HISTORIA
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Bizancio y la expansión musulmana



El sultán otomano Mohamed II (Adrianópolis 1432-1481). Cuarto hijo de Murad II. Estado de debilidad de Bizancio:
Constantino XI era el último emperador romano de una línea ininterrumpida que se remontaba hasta Augusto, casi 15 siglos antes. Debido al progresivo debilitamiento de su imperio, sólo ejercía su poder en la propia ciudad, en unas pocas islas y en algunos enclaves del Peloponeso. Aunque aún conservaba parte de su esplendor y seguía siendo un emporio mercantil, sólo tenía 30.000 habitantes. Llegó a tener un millón. Constantinopla era una isla en el mar turco. Para conseguir ayuda exterior, Constantino XI intentó reconocer la supremacía del papa de Roma en 1452. Su pueblo no quiso secundarle como había ocurrido en otras ocasiones. "Mejor el turbante turco que la tiara del papa" exclamó un alto funcionario bizantino expresando la creencia de que con los turcos podrían seguir practicando su propia versión del cristianismo. Mohamed II (1432-1481) sucedió a su padre, Murad II en 1451. Constantinopla era un objeto de deseo desde casi su adolescencia. El mismo dirigió las operaciones de ataque.

"El sultán dedicaba muchas horas de la noche a estudiar los planos de la ciudad, buscando sus puntos estratégicos de defensa e intentando encontrar los puntos débiles de los que se podría beneficiar". (Ismail Hami Danshbund)

Buscó la ayuda de técnicos occidentales y consiguió para la más avanzada artillería de la época. Un poderoso cañón era capaz de arrojar bolas de 500 kilos. Un año antes del ataque construyó una fortaleza en las proximidades y dispuso una flota para el control del Bósforo.

Los otomanos cercan los restos del Imperio Bizantino:
Bizancio, fundada como colonia griega en el siglo VII a. J.C. y refundada con el nombre de Constantinopla en el año 330 de nuestra era por Constantino el Grande, era la ciudad con la más vieja tradición imperial de todo el mundo. 92 emperadores se habían sentado en el trono de la Reina de las Ciudades o Segunda Roma. En el año 395 el Imperio romano queda definitivamente dividido siendo Arcadio emperador de Constantinopla. El Imperio Bizantino, que bajo Justiniano (527-565) alcanzó una expansión similar a la que había tenido el Imperio Romano (menos Hispania y la Galia), se inclinó progresivamente hacia Oriente a partir del reinado de Heraclio (610-641). Así, asediado por los árabes y más tarde por los búlgaros (venidos de Asia), Bizancio se convertiría durante varios siglos en el bastión de la cristiandad frente al islam.

Bajo el reinado de Basilio II (976-1025), que obtiene victorias militares sobre búlgaros, armenios, georgianos, árabes y normandos, el Imperio Bizantino experimenta una época de expansión. Sin embargo, la debilidad de sus sucesores y la dificultad de defender las fronteras inició un declive que se materializó en la derrota ante los selyúcidas en Manzikert (1071). Los califas abásides, corrompidos por el lujo, habían abandonado el gobierno y tribus bárbaras de origen turco iban conquistando las prósperas ciudades imponiendo drásticas medidas. Jerusalén es tomada en 1078. El Santo Sepulcro había sido destruido por el tercer califa fatimita de Egipto en 1009. Desde entonces, y pese a conocer un período de gran fertilidad artística durante los siglos XII y XIII, Bizancio estuvo cada vez más asediado por los turcos otomanos.(Luis Otero)

Los turcos se habían consolidado en Asia Menor e incluso habían pasado los Balcanes. En 1444 Los húngaros son derrotados por los turcos en la decisiva batalla de Varna. En 1461 Mohamed II conquista el Imperio de Trebisonda, último resto de los dominios bizantinos.

