Literatura
Pío Baroja



Naufragio El naufragio del Stella Maris. Pío Baroja:
Una mañana de otoño, tendría yo entonces catorce o quince años, vino Recalde, antes de entrar en clase en la Escuela Náutica, y nos llamó a Zelayeta y a mí. Una goleta acababa de encallar detrás del monte Izarra, cerca de las rocas de Frayburu. Recalde el bravo, padre de nuestro camarada Joshe Mari, y otro patrón, llamado Zurbelcha, habían salido en una trincadura para recoger a los náufragos. Decidimos, Zelayeta, Recalde y yo no entrar en clase, y, corriendo, nos dirigimos por el monte Izarra hasta escalar su cumbre. Hacía un tiempo oscuro, el cielo estaba plomizo, y una barra amoratada se destacaba en el horizonte; el viento soplaba con furia, llevando en sus ráfagas gotas de agua. Las masas densas de bruma volaban rápidamente por el aire. Tomamos el camino del borde mismo del acantilado; las olas batían allí abajo haciendo estremecerse el monte. La niebla iba ocultándolo todo, y el mar se divisaba a ratos con una pálida claridad que parecía irradiar de las aguas. Contemplábamos atentos el telón gris de la bruma. De pronto, tras de un golpe furioso de viento, salió el sol, iluminando con una luz cadavérica el mar lleno de espuma y de color de barro. Con aquella claridad de eclipse vimos entre las olas la lancha que intentaba acercarse a la goleta encallada. -¿Es tu padre el que va de patrón?- le pregunté a yo a Recalde. -No, es Zurbelcha- me dijo él. Zurbelcha, envuelto en el sudeste, encorvado hacia adelante, llevaba el remo que hacía de timón, era el práctico que conocía mejor la costa y los arrecifes. Un movimiento a destiempo, y la lancha se estrellaría entre las rocas. Zurbelcha tenía los nervios de acero, y una precisión de algo matemático. Los remos se hundían y se levantaban rítmicamente; a veces los remeros daban una pasada para atrás, con el objeto de no avanzar, sin duda esquivando alguna roca. Olas como montes y nubes de espuma ocultaban, durante algún tiempo, a aquellos valientes. En la cubierta del barco encallado, dos hombres y una mujer accionaban y gritaban. El viento nos trajo sus voces.

Barca junto a las rocas La lancha se fue acercando al costado de la goleta, estuvo sólo un momento junto a ella, y se desasió violentamente del casco del buque perdido y se hundió entre las espumas. Los dos hombres y la mujer desaparecieron de la cubierta. Creímos que la trincadura había desaparecido en el mar. Esperamos con ansiedad, registrando el horizonte con la mirada. Allá estaban; los vimos entre la niebla. Zurbelcha seguía inclinado sobre su remo y la lancha avanzaba hacia el puerto. Quedaba otra dificultad: el pasar la barra. Recalde, Zelayeta y yo llegamos a la punta del muelle en este momento. El atalayero, desde las rocas, fue dando instrucciones con la bocina a Zurbelcha, y la lancha pasó sin dificultad. Poco después, los náufragos estaban en tierra firme. De los dos hombres, uno era alto, viejo, de sotabarba, vestido de negro, con gorra; el otro, pequeño y moreno. La mujer llevaba un niño en brazos. Zapiain, el relojero y corredor de comercio, se entendió con ellos. Eran bretones, no hablaban más que su idioma y algo de francés. La goleta se llamaba Stella Maris, y era de matrícula de Quimper. No pudieron explicar lo que había pasado con los demás marineros. Sin duda la tripulación del barco, dándose cuenta del peligro antes que el capitán, se apoderó del bote, que chocó con algún arrecife y se fue a pique. Días después, pasado el temporal, se intentó sacar de los escollos al Stella Maris; pero fue imposible. La quilla estaba hincada entre los peñascos de Frayburu, y no hubo manera de arrancarla de allí y de poner el barco a flote. Los prácticos desistieron de la empresa, y aconsejaron al capitán bretón que aprovechara la carga y abandonara lo demás. Así se hizo; cuando mejoró el tiempo, unos cuantos hombres descargaron el barco y lo desmantelaron. Quince días después, el cabo de miqueletes del puesto de la carretera de Elguea participó al comandante de Lúzaro que en la peña llamada Leizazpicuan encontraron el cadáver de un hombre de unos cuarenta años de edad, arrojado por las olas. Vestía el cadáver traje de marinero, compuesto de elástica de lana de punto y pantalón y chaleco con botones amarillos. Aparecía calzado sólo en el pié derecho; le faltaba la mano del mismo lado y tenía el rostro carcomido. Sentí verlo, porque después, durante mucho tiempo, se me venía su imagen a la memoria.

