DOCUMENTOS
NAVEGACION
Alphonse Daudet



Alphonse Daudet (Nimes 1840-1897). Tartarín de Tarascón:
El puerto de Marsella:
El 1 de diciembre de 186..., a mediodía, con un sol de invierno provenzal, tiempo claro, brillante, espléndido, los marselleses, espantados, vieron desembocar en la Canebiére un teur, ¡lo que se llama un teur!... Jamás habían visto uno semejante, aunque bien sabe Dios que no faltan teurs en Marsella. ¿Será preciso decir que el teur de que se trata era Tartarín, el gran Tartarín de Tarascón, que iba por los muelles, seguido de sus cajas de armas, su botiquín y sus conservas, en busca del embarcadero de la Compañía Touache y del vapor Zuavo, en que se iba "allá"? Sonoros aún en sus oídos los aplausos tarasconeses, embriagado por la luz del cielo y el olor del mar, Tartarín, radiante, con sus fusiles al hombro y la cabeza alta, iba mirando con ojos de asombro el maravilloso puerto de Marsella, que veía por primera vez y que e ofuscaba... El pobre creía estar soñando. Le parecía que se llamaba Simbad el Marino y que vagaba por alguna de aquellas ciudades fantásticas de las Mil y una noches.

Una maraña de mástiles y vergas, cruzándose en todos sentidos hasta perderse de vista. Pabellones de todos los países: rusos, griegos, suecos, tunecinos, americanos... Los buques al ras del muelle, los bauprés en la orilla, como hileras de bayonetas. Por debajo, las náyades, diosas, vírgenes y o esculturas de madera pintada, que dan nombre a las naves; todo aquello comido por el agua del mar, devorado, chorreando, mohoso... De trecho en trecho, entre los barcos, pedazos de mar, como grandes cambiantes manchados de aceite... Entre aquel enredijo de vergas, nubes de gaviotas que ponían preciosas manchas en el cielo azul, y grumetes que se llamaban unos a otros en todas las lenguas. En el muelle, entre arroyuelos procedentes de las jabonerías, verdes, espesos, negruzcos, cargados de aceite y de sosa, todo un pueblo de aduaneros, comisionistas y cargadores con sus bogheys tirados por caballitos corsos.

Almacenes de caprichosas ropas hechas; barracas ahumadas, donde los marineros se hacían la comida; vendedores de pipas, vendedores de monos, papagayos, cuerdas, tela para velas; baratillos fantásticos en los que se ostentaban, en confuso revoltijo, viejas culebrinas, grandes linternas doradas, grúas de desecho, áncoras desdentadas, cuerdas, poleas, bocinas, catalejos, todo del tiempo de Juan Bart y de Duguay-Trouin. Vendedoras de almejas y mejillones, en cuclillas y chillando al lado de sus mariscos. Marineros pasando con tarros de alquitrán, marmitas humeantes o grandes cenachos llenos de pulpos, que levaban a lavar en el agua blanquecina de las fuentes. Por todas partes un prodigioso hacinamiento de mercancías de todas clases: sedas, minerales, carritos de madera, salmones de plomo, paños, azúcar, algarrobas, colza, regaliz, caña de azúcar... El Oriente y el Occidente revueltos. Grandes montones de quesos de Holanda, que las genovesas teñían de rojo con las manos. Más allá, el muelle del trigo; mozos descargando sacos en la orilla, de lo alto de grandes andamiadas. El trigo, torrente de oro, se vertía entre una humareda rubia. Hombres con fez rojo, cribándolo en grandes cedazos de piel de burro y cargándolo en carros que se alejaban seguidos de un regimiento de mujeres y chicos con escobillas y cestas de mimbres... Más lejos, el dique de carenar; barcos tendidos de costado y chamuscándolos con malezas para quitarles las hierbas marinas, hundidas las vergas en el agua; olor le resma, ruido ensordecedor de carpinteros que forraban el casco de los navíos con grandes planchas de cobre...