Asedio, ataque y saqueo de Constantinopla (29 de mayo de 1453):
El ataque empezó el 6 de abril de 1453. Los 7.000 defensores de la ciudad, que contaban con la ayuda de 700 genoveses dirigidos por Giustiniani, y 200 catalanes mandados por Pedro Juliá, eran muy pocos frente a la aplastante superioridad numérica de los atacantes, estimados en 160.000 hombres. Tras un sitio de 53 días las murallas cayeron ante los proyectiles turcos y se entabla la lucha cuerpo a cuerpo. Constantino XI se despojó de su insignia imperial, tomó las armas y se metió entre los combatientes. Nunca se encontró su cadáver. Esa tarde Mohamed II paseó a lomos de un caballo blanco en dirección a Santa Sofía. La ciudad fue sometida al saqueo durante tres días, rebautizada con el nombre de Estambul y convertida en capital del imperio otomano hasta 1923. Los otomanos consolidaron su soberanía en Asia Menor y se convirtieron en el azote de Europa tras expandirse por los Balcanes y llegar a Viena (1529). Santa Sofía, construída 900 años antes por Justiniano, el mayor templo de Europa, fue convertida en mezquita árabe. Sus valiosos mosaicos fueron blanqueados para que los fieles musulmanes no pudieran ver en ellos objetos idolátricos. La huida de filósofos e intelectuales fue decisiva para el renacer cultural de la Antigüedad clásica en el Oeste europeo.

Supresión de las rutas a Oriente:
Europa en el s.XV estaba ávida de las especias malasias. La monótona alimentación las convertía en bienes muy apreciados. Constantinopla y Alejandría eran las dos puertas de entrada de la ruta a Venecia. En el Próximo Oriente mahometano se experimentó un cambio de poder de graves consecuencias. Tras el ocaso del califato de Bagdad el poder pasó a manos de los osmanlíes turcos que eran más fanáticos y duros que los árabes, y enemigos del trato comercial y de cualquier otro tipo con los cristianos. Los turcos eran unas tribus seminómadas de tártaros que, convertidos al islam, desde el siglo XIII habían ido aumentando sus conquistas territoriales en el este a costa del deterioro y debilitamiento bizantinos. En 1453 conquistaron Constantinopla, dando fin a la milenaria Era Bizantina en el Bósforo. Con ello se cerró una puerta a Oriente y más adelante a todo el Próximo Oriente y Egipto. En el año 1517 cayó también Alejandría en poder de los turcos.


Los ejércitos bizantinos:
El ejército de los Comnenos:
Contexto histórico: El desastre de Manzikert en 1071 fue de tal magnitud que supuso el fin de una era. La casi total destrucción del ejército bizantino a manos de los turcos fue una sorpresa incluso para estos últimos, que se encontraron de repente con las puertas de Anatolia abiertas de par en par. Por entonces, el interior de Asia Menor estaba poco poblado, pues el centro de gravedad económico y demográfico del Bizancio se había ido desplazando, a lo largo del siglo XI, hacia la parte europea del Imperio y las regiones de litoral egeo. Así pues, los turcos pudieron asentarse sin demasiados problemas y pronto el sultanato de Iconio (una ciudad del centro de Asia Menor), se convirtió en uno de los principales quebraderos de cabeza de Constantinopla, que también debía hacer frente a la presión de normandos y pechenegos en Grecia y el Danubio. Afortunadamente para Bizancio, la ascensión al trono de Alejo I Comneno (1081-1118) permitió salvar la nueva crisis y sentar las bases para que el Imperio disfrutase -no sin sacrificios- de un último período de esplendor bajo los reinados de Juan II (1118-1143) y Manuel I (1143-1180). Con la ayuda de los soldados de la I Cruzada y con un hábil empleo del reconstruido ejército, Alejo y Juan lograron recuperar la mitad occidental de Anatolia, precisamente las regiones más pobladas y helenizadas. Gracias a ellos, el sucesor de éstos, Manuel Comneno, pudo volver a soñar con volver a convertir a Bizancio en el poder hegemónico del Mediterráneo. Pero los últimos años del reinado de Manuel pusieron claramente de manifiesto que los cada vez más menguados recursos de la Romania eran completamente insuficientes para respaldar las ambiciosas aspiraciones del emperador. La derrota del ejército bizantino en Mirocéfalos (Asia Menor) a manos de los turcos en 1176 puso punto final a los sueños de reconquista del interior de Anatolia. Pero lo peor estaba por venir.