Pío Baroja Los pilotos de altura. Pío Baroja:
Estábamos sobre las islas Bermudas; por la mañana, al despejarse la niebla, soplaba viento Norte, fresco, cuando el vigía anunció vela por barlovento. Nuestro capitán no hizo caso, ni nosotros tampoco. El barco se nos acercaba. De pronto me chocó el aire de aquel buque y su pabellón brillante; cogí mi anteojo, miré y vi con sorpresa un barco negro como el ébano, de unas doscientas toneladas, con varias piezas de artillería, nuevas, y en el palo mayor una bandera roja con una calavera blanca y dos tibias. Era, indudablemente, un barco pirata, con sus cañones, su bandera y su tripulación especial, cosa que ninguno de los marinos que estábamos en el barco habíamos visto jamás. Hasta tenía su nombre a proa. Se llamaba el Relámpago.

... avanzaba con rapidez. Cuando estuvo a una distancia de media milla apareció en el pico de la cangreja la bandera negra, la jolly roger, como para indicar que no habría cuartel. Yo mandé al contramaestre a preparar el cañón giratorio porque Oyarbide, con la aparición del barco pirata, estaba sorprendido y atolondrado. Todo el pasaje comenzó a darse cuenta de la persecución: las mujeres se echaron a llorar, los hombres empezaron a lamentarse, la gente creyó que su vida estaba en peligro. Aquella bandera de muerte producía un terrible pánico. Yo veía con el anteojo a los marineros del barco pirata sobre cubierta, harapientos, barbudos; algunos nos amenazaban con el puño y se reían. Chimista estaba a mi lado, cerca del cañón.

... Cuando nuestro barco cogió el viento ya se vio que no había peligro. La fragata Rosina corría más que el Relámpago, las costillas de nuestro buque temblaban al empuje del viento fuerte y del mar. Chimista se acercó al contramaestre, apuntó el cañón contra el pirata, le dio en el palo mayor y le rompió parte del tope, derribándole la bandera roja. Los piratas contestaron al fuego, pero no nos llegaron las balas. Siguió el Relámpago dándonos caza durante unas horas; a media tarde se fue quedando atrás; los pasajeros comenzaron a respirar con más tranquilidad y a tener mayor ánimo.

Literatura española a finales del s.XIX:
Las exploraciones que en los últimos años han empezado a desvelar el misterio de las profundidades submarinas, han originado asimismo obras del mayor interés, como 4.000 años bajo el mar, de Ph.Diolé, y El mundo silencioso, de Yves Cousteau. En la literatura española, desde el último tercio del s.XIX, los temas marineros y náuticos han tenido cultivadores tan destacados como, en la novela, Galdós -Trafalgar, Pereda, Palacio Valdés -José, La alegría del capitán Ribot-, Blasco Ibáñez -Flor de Mayo, Los Argonautas, Mare Nostrum, entre otras-, Concha Espina, Amós de Escalante, Pío Baroja -en especial su tetralogía El mar-, Ricardo Baroja -La nao capitana y Los dos hermanos piratas-, J.Pla, J.Ruyra, V.Catalá, J.A.Zunzunegui -Chiple Chandle-, Irigoyen -Cho del Carmenko Anna-, Soldevilla -Aventuras de un aprendiz de piloto-, Espinosa Echeverría -Amorrortu-, Martínez Hidalgo, -Niebla en el estrecho-, Ignacio Aldecoa -Gran Sol, etc.


