HISTORIA
CUBA
GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS




Céspedes La guerra de los Diez años (1868-1878):
La insurrección independentista, preparada por una serie de grandes propietarios rurales del este de la isla, se vio favorecida por la situación creada en España por la revolución de septiembre de 1868. El movimiento se inició en el ingenio de la Demajagua, propiedad de Céspedes, y en el vecino pueblo de Yara se produjo la proclamación de la República cubana (grito de Yara, 10 oct.1868). Al sumarse a la insurrección, la burguesía liberal imprimió a ésta un carácter más democrático, como se puso de relieve en el congreso constituyente celebrado en Camagüei (febr. 1869), en que se declaró abolida la esclavitud, y en la constitución provisional votada en Guáimaro (10 abril). Lersundi fue inhábil, favoreció la extensión de la lucha y fue sucedido por Dulce (ene 1869).

Soldados españoles Valmaseda y Weyler:
A finales de 1868 Céspedes contaba con más de 15.000 hombres que se movían perfectamente por aquellos terrenos. Las fuerzas españolas eran escasas e inexpertas. Los rebeldes actuaban en plan guerrillero. Las tácticas clásicas no servían para combatirlos. Contra ellos se dirigió una columna mandada por el coronel Valmaseda, que llevaba como jefe de Estado Mayor al teniente coronel Valeriano Weyler. Los españoles habían aumentado su contingente con voluntarios negros libertos y con tropas peninsulares, especialmente con voluntarios catalanes y vascongados, además de otras unidades formadas en Madrid, Asturias, Santander y Cádiz.

Tácticas de Weyler:
En diciembre Weyler sugirió a Valmaseda el procedimiento que debía utilizarse. Era el primer militar profesional que daba oficialidad a las unidades contraguerrilleras. Su máxima era elemental:

    Si los cubanos pueden combatir en estos terrenos y en estas condiciones, nosotros también.

Y lo hizo perfectamente. No se contentó con preparar emboscadas contra los guerrilleros, sino que, si era necesario, penetraba en los bosques para perseguir a la guerrilla. Sus procedimientos echaban por tierra las tácticas utilizadas hasta entonces por los ejércitos profesionales. Para recobrar la importante plaza de Bayamo se organizó una columna mandada por el general Villate, conde de Valmaseda. El teniente coronel Weyler es nombrado jefe del Estado Mayor de esas fuerzas. Embarcan en La Habana y se dirigen a Manzanillo y Vertientes, donde desembarcaron y continuaron por tierra hasta Puerto Príncipe. El primer encuentro con los independentistas tuvo lugar en Altagracia (provincia de Camagüey), donde la vanguardia española sufrió graves pérdidas. Villate no siente simpatías por Weyler, le tiene por poca cosa. Cuando el general comenta en alta voz que lo mejor es regresar al punto de partida, Weyler le dice que lo correcto es continuar a San Miguel de Nuevitas, una vez evacuados los heridos a un ingenio cercano. Weyler organiza adecuadamente la columna, echando mano de su enorme experiencia adquirida en Santo Domingo. Las órdenes de Weyler causan admiración del conde de Valmaseda y ordena que el sistema sea adoptado por todas las fuerzas. En enero de 1869 se libró el primer combate importante entre rebeldes y soldados españoles. Las fuerzas de Valmaseda y Weyler derrotaron cerca de Bayamo a las del general insurrecto Donato Mármol, que contaba con 2.000 hombres bien preparados. Weyler tuvo una destacada actuación y fue ascendido a coronel. Después recobraron Bayano. El alférez Fernando Weyler, de 16 años de edad, marchaba en la columna de su hermano Valeriano y murió en uno de los combates.

Céspedes en Guáimaro:
En abril de 1869 Céspedes estableció su cuartel general en Guáimaro (provincia de Camagüey). En esta población convocó la primera asamblea constituyente cubana, compuesta por 15 representantes que le aclamaron como presidente. En esta asamblea los presentes se declararon partidarios de la anexión a los EEUU. Pero el secretario de Estado, Hamilton Fish, prefería comprarla que liberarla. Cuba no podía entrar en la Unión con esclavos, y los representantes cubanos en Nueva York eran reacios al abolicionismo. El mando de los rebeldes lo asumió Manuel Quesada, cuñado de Céspedes. En 1870 tuvo que abandonar Guáimaro ante el empuje de las tropas españolas. Su prestigio disminuyó considerablemente. En octubre de 1873, por haber anulado una sentencia de un consejo de guerra que declaraba a su cuñado culpable de abuso de mando, fue depuesto por la Cámara del puesto de presidente. Le sustituyó Salvador Cisneros. Un rico hacendado. En marzo de 1874 fue descubierto en las cercanías de San Lorenzo y murió combatiendo contra los españoles. A pesar de la guerra, Cuba era más rica que nunca.

Milicianos voluntarios de Valmaseda:
Los milicianos eran llamados voluntarios del Comercio porque recibían su sueldo de los comerciantes. Representaban a los sectores más intransigentes y esclavistas. Weyler recibió el ofrecimiento del comercio de La Habana de crear un batallón de voluntarios, costeado por ellos. Se encuadraron hombres de todos los colores, razas y cataduras. No se les exigía documentación alguna. Se les conoció por los Voluntarios de Valmaseda. Pronto surgieron incidentes. Era difícil disciplinar a aquel grupo formado hasta por convictos. Jamás toleró a ninguno de sus mandos comer más ni mejor que el último de sus soldados. Era siempre el que más se exponía en los combates y sus hombres le seguían ciegamente. Las misiones que llevaron a cabo hubieran sido impensables con unidades de tropas regulares. Obtuvo una gran victoria en Río Chiquito; y por la heroica defensa que hizo de la ciudad de Holguin, se le ascendió a brigadier. Tenía 34 años y pasó a mandar una brigada en Puerto Príncipe, donde derrotó al jefe rebelde Agramonte.