El feudalismo bizantino: la prónoia
Las invasiones turcas que siguieron a la derrota de Manzikert desarticularon los themas de Asia Menor, cuyos menguados efectivos tuvieron que replegarse hacia el oeste. Aunque los viejos themas siguieron existiendo, aparecieron nuevas circunscripciones territoriales llamadas ducados, cuyos gobernadores fueron denominados duques, con unos poderes muy disminuidos en comparación con los antiguos estrategas. Ante la necesidad de levantar un nuevo ejército, a todo lo largo del siglo XII se extendió una práctica feudal que sustituyó al moribundo régimen de pequeñas y medianas propiedades militares en el que se había basado la organización militar bizantina durante el período anterior: la prónoia. Consistía en la entrega vitalicia, a funcionarios civiles y militares y a particulares, tanto bizantinos como extranjeros, del usufructo (renta) de bienes de titularidad estatal de diversa naturaleza (básicamente, tierras e ingresos fiscales), a cambio de diversas prestaciones por parte del pronoiario, principalmente de carácter militar. Los concesionarios de la prónoia disponían de amplias atribuciones sobre los campesinos bajo su dominio, incluidas la imposición de castigos y la exigencia de prestaciones en especie, incluidas las de carácter militar. Se trataba, pues, de una práctica puramente feudal.

Organización y efectivos:
Miguel VII (1071-1078) inició la reconstrucción del ejército bizantino tras Manzikert, reagrupando las unidades supervivientes y realizando nuevos reclutamientos, con los que fue posible poner en pie un contingente de 10.000 hombres de caballería, que servirían a Alejo I para realizar sus primeras campañas. Precisamente, este emperador usó ampliamente la prónoia para tratar de completar las filas de su ejército. La idea era que los pronoiarios prestaran servicio de caballería pesada, mientras que los simples propietarios, e incluso los monasterios, debían proporcionar tropas de infantería ligera. Sin embargo, estos recursos se mostraron insuficientes y Alejo mostró gran preferencia por el reclutamiento de mercenarios extranjeros, especialmente occidentales. Los extranjeros también estaban presentes, como siempre, en los cuerpos de la guardia imperial. Especialmente fiel era la conocida como Guardia Varenga, que estaba compuesta principalmente por rusos, escandinavos y -especialmente desde 1066, cuando los normandos conquistaron Inglaterra- por anglosajones. Esta unidad fue la encargada de la vigilancia del palacio imperial desde que Alejo disolvió lo que quedaba del regimiento Excubitores. Otros mercenarios eran de origen lombardo, franco, búlgaro, alemán, armenio, húngaro e incluso turco. Se comprende que la obediencia y la disciplina de semejantes ejércitos multinacionales fuesen una constante preocupación de las autoridades imperiales.

Las unidades acantonadas en Constantinopla constituían el núcleo de los ejércitos de campaña. Junto a las unidades de la guardia imperial, el contingente se completaba con destacamentos de las guarniciones provinciales y de los estados vasallos, además de tropas mercenarias reclutadas exclusivamente para la campaña que se fuese a emprender (este fue el origen de la I Cruzada, cuando Alejo, al ver que sus recursos militares eran insuficientes para hacer frente a los turcos que dominaban casi toda Asia Menor, se volvió hacia Occidente en busca de apoyo militar; para su sorpresa, el resultado fue la I Cruzada y la conquista de Jerusalén en 1099).

La unidad táctica básica del nuevo ejército era el allagion, una unidad de 300 hombres a cuyo mando estaba el allagator. Normalmente, tres allagia constituían un taxeis, aunque la terminología era variable (taxeis, syntaxeis, lochoi e incluso tagmata). En cualquier caso, los ejércitos bizantinos de esta época eran de un tamaño relativamente pequeño. Entre 2.000 y 6.000 efectivos de caballería eran suficientes para realizar una campaña, siendo muy raras las ocasiones en que se juntasen más de 10.000 hombres. Contando a la infantería, nos encontramos que los mayores ejércitos puestos en pie por los Comnenos no excedían los 30.000 ó 50.000 hombres.

