DOCUMENTOS
NAVEGACION
Alejandro Dumas



El cementerio del castillo de If:
[...] Dantés se sintió lanzado al mismo tiempo a un inmenso vacío, hendiendo los aires como un pájaro herido de muerte, y bajando, bajando a una velocidad que le helaba el corazón. Aunque le atraía hacia abajo una cosa pesadísima que precipitaba su rápido vuelo, parecióle como si aquella caída durase un siglo, hasta que, por último, con un ruido espantable, se hundió en un agua helada que le hizo exhalar un grito, ahogado en el mismo instante de sumergirse. Edmundo había sido arrojado al mar con una bala de treinta y seis atada a sus pies. El cementerio del castillo de If era el mar. [...] Aunque aturdido y sofocado, tuvo Dantés sin embargo suficiente presencia de ánimo para contener su respiración, y como llevaba de antemano preparada a todo evento su mano derecha, según dijimos, y empuñado el cuchillo, rasgó de un solo corte el saco, con lo cual pudo sacar el brazo y la cabeza, pero a pesar de todos sus esfuerzos para levantar la bala, se sintió más y más agarrotado. Entonces se agachó hasta la cuerda que ataba sus piernas, y con un esfuerzo supremo pudo cortarla cuando ya le iba faltando la respiración. Hizo en seguida un hincapié vigoroso, y subió desembarazado a la superficie del mar, mientras la bala hundía en sus profundos abismos aquella tela grosera que, a poco más, se convierte en su mortaja. No estuvo en la superficie más que el tiempo necesario, pues volvió a zambullirse acto continuo, porque la primera precaución que debía de tomar era que no le viesen. Cuando apareció sobre el agua la segunda vez, hallábase lo menos a cincuenta pasos del sitio en que cayera. Sobre su cabeza veía un cielo tempestuoso y negro, en que el aire hacía rodar nubes ligeras, descubriendo tal vez un pedazo azul en que brillaba una estrella. Ante sus ojos se extendía el mar sombrío y rugiente, cuyas olas comenzaban a hervir como al principio de una tempestad. (Alejandro Dumas. El conde de Montecristo)


El Tulipán Negro:
[...] en vano quiso hacerle gustar de la gloria cuando Cornelius, por obedecer a su padrino, se embarcó con De Ruyter en el navío Les Sept Provinces, que mandaba a los ciento treinta y nueve barcos con los cuales el ilustre almirante iba a liquidar solo las fortunas de Francia y de Inglaterra reunidas. Cuando, conducido por el piloto Léger, llegó al alcance de mosquete del navío Le Prince, sobre el que se hallaba el duque de York, hermano del rey de Inglaterra, el ataque de De Ruyter, su jefe, fue realizado tan brusca y hábilmente que, sintiendo su barco a punto de ser destruido, el duque de York no tuvo tiempo más que para retirarse a bordo del Saint-Michel; cuando vio al Saint-Michel, roto, triturado bajo las balas holandesas, salirse de la línea; cuando vio saltar un navío, Le Comte de Sanwick, y perecer en las olas o en el fuego a cuatrocientos marineros; cuando vio que al final de todo aquello, después de ser destrozados veinte barcos, muertos tres mil hombres, heridos cinco mil, nada se había decidido ni a favor ni en contra, que cada uno se atribuía la victoria, que había que comenzar de nuevo, y que solamente un nombre más, la batalla de Southwood-Bay, se había añadido al catálogo de las batallas; cuando hubo calculado el tiempo que pierde tapándose los ojos y los oídos un hombre que quiere reflexionar incluso cuando sus semejantes se cañonean entre sí, Cornelius dijo adiós a De Ruyter, al Ruart de Pulten y a la gloria. (Alejandro Dumas, El Tulipán Negro)