Nicolás Estévanez Cuba. Virtualmente perdida:
En efecto, yo creía respetable en todo hombre el amor a la independencia y a la libertad; pero no creía que se alzaran en armas los que traducían aquel noble sentimiento en groserías contra nosotros, que no habíamos hecho el mundo ni sus leyes. Poco después aquellos mismos tacos demostraron mi equivocación; arrastrando a los guajiros, sin los cuales nada hubieran hecho, sostuvieron una lucha de diez o doce años. Sucumbieron, sí, pero en aquella primera rebelión, y no en la última, acabaron con el prestigio y quebrantaron el poder de España. Nadie los creía capaces de tan prodigioso esfuerzo, ni yo mismo; pero, por mi parte, no tardé mucho en rectificar mi juicio -antes de la insurrección- al ver que los poetas y las mujeres tenían por su único ideal la independencia de Cuba. Tanto rectifiqué mi juicio que, de regreso en España el año 67, daba yo por perdida aquella hermosa tierra. -Pero hombre -me decían-, ¿cómo ha de perderse Cuba, si aquello se gobierna con un violín, si los blancos no han de entenderse con los negros, si allí no se piensa más que en el juego y el danzón? -Pues a pesar de todo Cuba se pierde; en realidad ya está perdida. Creo que, en efecto, Cuba se hubiera perdido para España desde el 68 si no hubiera ocurrido la revolución española de septiembre. El movimiento separatista iniciado por Céspedes en Yara seguramente hubiera sido secundado por todos los cubanos, sin distinción de sexos, edades ni colores, si el triunfo de la revolución en la Península no hubiera alentado esperanzas ilusorias de los que, al verla triunfante, creyeron que España rectificaría su política ultramarina, modificaría su régimen colonial. Desgraciadamente no fue así; todo siguió en el mismo estado; la revolución de España, tímida ante los elementos perniciosos que explotaban a Cuba sin conciencia, no hizo nada en sentido progresivo, ni siquiera abolió la esclavitud.

[Los esclavos:]
La cuestión de razas era una dificultad para los cubanos y para los españoles; pero los primeros, anticipándose a abolir la esclavitud cuando los segundos vacilaban, no sólo fueron más humanos, sino también más políticos. Todavía nos lamentamos algunos del fracaso evidente de la revolución española, pero ésta no fracasó en la Península sino después de algunos años de luchas y debilidades y torpezas; donde fracasó vergonzosamente desde el primer día fue en las colonias. Los mismos cubanos que, confiando en los liberales españoles, se apartaron de los rebeldes del 68, han sido insurrectos el 95. Y eso que entre los cubanos abundaban los hostiles a la raza negra, por influjo del medio en que vivían. El negro, en Cuba, no sólo era esclavo, sino que, aun siendo libre, se le hacía vivir fuera de la sociedad y en una atmósfera de vilipendio, generadora de odios y venganzas. En todo y siempre se marcaba el desprecio en que se les tenía, la injusticia con que se les trataba. Ni en el presidio se equiparaba a los hombres en la categoría común de delincuentes. Los presidiarios blancos se distinguían de los negros en las listas en que los últimos figuraban con el nombre a secas y los primeros con el don que los calificaba. Todo blanco tenía derecho al don en la sociedad de Cuba; ningún negro lo tenía. Los soldados españoles eran los únicos blancos sin el don, mientras estaban en los regimientos; pero si alguno de ellos, por delito o crimen, era sentenciado a la pena de presidio, inmediatamente adquiría el derecho de llamarse don Fulano, con lo cual se distinguía de otros camaradas suyos, no más criminales, pero sí más feos. Contábase en mi tiempo que un soldado le había hurtado el reloj a su sargento primero, y dijo en el sumario que lo había hecho con premeditación para que lo condenaran a presidio y lo llamaran don Pablo, como al veterinario de su pueblo.

[El capitán general Lersundi (1866):]
El capitán general de la isla, en 66, era Lersundi, que tuvo allí mala suerte. No le valió ni ser un impenitente moderado y tan adicto a doña Isabel I que todavía en octubre del 68 gobernaba en su nombre, celebraba oficialmente su cumpleaños y se negaba a cumplimentar las órdenes del gobierno de septiembre. A un hombre así lo calificaban en el 66 de peligroso por su radicalismo -¡si serían liberales!- ciertos elementos predominantes entre los españoles de la isla y bien conocidos por negreros, corruptores de empleados y defraudadores de la Hacienda Pública. Y lo singular del caso es que aquellos mismos hombres, tan inmorales como reaccionarios, que más tarde supieron convertir en instrumentos suyos a los españoles más laboriosos y honrados, abusando de su buena fe y de su mal orientado patriotismo, no fueron al calumniar a Lersundi sino instrumentos de otros más sagaces y más intencionados. Porque la desgracia de Lersundi, las antipatías que inspiraba a ciertos elementos, las calumnias y mortificaciones que desde su mando en Cuba le acompañaron hasta el sepulcro mismo, tenían por único origen la inadvertencia de haber hecho cierta visita oficial ostentando la gran cruz de Carlos III, hecho pueril que alguien tradujo por intencionada y audaz provocación. ¡Bien se vengaron de Lersundi los enemigos de Carlos III! (Nicolás Estévanez)


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