El alto mando:
Desde el reinado de Juan Comneno, la jefatura del ejército de tierra, excepción hecha del propio emperador, recayó en la figura del Gran Doméstico. Se trataba de un personaje muy cercano al emperador y que gozaba de su máxima confianza, siendo habitualmente un amigo íntimo (caso de Juan Axuch en el reinado de Juan Comneno) o de un familiar cercano (Juan Comneno Vatatzes, Gran Doméstico y sobrino del emperador Manuel). Otros oficiales superiores de gran importancia como el Protostrator, el Gran Stratopedarca o el Condestable eran también miembros de la familia imperial o nobles emparentados con ella, tanto bizantinos como extranjeros.

La defensa de Bizancio hasta el fin del Imperio (1204-1453)
Contexto histórico
A la muerte de Manuel los conflictos sucesorios, la imparable feudalización y la colonización económica del Imperio por parte de las repúblicas italianas, no hicieron sino acelerar la decadencia del Imperio. En 1184 Isaac Comneno estableció su propio reino en Chipre, mientras los normandos saqueaban Tesalónica (1185) y Bulgaria recuperaba su independencia (1186). Fueron precisamente las luchas por el poder entre las distintas facciones de la nobleza las que llevaron a la toma de Constantinopla por las tropas de la IV Cruzada en 1204. Como consecuencia, los conquistadores occidentales se repartieron parte del territorio bizantino (Imperio Latino, Reino de Tesalónica, Principado de Atenas, etc.), mientras que surgían estados griegos independientes en Anatolia occidental (Imperio de Nicea), en la costa del Mar Negro (Imperio de Trebisonda) y en Epiro (Despotado de Epiro). Fue precisamente el más fuerte de estos estados, el Imperio de Nicea, el que asumió la continuidad de la tradición imperial, defendiendo exitosamente los territorios bizantinos de Asia Menor frente a los turcos. En 1261, Miguel VIII Paleólogo logró recuperar Constantinopla y puso fin así al Imperio Latino.

Pero el restaurado Imperio ya no era más que una triste sombra de lo que fue. Dominado económicamente por genoveses y venecianos, sin autoridad sobre Grecia (controlada por los latinos) y Trebisonda, bajo la presión constante de búlgaros, serbios y -sobre todo- turcos (que en 1354 se establecen en la orilla europea del Bosforo), y sometido a continuos conflictos internos (especialmente la guerra civil que, a mediados del siglo XIV enfrentó a Juan V Paleólogo con Juan VI Cantacuzeno), el imperio Bizantino pronto no fue más que la capital y algunos territorios dispersos (Mistra y Tesalónica). El final definitivo llegó el 29 de mayo de 1453, cuando los turcos otomanos tomaron Constantinopla al asalto. Los estados bizantinos supervivientes, Morea y Trebisonda, caerían bajo dominio turco en 1460 y 1461 respectivamente.

últimos ejércitos de Bizancio:
Tras la catástrofe de 1204, el Imperio de Nicea recogió el testigo de tradición imperial y estatal de Bizancio. Bajo la dinastía de los Lascaris, y disfrutando de una estructura social y económica más robusta que la del viejo Imperio caído con la IV Cruzada, Nicea pudo empender una política de reconquista de los territorios en manos de los occidentales, política que culminaría con la recuperación de Constantinopla en 1261. Los Lascaris trataron por todos los medios de crear nuevas fuentes de reclutamiento con los que reforzar su ejército. La prónoia fue estimulada con el reparto de tierras confiscadas, y se restableció el antiguo sistema defensivo de los akritai fronterizos. Pero aunque Teodoro II (1254-1258) trató de helenizar lo más posible sus huestes, el ejército seguía basándose, sobre todo, en el uso de mercenarios.

