HISTORIA
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Alejandro Cioranescu



Cioranescu Alejandro Cioranescu:
[...] El profesor Cioranescu fue un naúfrago de la Historia y de las terribles historias de las dictaduras europeas de entreguerras y de la II Guerra Mundial que se salvó llegando a las costas tinerfeñas y cuyo trabajo y tesón, sostenidos sobre una disciplina intelectual incansable, lo convirtieron en una figura clave para el rescate y la valoración de nuestro patrimonio historiográfico y literario, sobre todo en los siglos XVI, XVII y XVIII. Pero aun está por escribir la biografía intelectual, política y sentimental de Alejandro Cioranescu, un hombre, un crítico literario y un profesor universitario que ocultó toda su vida, con una elegancia a veces áspera y otras sarcástica, sus orígenes, su trayectoria, su pasado. Nacido en una pequeña ciudad rumana en 1911, Cioranescu fue un niño de una inteligencia excepcional volcado en el estudio y en el aprendizaje de lenguas europeas. Se licenció simultáneamente en Filología Rumana y en Filología Francesa y marchó a la Sorbona para obtener el doctorado y especializarse en una disciplina actualmente poco frecuentada y en vías de extinción: la literatura comparada. Entorchado de matrículas de honor y distinciones curriculares, Cioranescu regresó a Rumanía y se insertó sin mayores dificultades en el sistema escolar del país, e incluso aceptó un cargo público modesto, pero con cierta influencia, en el Ministerio de Educación.

Cioranescu [...] Lo cierto es que nada más llegar se puso a trabajar inmediatamente. Fue acogido con generosidad por Elías Serra Ráfols, el fundador de los estudios historiográficos modernos en la Universidad de La Laguna, y por Leopoldo de la Rosa Olivera, funcionario técnico del Cabildo de Tenerife y profesor de Historia del Derecho. Cioranescu vivió muy recogida y austeramente toda su vida, aunque, más tarde, en los año setenta, obtuvo una plaza como catedrático visitante en una universidad francesa. La fraternal amistad con Serra Ráfols, Leopoldo de La Rosa y otros profesores universitarios, nunca demasiados en los años cuarenta y cincuenta, no significó ninguna esplendidez por parte de la institución académica, porque Cioranescu, pese a su excepcional formación, su creciente prestigio y su abrumadora capacidad de trabajo, jamás pudo aspirar a una cátedra en la Universidad de La Laguna. Salvo algún seminario, ya en los límites de su ancianidad, Cioranescu, grotescamente, continuó impartiendo clases de lengua y literatura francesa, y nada más. Cuando se le quiso reconocer con el Premio Canarias algún despistado metió la pata y se le concedió ex aequo con Néstor Alamo, un respetable escritor grancanario, al que don Alejandro, sin embargo, consideraba simplemente como un "archivero". El viejo profesor se negó a admitir el galardón, pese a sus eternos apuros económicos, rechazándolo a través de una carta de helada cortesía. Durante medio siglo, indiferente a la pobreza y a los cambios políticos y culturales del exterior, Cioranescu acumuló una impresionante bibliografía que ha actualizado y enriquecido extraordinariamente nuestra historiografía y nuestra crítica literaria poniéndola en conexión con los clásicos europeos. Supo liberarse de su pasado a lomos del sentido del deber intelectual. (Alfonso González Jerez)


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