El faro del fin del mundo. Julio Verne:
El Century, velero de tres palos y de quinientas cincuenta toneladas, del puerto de Mobile, había dejado veinte días antes la costa americana. Su tripulación se componía del capitán, Harry Steward; el segundo, John Davis, y doce hombres, incluidos un grumete y un cocinero. Iba cargado de níquel y de otros objetos para Melbourne, Australia. El viaje fue excelente hasta el grado cincuenta y cinco de latitud Sur en el Atlántico. Entonces sobrevino la violenta borrasca que desde la víspera turbaba aquellos parajes. El Century fue sorprendido por la tempestad y una enorme ola barrió el puente, llevándose dos marineros con su enorme empuje. El capitán Steward había querido buscar un abrigo detrás de la isla de los Estados, en el estrecho de Lemaire. Por la noche redobló la borrasca. No hubo más remedio que picar los palos para sortearla. El capitán creía estar a más de veinte millas de tierra, y no le parecía peligroso remontarse hasta divisar la luz del faro. Dejándolo al Sur, no corría riesgo de arrojarse sobre los arrecifes del cabo de San Juan, y llegaría al estrecho. El Century continuó navegando. Harry Steward no dudaba que antes de una hora vería la luz del faro, puesto que sus destellos tenían un radio de quince millas. Pero aquella noche el faro no lucía, y cuando el capitán del Century se consideraba a gran distancia de la isla, prodújose un espantoso choque. Todos se sintieron lanzados al encrespado mar y envueltos en la resaca. (Julio Verne)


Charles Dickens. David Copperfield. Rescate de una goleta:
Tenía la goleta uno de los palos rotos a unos seis a ocho pies del puente, tumbado por encima de uno de los lados, enredado en un laberinto de cuerdas y velas; y toda esta ruina, con el balanceo y el cabeceo del barco, que eran de una violencia inconcebible, golpeaba el flanco del barco como si quisiera destrozarlo. Como que estaban haciendo esfuerzos aún entonces para cortarlos, y al volverse la goleta, con el balance, hacía nosotros vi claramente a su tripulación, que trabajaba a hachazos, especialmente un muchacho muy activo, con el pelo muy largo y rizado, que sobresalía entre todos los demás. Pero en aquel momento un grito enorme, que se oyó por encima del ruido de la tormenta, salió de la playa; el mar había barrido el puente, llevándose hombres, maderas, toneles, tablones, armaduras y montones de esas bagatelas dentro de sus olas bullentes. El otro palo seguía en pie, con los trapos de su rasgada vela y un tremendo enredo de cordajes que le golpeaban en todos los sentidos. «La ha cabeceado por primera vez», me dijo roncamente al oído el marinero que estaba a mi lado; pero se alzó y volvió a cabecear. Me pareció que añadía que se estaba hundiendo, como era de suponer, porque los golpes de mar y el balanceo eran tan tremendos que ninguna obra humana podría soportarlos durante mucho tiempo. Mientras hablaba se oyó otro grito de compasión, que salía de la playa; cuatro hombres salieron a flote con los restos del barco, trepando por los aparejos del último mástil que quedaba; iba el primero el activo muchacho de cabellos rizados. Había una campana a bordo; y mientras la goleta, como una criatura que se hubiera vuelto loca, furiosa cabeceaba y se bamboleaba, enseñándonos tan pronto la quilla como el puente desierto, la campana parecía tocar a muerte. Volvió a desaparecer y volvió a alzarse. Faltaban otros dos hombres. La angustia de las gentes de la playa aumentó. Los hombres gemían y se apretaban las manos; las mujeres gritaban volviendo la cabeza. Algunos corrían de arriba abajo en la playa, pidiendo socorro, cuando no se podía socorrer. Yo me encontraba entre ellos, implorando como loco, a un grupo de marineros que conocía, que no dejasen perecer a aquellas dos criaturas delante de nuestros ojos. Ellos me explicaban con mucha agitación (no sé cómo, pues lo poco que oía no estaba casi en disposición de entenderlo) que el bote salvavidas había intentado con valentía socorrerlos hacía una hora, pero que no pudo hacer nada; y como ningún hombre estaba tan desesperado como para arriesgarse a llegar nadando con una cuerda y establecer una comunicación con la playa, nada quedaba por intentar. Entonces noté que se armaba un revuelo entre la gente, y vi adelantarse a Ham, abriéndose paso por entre los grupos. Corrí hacia él (puede que a repetir mi demanda de socorro); pero aunque estaba muy aturdido por un espectáculo tan terrible y tan nuevo para mí, la determinación pintada en su rostro y en su mirada fija en el mar (exactamente la misma mirada que tenía la mañana después de la fuga de Emily) me hicieron comprender el peligro que corría. Le sujeté con los dos brazos, implorando a los hombres con quienes había estado hablando que no le escucharan, que no cometieran un asesinato, que no le dejaran moverse de la playa. Otro grito se elevó de entre la multitud, y al mirar a los restos de la goleta vimos que la vela cruel, a fuerza de golpes, había arrancado al hombre que estaba más bajo, de los dos que quedaban, y envolvía de nuevo la figura activa que quedaba ya sola en el mástil. Contra aquel espectáculo y contra la determinación de un hombre tranquilo, acostumbrado a imponerse a la mitad de la gente allí reunida, todo era inútil; lo mismo podía amenazar al viento. (Charles Dickens. David Copperfield)