Cuando Miguel VIII (1258-1282) logró recuperar Constantinopla, quedó claramente a la vista que su pequeño ejército de 20.000 hombres era totalmente insuficiente para hacer frente a los muchos conflictos con los que tenía que enfrentarse, tanto en Europa como en Asia Menor. Y, con todo, tal contingente era demasiado elevado para los limitados recursos del reconstituido Imperio. Al comienzo de su reinado, Andrónico II (1282-1328) se encontró con que sólo disponía de 3.000 hombres de caballería (2.000 en Asia y 1.000 en Europa), en un momento en que los turcos reiniciaban la ofensiva. Por entonces, la prónoia ya no tenía ningún valor militar, la flota había sido suprimida y la defensa del cada vez más menguado Imperio descansaba en contingentes mercenarios reclutados aquí y allá, a veces más peligrosos que los propios enemigos a los que se suponía debían hacer frente (alanos, almogávares). Las guerras civiles que se sucedieron en el siglo XIV terminaron por completar la desorganización militar.  El ejército quedó reducido a unos pocos destacamentos. Ni siquiera las unidades de la guardia imperial tenían capacidad militar alguna, quedando reducidas sus funciones a las puramente ceremoniales. Entre los pocos miles de hombres que Constantino XI (1448-1453) logró reunir para la desesperada defensa final de Constantinopla frente a los turcos en 1453, más de la tercera parte eran extranjeros.


La marina romano-bizantina hasta el siglo VII:
Desde la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en Actium en el año 31 a.C. hasta la conquista vándala del África romana (toma de Cartago, 439 d.C.), el Mediterráneo fue un lago romano. La marina imperial romana se convirtió en una mera fuerza de policía naval. Durante el Alto Imperio,  las bases principales estaban en Mesina, en Rávena, en Egipto y en Siria. También existían flotas fluviales en el Danubio y en el Rhin. La mayor parte de las tripulaciones de la flota no eran romanos, sino griegos, sirios y egipcios que, tras quince años de servicio, adquirían la ciudadanía romana. Incluso la mayor parte de la oficialidad era griega, por lo que no es de extrañar que la marina no gozase de un gran prestigio entre los romanos. Aunque entre las grandes unidades de la flota podían encontrarse trirremes y grandes quinquerremes, el navío de patrulla más habitual era el birreme o liburna, una galera rápida y ligera, de dos filas de de remos, cuyo diseño se basaba en los barcos empleados por los piratas ilirios. Este tipo de barco sería el precedente del dromon, el barco de guerra típico de la marina bizantina.

Tras la ocupación de Cartago, los vándalos se convirtieron en los dueños del Mediterráneo occidental. Bajo el mando de Genserico, sus actividades piráticas llegaron hasta Roma, que fue saqueada en 455, como lo fueron Sicilia y el sur de Italia en 456. La asfixia a la que los vándalos sometían al cada día más débil Imperio Romano de Occidente llevó al emperador Majoriano a construir una flota con la que atacar a los vándalos desde Hispania. Pero Genserico se adelantó y el proyecto fracasó. Sería el Imperio Romano de Oriente quien recogiese el testigo de la lucha contra los vándalos; en 467 el emperador León I despachó una enorme flota contra Cartago, bien equipada pero mal dirigida, sólo para ver como era humillantemente derrotada por los vándalos. La victoria final de las armas romanas se hizo esperar hasta 533, cuando Belisario logró conquistar con sorprendente facilidad el África vándala. Los 15.000 hombres del ejército de Belisario fueron transportados desde Constantinopla por unos 500 barcos de transporte y 92 dromones de combate, impulsados por unos 2.000 remeros. Desde entonces, y hasta la aparición de la marina árabe en la segunda mitad del siglo VII, el Mediterráneo volvió a ser un lago romano o, si se prefiere, bizantino.