Castillo de Saint Jean. Marsella Los tres mosqueteros:
[...] Aunque La Rochelle estuviera bloqueada, por cierto que pudiera parecer el éxito gracias a las precauciones tomadas y sobre todo al dique que no dejaba ya penetrar ningún barco en la ciudad asediada, sin embargo el bloqueo podia durar mucho tiempo todavía; y era una gran afrenta para las armas del rey y una gran molestia para el señor cardenal, que ya no tenía, por cierto, que malquistar a Luis XIII con Ana de Austria, ya estaba hecho, sino conciliar al señor de Bassompierre, que estaba malquistado con el duque de Angulema. [...] El primer temor del rey de Inglaterra, Carlos I, al enterarse de esta muerte, fue que una noticia terrible desalentase a los rochelleses; trató, dice Richelieu en sus Memorias, de ocultársela el mayor tiempo posible, haciendo cerrar los puertos por todo su reino y teniendo especial cuidado de que ningún bajel saliese hasta que el ejército que Buckingham aprestaba hubiera partido, encargándose él mismo, a falta de Buckingham, de supervisar la marcha. Llevó incluso la severidad de esta orden hasta mantener en Inglaterra al embajador de Dinamarca, que se había despedido, y al embajador ordinario de Holanda, que debía llevar al puerto de Flessingue los navíos de Indias que Carlos I había hecho devolver a las Provincias Unidas. Mas como pensó dar esta orden sólo cinco horas después del suceso, es decir, a las dos de la tarde, ya habían salido del puerto dos navíos: el uno llevando, como sabemos, a Milady, la cual, sospechando ya el acontecimiento, fue confirmada en su creencia al ver el pabellón negro desplegarse en el mástil del bajel almirante.


Galera El turno del escriba:
Pero en la rada, que es una selva de mástiles, atestada como está de barcos que escupen mercadería y de gaviotas vociferantes, y en el pandemónium de la orilla, donde poco espacio queda ya para andar entre tantos bultos, no son muchos los que prestan atención a la búsqueda. El ciego mendicante levanta los brazos al cielo, y los criados suponen que ha oído sonar los cascabeles del pájaro encima de su cabeza. Un centinela nocturno, que se entretuvo un rato antes de irse a dormir, asegura que lo ha visto sobrevolar la torre de San Damiano, después ir hacia la Dársena, y de allí, quién sabe. De pronto el pájaro, que es apenas un punto, aparece planeando sobre la bahía. Desciende, amaga con posarse sobre el puño de un remo, luego sobre un calabrote, pero enseguida vuelve a re montar vuelo, y durante un breve trecho acompaña el curso de una gabarra que viene de Capo di Faro sorteando con dificultad las embarcaciones fondeadas. La pediseca redobla los gritos al verlo, los criados silban imitando el llamado del halconero, pero las voces se pierden en el barullo de la Ripa. El pájaro queda un instante colgado del aire, roza el techo del Palazzo del Mare y se dispara en dirección a la colina de Albaro. Pero antes de internarse entre los frutales, tuerce el rumbo y regresa al puerto. Explora el aire describiendo círculos amplísimos, luego cada vez más pequeños. Baja hasta confundirse con las gaviotas y enseguida sube haciendo tornos. Se diría que juega y que eligió ese día de junio, cálido y radiante, para probar sus fuerzas. Entonces se precipita sobre una galera amarrada en el extremo del Ponte dei Legni, que está a punto de zarpar. Termina posado en la punta del mástil donde brillan algunos genovinos incrustados.