Guillermo Brown: Serie TV Guillermo Brown [personaje de Richmal Crompton]:
[...] Basta con haberle conocido a tiempo, cuando teníamos esos once años incorruptibles que él eterniza, para conservarle siempre sentado en la alfombra del alma, jugando con su escopeta de corchos o chupando pensativamente una enorme barra de regaliz. Sería blasfemo considerarle sencillamente como un acierto literario, lo que, indudablemente, también es; pues ante todo Guillermo es la esperanza misma de que nunca nos faltará ánimo para salir del hoyo, el nombre del ímpetu que libera lo irremediable, la voz del clarín que nos reclama para la liza y nos convoca a la victoria. Extra Guillermo nulla salus: tal es la divisa de quienes juramos por el único anarquista triunfante que los tiempos han consentido, el capitán indiscutible de los proscritos. [...] Precisamente, porque era de los nuestros podíamos admirar su espléndida peculiaridad; el hecho de que compartiese nuestros gustos, nuestros deberes y nuestras limitaciones, nos permitía gozar como propios de sus triunfos. Todo lo que le alejase de nuestra cotidianidad le debilitaba, tendía a hacerlo un fenómeno propio de tierras remotas. Mowgli era asombroso, pero había que tener en cuenta que era indio y había sido criado entre lobos; Ivanhoe era inolvidable, pero no todo el mundo tiene la suerte de de haber nacido en la Corte hurtada a Ricardo Corazón de León. Con esos personajes se podía soñar o incluso imitarlos, pero salvando siempre las distancias: las aventuras de Guillermo estaban hechas para ser vividas plenamente.

[El punto de vista del héroe:]
En cada caso, en todo momento, Guillermo es capaz de adoptar el punto de vista del héroe. La leyenda que incesantemente cuenta, a los suyos y a sí mismo, está narrada desde el punto más alto, desde la cima triunfal, en la que todo adquiere enérgico sentido, incluso -principalmente- la derrota. Sus enemigos, los míseros Hubertos Lanes y Heribertos Franks que corren por el mundo, juegan con todas las ventajas que da el dinero adquirido sin mérito ni astucia y el apoyo incondicional de lo estatuido; pero carecen de lo más importante, de lo indispensable para la victoria, del ánimo que inmortaliza: no logran adoptar en sus manejos el punto de vista del héroe. Es una perspectiva máximamente arriesgada, que bordea constantemente lo desesperado, que debe estar incesantemente dispuesta a jugarse el todo por todo, a no guardarse las espaldas, pero es la única que puede aspirar a la definitiva recompensa, al premio que no le viene de fuera, sino que forma parte de ella, que es ella misma. [...] El punto de vista del héroe: ahí está el secreto. Sin él, sólo se puede ser persona de provecho, hombre de mundo, reformador bienintencionado de la sociedad; pero con él se puede ser todo eso y cualquier cosa: pirata, piel roja, oso, conquistador, detective, dragón, rebelde, proscrito, incomprendido, genial, como Guillermo Brown. (Fernando Savater, El triunfo de los proscritos)

Y lo curioso es que la idea de Inglaterra permaneció después de convivir con Inglaterra misma, como si el territorio marcado por los libros y las películas e incluso por los tópicos no pudiera destruirlo ni siquiera la realidad. En esa idea caben Holmes y Watson y los personajes de Conrad y Stevenson, Guillermo Brown y las cumbres borrascosas, Dickens y Shakespeare, aventuras marinas sin fin y el ya anciano Peter Pan. (Javier Marías)


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