Las escuadras de Bizancio hasta el siglo XII:
Desde el siglo V hasta el VII, la flota del Imperio Romano de Oriente estaba dividida en cuatro escuadras: la de Constantinopla, la del Egeo, la de Siria y la de Egipto. Las flotillas del Danubio también quedaron bajo su jurisdicción.Con la expansión árabe del VII, que arrebató a Bizancio las provincias de Egipto, Palestina y Sira (todas con importantísimos puertos y larga tradición marinera), fue necesario acometer una profunda reorganización de la defensa y la administración del Imperio. Siguiendo los pasos del ejército de tierra, La flota se articuló sobre una doble base, una poderosa escuadra imperial con base en Constantinopla, y escuadras provinciales repartidas en varios themas marítimos.

Fuego griego La flota de Constantinopla era con mucho la más poderosa, dotada de los barcos más grandes y mejor armados. Una de las armas más temibles de la escuadra imperial era el llamado fuego griego, una sustancia incendiaria y explosiva, capaz de arder sobre el agua, inventada hacia el 650 por un griego de Siria llamado Calínico. Aunque se desconoce su composición exacta, se cree que estaba compuesta entre otras cosas, por nafta, petróleo y azufre. El fuego griego era lanzado a través de sifones (similares a los modernos lanzallamas) emplazados en la proa de los buques bizantinos. El uso de esta arma secreta fue fundamental en la victoria sobre las flotas árabes que asediaron Constantinopla en 668-669 y 674-678, pero sobre todo durante el gran sitio de 717-718. El fuego griego fue empleado desde entonces con frecuencia, ya frente a musulmanes, ya frente a rusos.

Aunque costosa, la marina de guerra se tornó un elemento imprescindible para la estrategia bizantina. De hecho, cuando la marina se descuidaba o debilitaba, las cosas iban mal para Bizancio. Así ocurrió en 826, cuando los musulmanes conquistaron Creta. Desde entonces, hasta su reconquista en 961, Creta se convirtió en un nido de piratas sarracenos que ostigaban continuamente a las ciudades costeras bizantinas y a las flotas mercantes, provocando una auténtica contracción del comercio marítimo hasta el siglo X. Pero tras la reconquista de esta isla mediterránea, la marina de guerra bizantina se hizo dueña y señora del Mediterráneo oriental y del mar Negro, desde Italia hasta Querson (Crimea). Los bizantinos eran muy conscientes de este poderío, como demuestran las orgullosas palabras que en 968 dirigió el emperador Nicéforo Focas (963-969) a Liutprando de Cremona, embajador de Otón I: "Sólo a mi pertenece el poderío naval". Este período de hegemonía y de relativa paz en los mares se prolongó a lo largo del siglo XI. La marina imperial volvió a ser, en buena medida, una flota policial, que no dudaba en apoyarse en la flota veneciana para controlar el Adriático. Pero, desde mediados de siglo,  las luchas por el poder entre la nobleza militar y la funcionarial terminaron por debilitar la defensa del Imperio, lo que también afectó a la marina. Así las cosas, tras la derrota de Manzikert (1071), los conflictos internos y la desorganización del ejército y la marina impideron que el Imperio pudiese hacer frente a los ataques de los flamantes corsarios turcos y al acoso normando. La situación sólo se resolvió, al menos parcialmente, con la ascensión al trono de la dinastía Comnena. Alejo I (1081-1118), consciente de la importacia de contar con una marina poderosa, y de lo peligroso que era para los intereses del Imperio confiar en exceso en los servicios de Venecia, reconstruyó la escuadra bizantina y la empleó exitosamente frente a sus múltiples enemigos. Sin embargo, su ejemplo no tuvo continuidad y ya Manuel I Comneno (1143-1180) permitió que el servicio militar en la flota de los habitantes de las provincias marítimas fuese sustituido por un impuesto en metálico. El resultado fue que, en 1196, la flota bizantina sólo contaba con 30 barcos, cuando apenas medio siglo antes (sitio de Corfú, 1148), había sido capaz de poner en combate 500 galeras de todo tipo. Bizancio puso entonces su seguridad marítima en manos de Venecia, a cambio de importantes privilegios comerciales. En 1204 no había ninguna flota bizantina que oponer a los barcos de la IV Cruzada.

