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Isla de Lobos Travesía hasta Canarias (1983):
Aprovechamos la escala para montar el Txotxua, nombre con el que bautizamos el piloto de viento que nos había llegado justo un momento antes de zarpar. Ayudados por este valioso mecanismo de poleas y palancas, la travesía hasta Canarias se nos haría mucho más llevadera. En ruta hacia las Afortunadas, a la altura del estrecho de Gibraltar la zona estaba concurridísima: parecía una carretera general de grandes barcos y había que estar muy atento y vigilante. Yo tendí la colchoneta en la bañera para no dejar de vigilar la ruta desde allí, mientras Mayi se dedicaba a los quehaceres domésticos y a dar clase a los niños, cuya obligación principal era estudiar. De noche, mientras vigilábamos, contemplábamos las estrellas, que parecían poseer un nuevo brillo, una claridad diáfana. -Con el escaso viento de hoy y esta brisilla ligera, el velero se desliza suavemente. ¡Ojalá fuera siempre así! -exclamó Mayi. "Hoy ha comenzado a soplar y lo hace duro", escribí yo en el cuaderno de bitácora. Siguieron tres días de cielo encapotado. Era imposible tomar una recta de altura para fijar la posición. Eolo soplaba recio, con fuerza ocho, unos sesenta kilómetros por hora. Con tres rizos hacíamos ocho nudos: vientos en popa y con la mínima vela.

Cuatro días después seguíamos sin poder tomar la posición. Según la navegación por estima, debíamos estar lo bastante cerca de las Canarias como para ir afinando el aterrizaje. Con un pequeño transistor trazamos unas marcaciones a una emisora comercial de radio en Canarias, cuyo resultado fue que había que variar el rumbo y ponerse a una ceñida amplia para arrumbar hacia la Graciosa, al norte de Lanzarote. En medio de las olas que parecían querer reventar sobre el velero, Txotxua, el piloto de viento, llevaba perfectamente el rumbo. Comenzó a llover muy fuerte y la mar se fue calmando. Al amanecer amainó la lluvia, y alrededor de las diez: ¡Tierra a la vista! Mayi saltaba de alegría. Había sido su primera travesía larga, y habíamos pasado seis días sin ver tierra, en una navegación de estima muy prolongada, en la que los pequeños errores se habían ido sumando hasta convertirse en uno grande. Además, el cielo cubierto nos había impedido utilizar el sextante. Vimos primero un peñón solitario: el Roque del Este; después, una sinuosa línea de altas montañas: los volcanes de Lanzarote. Al acercarnos más, fuimos identificando cada montaña, cada pueblo. Arrumbamos luego al sur, hacia Arrecife, donde fondeamos en el muelle de las Bolas. (Santiago González Zunzundegui, Aventura a toda vela)


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