decía esta única palabra: ¡Hijo!

[...] Y yo pensaba en lo que diría el gobierno colombiano, de su cónsul general sentado en público, ¡en una mesa directiva de revolucionarios antiespañoles!

[...] Allí escuché por largo tiempo su conversación. Nunca he encontrado, ni en Castelar mismo, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen. Pasé con él momentos inolvidables, luego me despedía. El tenía que partir esta misma noche para Tampa, con objeto de arreglar no sé qué preciosas disposiciones de organización. No le volví a ver más.
(Rubén Darío)


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