Constantinopla Los navíos de Bizancio:
Como ya hemos dicho más arriba, el barco típico de las escuadras romano-orientales fue, desde el siglo VI, el dromon. Al principio se trataba de una galera ligera, de una sola fila de remos, con capacidad para transportar varias docenas de combatientes. A diferencia de las viejas liburnas, el dromon contaba con un sólo mástil dotado de una vela latina triangular, innovación ésta última que algunos estudiosos sitúan en torno al siglo V y que proporcionaba mayor maniobrabilidad al barco. Con el tiempo, el dromon fue evolucionando y creciendo en tamaño. A mediados del siglo X, los dromones de la flota imperial de Constantinopla eran grandes navíos impulsados por 230 remeros y que transportaban 60 soldados. Su armamento tradicional (catapultas, plataformas para arqueros y espolones) se completaba con los sifones del fuego griego. Junto a los dromones había otros navíos más ligeros y marineros, empleados en misiones de exploración y vanguardia; eran los panfiles, tripulados por entre 130 y 160 hombres. Y también estaban los moneres, pequeñas galeras dotadas de una única fila de remos, tripuladas por 40 ó 50 hombres, dedicadas a tareas de patrulla. Finalmente, no podemos dejar de nombrar a las kelandias, grandes galeras destinadas al transporte de tropas. En el siglo XII, el término dromon pasó a designar a los transportes de tropas, mientras que, para los navíos de combate se volvió a la antigua denominación de birremes o trirremes.

Organización y efectivos:
Como ya hemos dicho, la marina bizantina de los siglos VII al XII se basaba en la existencia de varias flotas provinciales y de una escuadra imperial con base en Constantinopla. A mediados del siglo X, esta última estaba compuesta por 100 navíos (60 dromones y 40 panfiles). mientras que las flotas themáticas o provinciales  (Kibyrreotes, Samos, Egeo y Hélade), desplegaban en conjunto un número similar. En total, más de 35.000 hombres servían en la marina de guerra bizantina, ya fuese como remeros y marineros, ya como soldados de infantería de marina. En esta época, el mando supremo de la escuadra imperial recaía en el Drongario de la Flota,  bajo cuyas órdenes directas estaban los navarcas, que dirigían agrupaciones tácticas de cuatro o cinco dromones. Por su parte, la infantería de marina estaba bajo el mando de condes.En cuanto a las flotas provinciales, estaban bajo el mando del estratega correspondiente, estando los barcos a las órdenes de drongarios y turmarcas. Durante la dinastía de los Comnenos desapareció la distinción entre escuadra imperial y flotas provinciales. La flota imperial quedó bajo el mando del Megaduque o Gran Duque de la Flota. Hasta los tiempos de Manuel Comneno, Bizancio fue capaz de levantar flotas numerosas (150 galeras y 70 transportes en 1169), aunque no siempre fueron eficaces, debido a que muchas escuadras eran levantadas ex profeso para una campaña determinada y estaban formadas, en su mayoría, por mercenarios.

El final de la marina imperial:
No hay mucho que decir de la marina imperial tras la catástrofe de 1204. Aunque el Imperio de Nicea dispuso de una pequeña flota, la última escuadra bizantina digna de tal nombre fue la creada por Miguel VIII Paleólogo (1258-1282). A costa de un gran esfuerzo económico, Constantinopla pudo disponer durante su reinado de una flota de 80 navíos con la que realizó algunas operaciones navales exitosas, recuperando en buena parte el control del mar Egeo. Sin embargo, los costes  de la ambiciosa política expansiva de Miguel VIII fueron demasiado elevados para la tesorería imperial y su sucesor, Andrónico II (1282-1328) decidió prescindir de la flota, confiando la defensa naval de Bizancio a las flotas de las repúblicas italianas que, como siempre, se cobraban un alto precio por sus servicios. Andrónico III (1328-1341) se las arregló para disponer de una pequeña escuadra de 20 navíos, pero, tras las guerras civiles de mediados del siglo XIV, la marina bizantina quedó reducida a un mero papel testimonial.
Autor: Hilario Gómez
Extraído de: inicia.es/de/bizantino/index.html


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