Mitos griegos
Hércules



Heracles y las manzanas de las Hespérides:
Finalmente Euristeo pidió las "manzanas de oro" del jardín de las Hespérides. Estas, las "Ninfas de la Tarde", habían confiado su jardín a la custodia de un dragón de cien cabezas, nacido de Equidna y de Tifón. Heracles partió hacia su país. Empezó por averiguar el camino. Pasando por Macedonia, encontró a Cicno, hijo de Ares, y le mató; luego atravesó Iliria y llegó a las bocas del Eridano (el Po), donde las ninfas le dijeron que el único ser que sabía el camino que deseaba conocer era Nereo, el dios marino. Llegado a la presencia de Nereo, Heracles le encadenó y le obligó a hablar. A partir de ese momento, el itinerario de Heracles se hace poco inteligible. Va a Libia, donde ha de luchar contra el gigante Anteo, hijo de la Tierra, que recobraba sus fuerzas cada vez que tocaba a su madre. Heracles tuvo que ahogarle elevándole en sus brazos. Luego atravesó Egipto, donde mató al rey Busiris, que sacrificaba a los extranjeros; se le encuentra en Arabia, donde mata a Emation, hijo de Titono. Llegado a orillas del mar Rojo, se embarca de nuevo en la "copa del Sol" y llega a la región del Cáucaso, donde libera a Prometeo, matando al águila que devoraba el hígado del desgraciado. Para agradecérselo, Prometeo le enseñó que no podría coger él mismo las manzanas maravillosas, sino que las debía coger Atlas. Entonces fue a buscar a Atlas, condenado a llevar el cielo sobre sus hombros, y le ofreció reemplazarle mientras el otro fuera a coger las manzanas deseadas. Atlas asintió, trajo las manzanas y declaró entonces que iría a llevárselas él mismo a Euristeo. Heracles fingió consentir, pidiendo solamente que Atlas le deslizara un cojín en el hombro. El otro, sin desconfianza, aceptó, pero mientras sostenía el cielo, Heracles se escapó, se llevó las manzanas y dejó a Atlas con su carga. Euristeo, cuando tuvo los frutos maravillosos, los consagró a Atenea, que se apresuró a hacer que Heracles los volviera a llevar a donde los había tomado, ya que el Destino prohibía que estuvieran en otro lugar.

Ascensión al Olimpo:
Zeus había dispuesto que fuera uno de los Doce Olímpicos y que ningún hombre vivo podría matarlo. La profecía decía que un enemigo muerto sería su ruina. Precipitó su muerte un falso talismán amoroso que Neso entregó con engaños a Deyanira. Ordenó a Hilo que le preparase una pira de ramas de encina y troncos de acebuche. Entregó a su aljaba, arco y flechas a Filoctetes y se tendió en la pira ardiendo. Del cielo cayeron rayos que redujeron la pira a cenizas. Entre truenos, Zeus lo transportó en su carro de cuatro caballos al cielo, donde Atenea lo tomó de la mano y le presentó solemnemente a otros dioses. Zeus convenció a Hera para que adopatase al nuevo dios mediante una ceremonia.


Las Columnas de Hércules:
Llaman Abila a dicho monte, al otro Calpe y a los dos juntos Columnas de Hércules. Da cuenta la fama del origen legendario de esta denominación diciendo que fue el mismo Hércules quien separó los dos montes unidos anteriormente como una cordillera continua y que así fue como al Océano, contenido antes por la mole de los montes, se le dio entrada a los lugares que ahora inunda: desde aquí el mar se difunde ya más extensamente y avanzando con gran fuerza recorta las tierras que retroceden y quedan bastante más alejadas. (Pomponio Mela. Corografía, I5, 27)

Eudoxo (siglo IV a.C.) y Dicearco de Mesina (350-290 a.C.) fueron los primeros en introducir una línea imaginaria (diafragma) que cruzaba el Mediterráneo desde las columnas de Hércules a la isla de Rodas, punto en el que trazó un meridiano, idea con la que se introdujeron los conceptos de longitud y latitud. Eratóstenes amplió la línea de Dicearco hasta el Himalaya.

Aristóteles afirma que las columnas que ahora se llaman de Hércules, antes de que se llamaran así se denominaban de Briareo. Pero después de que Heracles purificó la tierra y el mar y se convirtió claramente en un benefactor de los hombres, éstos le honraron abandonando la mención de Briareo y sustituyéndola por Columnas de Heracles (Claudio Eliano, Historias varias, V, 3)

Cuando Heracles fue en busca de los bueyes de Gerión llegó a la llamada Eritía, junto al Océano, y tras recorrer todo el mar navegable, quiso seguir más allá. Pero al encontrase con el caos y las tinieblas estableció unas columnas con las que pretendía dar a conocer el fin del mar, en la idea de que a partir de allí ya no era transitable.