Galera veneciana. Proa La galera pertenece a los Doria, ha sido reparada muchas veces y relegada al tráfico con la Cerdeña. Debió haber salido al amanecer, pero el capitán, en espera de que cediera el siroco, que les soplaba en contra, les secaba las gargantas y les ponía los nervios a la miseria, había retrasado la partida. Unas horas nada más. La carga y la tripulación estaban listas desde el día anterior. En la bodega se estibaron muselinas, dagas y madera de boj recién llegada del Caspio -al regreso habrá con seguridad sal y grano- y en cubierta, a proa, en el puesto que habitualmente ocupan los mangoneles y las piedras de arrojar, se acomodó un lote de prisioneros, todos pisanos. Están bajo la vigilancia de la guardia personal de Branca Doria, quien le ha dicho a todo el mundo que se los lleva por no más de tres semanas para que presten servicio en tareas urgentes de la administración de sus fincas pero planea canjearlos en Civita de Terranova por Castruccio, el hijo menor de Sinibaldo Embrone, marido de su sobrina. Lo hace sólo en atención a ella, que lo reclama, y no porque estime en algo a su pariente, que ha comprometido la armonía de los negocios familiares en el Logudoro largándose a depredar la costa de Taras hasta hacerse prender por los pisanos de la Gallura. Branca considera que, antes de que el inmediato acuerdo con Pisa los obligue a devolver los prisioneros, bien puede echar mano a un puñado de ellos para liquidar el asunto de Castruccio, y de paso aprovechar el flete para la madera y las muselinas. Los prisioneros, veteranos de Meloria, esperan en silencio, acuclillados. Uno de ellos, que tiene la espalda ladeada, lleva tintero y plumas colgando del cogote. La orden de embarcar lo había sorprendido en medio de los quehaceres de escritura y no había podido, o querido, desembarazarse de los instrumentos. Había tenido tiempo apenas de recoger su manta, poner a su socio al tanto de la novedad y rogarle que tuviera a bien hacerse cargo de cierto libro hasta su regreso, manteniéndose siempre cerca de él, ahora que sabía dónde encontrarlo. El capitán manda soltar los cabos y la galera empieza a deslizarse hacia la boca del puerto con el neblí en la punta del mástil. La gabarra que viene del Cabo, ya próxima, se detiene a esperar que complete la maniobra. Los prisioneros miran por última vez la ciudad y luego giran la cabeza hacia adelante, donde los espera el mar abierto. El del tintero y las plumas, que se ha puesto de pie, es el único que sigue mirando hacia atrás. Junto al Palazzo, en la raíz del pontile, alborota un grupo de muchachas. Algunas son amas, a juzgar por los vestidos y los parasoles, y otras esclavas, que se afanan, como siempre, por evitar que los encajes de las señoras barran las suciedades del piso. No es sólo Sabina ahora la que llama al oxell. Las voces son muy agudas y llegan hasta la galera. El neblí repentinamente abandona el mástil, vuela hacia el grupo y se posa con delicadeza en el hombro de su dueña. Ella bate palmas, ríe, besa el pico del pájaro y lo saluda con nombres cariñosos. La pediseca se persigna. Luego, sin apuro, todas enfilan hacia la casa celebrando el tesoro recuperado. En la curva del Mandraccio se encuentran con los criados. Están entretenidos observando al loco que acaban de desembarcar de la gabarra. Desnudo, los ojos desmesuradamente abiertos, sonríe. Un hombre joven lo lleva de la mano. El centinela, que también está ahí, afirma que fue el ver llegar tantos barcos juntos lo que le quebró el poco juicio que le quedaba. Lo habían encontrado en cueros girando como un animal de noria alrededor del fuego del faro. Está tan abarrotado el puerto, son tantos los que llegan y es tanto lo que traen, que la noticia del centinela queda sepultada de inmediato en el cúmulo de regateos, discusiones por el control de porte y estiba, procedencia y carga, ofertas de cambistas, lectura de condiciones, reencuentros, buenas nuevas y llantos que saturan el aire. Los funcionarios ordenan, pesan, ajustan, arbitran. Vuelan los mensajeros, los vendedores se desgañitan, los notarios apuntan, los prestamistas cierran con fruición los cordones de sus bolsas llenas. En el Ponte del Vino un grupo de remeros reclama la paga, y los patrones sus depósitos. Dos inspectores corren detrás de un chico que ha robado una merluza en el mercado. Un juez, nervioso, increpa a los tripulantes de los botes que evolucionan entre los arcos del Soziglia por haberlos cargado demasiado, poniéndolos en peligro de zozobrar. En una de las ventanas altas del Palazzo hay una figura encaramada en la reja. Sacude reiteradamente el gañote en dirección a la galera de los Doria, que ya sobrepasó la curva del Molo. Cuando se desprende de los barrotes, otra, tocada con un gorro, ocupa su lugar. Mira en la misma dirección, a la galera, y a la silueta ladeada, que todavía está de pie, hasta que la oculta la vela que acaban de izar. (Graciela Montes y Ema Wolf. El turno del escriba)

    Pisa:
    Se cree que fue fundada por los griegos o los etruscos; más tarde formó parte del Imperio romano y en el siglo XII se convirtió en una de las mayores potencias mercantiles del Mediterráneo, con colonias en Chipre y Sicilia, en el valle del Nilo y en las costas del Adriático. La política agresiva de los pisanos, así como su habilidad comercial, les deparó poder y riqueza, pero también envidias y enemigos; de ahí su corto período de esplendor. El declive empezó en el siglo XIII y terminó con la pérdida de la independencia de la ciudad: a principios del XV fue sometida por la autoridad de la ciudad-estado de Florencia.


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