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España
Guerra Civil



La guerra civil en el mar (1936-1939):
Un número reducido de combatientes participó en relativamente pocos encuentros. La interrupción de la llegada de suministros y material de guerra creó tensas situaciones con distintas potencias navales. Los nacionales llegaron a la provocación sin interrupción, conscientes de la importancia de impedir la llegada de material. El almirante Canaris se entrevistó varias veces con su homólogo italiano Roatta para coordinar la intervención en España. El deseo de que no se produjera una intervención generalizada en el conflicto español hizo que los británicos prefiriesen ignorar las frecuentes violaciones del derecho internacional. La actitud de Italiana era tan evidente como lo indica el hecho de que el submarino Torricelli acertara con dos torpedos sobre el crucero Cervantes después de dejar pasar a un destructor inglés (22/11/1936). Vista la escasa repercusión de su osadía los italianos enviaron 24 submarinos (09/12/1936). Junto al Cervantes se encontraba el Jaime I, que la escuadrilla alemana A/S 88, con base en Pollensa (Mallorca) alcanzó (23/05/1937) con un proyectil de 250 kg. El papel defensivo de la flota republicana fue demasiado pasivo y desmoralizado. La jerarquización de su estructura de mando hacía posible paralizaciones de órdenes y retrasos de operaciones. Afectó a su moral el control extranjero de movimientos y la contínua demostración de fuerza de las potencias fascistas. La protección de mercantes alemanes e italianos por flotas de su pabellón dio libertad a los nacionales para ocuparse de la guerra al tráfico. El papel de la opinión pública del extranjero ganó importancia tras los bombardeos de Durango y Guernica. La postura de la prensa condicionó la posición del gobierno británico, que no reconocía la condición de beligerante al gobierno legítimo de la República. En marzo de 1939 la Escuadra gubernamental abandona la base de Cartagena.

Falta de resolución republicana:
Puede decirse que los gubernamentales perdieron el dominio del mar, pero no la posibilidad de disputar ese dominio a los enemigos, excepto en el Cantábrico. En la guerra naval, son raras las batallas decisivas. Uno o dos éxitos como el hundimiento del Baleares habría bastado para garantizar la seguridad de la navegación mercante republicana y para hacer peligrar las costas que se hallaban en manos nacionales. Es cierto que los republicanos abandonaron el dominio en el Mediterráneo, pero al retirarse a Cartagena, que los nacionales no bloquearon, impidieron a éstos el éxito absoluto y la consolidación de su superioridad. Hemos visto el motivo por el cual no pudieron obstruir parte del tráfico nacional. Pero no aprovecharon al máximo sus posibilidades de actuación: no bloquearon Palma de Mallorca, por ejemplo, ni realizaron ataques dispersos contra las comunicaciones nacionales, lo cual habría hecho que la presión sobre los recursos de los sublevados fuera intolerable. En realidad, el tráfico mercante republicano no se interrumpió en gran parte, pero se temía siempre esa interrupción, y esto bastó para que, en el mejor de los casos, el abastecimiento fuera irregular y poco sistemático. Al no tener a la flota nacional bloqueada, en parte por no disponer de submarinos leales, los republicanos no disfrutaron del dominio del mar. Así que cada convoy corría el riesgo de ser hundido por fuerzas superiores. El que esto no ocurriera se explica por el hecho de que los nacionales no se arriesgaban a atacar convoyes escoltados por temor a parder sus propios cruceros.

Ningún bando consiguió el verdadero fin de las fuerzas navales, es decir, dominar la flota enemiga, destruir su poder en el mar... cortar sus comunicaciones, secar las fuentes de su riqueza comercial y posibilitar el cierre de sus puertos (M.T.Sprout)

En gran parte, las operaciones navales de la guerra civil fueron subordinadas a la guerra terrestre. En efecto, la guerra al tráfico era quizás la estrategia correcta para los nacionales. Dado que, por motivos políticos, los gubernamentales no podían atacar el tráfico extranjero, deberían haber emprendido la estrategia, sin duda más arriesgada, de atacar a los buques nacionales menos potentes -no a los cruceros, lo cual habría sido suicida- que obstruían el tráfico. Fueron su propia parálisis y su ausencia de iniciativa e incluso de reacción las que se lo impidieron (Michael Alpert)


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