Según el autor árabe Masoudi (siglo X d.C.) unos faros de cobre y piedra habían sido construidos por Hércules en el estrecho de Gibraltar. Tenían unas inscripciones y unas estatuas que señalaban con sus manos que era imposible adentrarse más allá. Según la Geografía de Estrabón se trataba de unos pilares de bronce que formaron parte de un templo gaditano consagrado a Heracles. Era un lugar de peregrinaje donde se hacían sacrificios en agradecimiento por una navegación llevada a feliz término.

Un lugar tan señalado en las antiguas historias tiene también sus criaturas míticas. Según la transcripción de un antiguo documento hecha por el rabino de Fez Aaron-Ben-Chain (s.XVI) numerosos peritios [aves con cabeza de ciervo] volaban en bandadas sobre las Columnas de Hércules.


La prueba de las manzanas de oro:
Heracles había realizado estos diez trabajos en el espacio de ocho años y un mes, pero Euristeo, descontando el segundo y el quinto, le impuso dos más. El undécimo trabajo consistía en tomar los frutos del manzano de oro que la Madre Tierra había obsequiado a Hera como regalo de bodas, una dádiva que le había complacido tanto que Hera lo plantó en su jardín divino. Este jardín se hallaba en las laderas del monte Atlas, donde los jadeantes caballos del carro del Sol terminaban su viaje y donde los mil rebaños de ovejas y otros tantos de vacas del Atlante vagaban por los pastos de su indisputable propiedad. Cuando un día Hera descubrió que las hijas del Atlante, las Hespérides, a quienes había confiado el árbol, hurtaban las manzanas, mandó al siempre vigilante dragón Ladón para que se enroscara alrededor del árbol como su guardián. Algunos dicen que Ladón era hijo de Tifón y Equidna; otros, que era el hijo menor de Ceto y Forcis; y otros, que era hijo partogénico de la Madre Tierra. Tenía cien cabezas y habla con varias lenguas. Se discute igualmente si las Hespérides vivían en el monte Atlas, en el País de los Hiperbóreos, o en el monte Atlas de Mauritania, o en algún lugar más allá del Océano, o en las dos islas situadas en las cercanías del promontorio llamado Cuerno Occidental, que está cerca de la Hesperia etíope, en las fronteras de Africa. Aunque las manzanas pertenecían a Hera, Atlante sentía por ellas un orgullo de jardinero, y cuando Temis le advirtió: "Un día, dentro de mucho tiempo, Titán, tu árbol será despojado de su oro por un hijo de Zeus", Atlante, que todavía no había sido castigado con el terrible trabajo de soportar el globo celestial sobre sus hombros, construyó sólidas murallas alrededor del huerto y expulsó de su territorio a todos los extranjeros. Es muy posible que fuera él quien puso a Ladón a vigilar las manzanas. Heracles, sin saber en qué dirección se hallaba el Jardín de las Hespérides, marchó a través de Iliria hasta el río Po, hogar del dios oracular marino Nereo. En el camino cruzó el Equedoro, un pequeño arroyo macedonio donde Cicno, hijo de Ares y Pirene, le desafió a un duelo. Ares actuó como padrino de Cicno y puso en orden a los combatientes, pero Zeus lanzó un rayo entre ellos y renunciaron a la lucha. Cuando por fin Heracles llegó al Po, las Ninfas del río, hijas de Zeus y Temis, le mostraron a Nereo dormido. El asió al viejo y venerable dios marino y, sujetándolo a pesar de sus muchas transformaciones proteicas, le obligó a profetizar cómo se podían conseguir las manzanas de oro. Algunos dicen, no obstante, que Heracles acudió a Prometeo a buscar esta información.

Nereo había aconsejado a Heracles que no arrancase las manzanas personalmente, sino que utilizara a Atlante en su lugar mientras él le aliviaba temporalmente de su enorme carga. Así pues, cuando llegó al Jardín de las Hespérides le pidió a Atlante que le hiciera ese favor. Atlante habría realizado casi cualquier trabajo con tal de tomarse una hora de respiro, pero temía a Ladón, al que Heracles mató al instante con una flecha que disparó por encima de la muralla del jardín. Después de eso, Heracles inclinó la espalda para recibir el peso del globo celestial y Atlante se alejó y volvió poco después con tres manzanas arrancadas por sus hijas. La sensación de libertad le pareció deliciosa. "Yo mismo llevaré sin falta estas manzanas a Euristeo -dijo- si tú sostienes el firmamento durante unos pocos meses más". Heracles simuló que accedía, pero como Nereo le había advertido que no debía aceptar ninguna oferta de ese tipo, pidió a Atlante que soportase el globo sólo un instante más, mientras él se ponía un almohadón en la cabeza, Fue fácil engañar a Atlante, quien dejó las manzanas en el suelo y volvió a ponerse el firmamento en los hombros, lo que aprovechó inmediatamente Heracles para recoger las manzanas y alejarse de allí con una irónica despedida. (Robert Graves)

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