A veces, entre los mástiles, un claro. Entonces Tartarín veía por él la entrada del puerto, el ir y venir de barcos, una fragata inglesa que salía para Malta, rozagante y bien lavada, con oficiales de guante amarillo, o bien un alto bergantín marsellés, desatracando en medio de gritos y juramentos, y a popa un capitán gordo, de levita y sombrero de seda, que mandaba la maniobra en provenzal. Navíos que se iban corriendo a velas desplegadas. Otros, allá, muy lejos, que arribaban lentamente, a pleno sol, como sostenidos en el aire. Y en todo momento un alboroto horrible, rodar de carretas, el ¡eh!, ¡iza! de los barqueros, juramentos, canciones, silbidos de los buques de vapor, tambores y cornetas del ti de San Juan y del de San Nicolás, campanas de la Mayor, de las Accoules y de San Víctor; y por encima de todo esto, el maestral, que recogía todos aquellos ruidos, todos aquellos clamores, los echaba a rodar, los sacudía, los confundía con su propia voz, y componiendo con todo ello una música loca, salvaje y heroica, como la gran charanga del viaje, que daba ganas de marcharse lejos, muy lejos, de tener alas. Al son de tan espléndida charanga se embarcó el intrépido Tartarín de Tarascón para el país de los leones...

La travesía:
Quisiera, lectores queridos, ser pintor, y gran pintor, para poneros ante los ojos, a la cabeza de este episodio segundo, las diferentes posturas que tomó la chechia de Tartarín de Tarascón en aquellos tres días de travesía que pasó a bordo del Zuavo, entre Francia y Argelia. Os la mostraría primero al zarpar, sobre cubierta, heroica y soberbia como ella sola, hecha nimbo de aquella hermosa cabeza tarasconesa. Os la enseñaría después a la salida del puerto, cuando el Zuavo empezó a caracolear sobre las olas; os la pintaría temblorosa, asombrada, como si presentase ya los primeros síntomas del mareo. Luego, en el golfo de León, según se va entrando en alta mar, cuando ésta se formaliza, os la dejaría ver en lucha con la tempestad, levantándose asustada sobre el cráneo del héroe, con su gran borla de lana azul erizada en la bruna y la borrasca... Cuarta posición. Las seis de la tarde: costas de Córcega a la vista. La infortunada chechia se inclina por encima del empalletado y, lamentablemente, mira y sonda el mar. Por último, quinta y postrera posición: en el fondo de un estrecho camarote, en una litera que parece un cajón de cómoda, algo informe y desolado rueda quejumbroso por la almohada. Es la chechia, la que fue heroica chechia al zarpar, y reducida al vulgar estado de gorro de dormir, hundido hasta las orejas en una cabeza de enfermo, descolorida y convulsa... ¡Ah! Si los tarasconeses hubiesen podido ver a su gran Tartarín, tumbado en el cajón de cómoda bajo la pálida y triste luz que caía de las portillas, entre aquel insulso olor de cocina y de madera mojada, repugnante olor de barco; si le hubiesen oído jadear a cada vuelta de la hélice, pedir té cada cinco minutos, y jurar contra el mozo a vocecita de niño, cómo se hubieran arrepentido de haberle obligado a partir!.. Pues -palabra de historiador- el pobre tour movía a lástima. Sorprendido de pronto por el mareo, el infortunado no tuvo valor para aflojarse la faja argelina ni para desprenderse de su arsenal. El cuchillo de monte, de grueso mango, le rompía el pecho; el cuero del revólver le mortificaba las piernas, y, para remate, los refunfuños de Tartarín Sancho, que no cesaba de gimotear y echar pestes.
- ¡Anda allá, imbécil!... ¡Ya te lo decía yo!.. Quisiste ir a Africa!... Pues, ea, ¡ahí tienes tu Africa!... ¿Qué te parece? (Alphonse Daudet. Tartarín de Tarascón)


El ruinoso puerto de Innsmouth:
[...] El abandono y la ruina se hacían más evidentes en el barrio marinero, junto a los muelles. Sin embargo, en su mismo centro se alzaba la blanca torre de un edificio de ladrillo muy bien conservado, que parecía como una pequeña fábrica. El puerto, invadido por los bancos de arena, estaba protegido por un antiguo espigón de piedra, sobre el que se distinguían las menudas figuras de algunos pescadores sentados. En la punta del espigón se veían los cimientos circulares de un faro derruido. En el puerto se había formado una lengua de arena sobre la cual había unas chozas miserables, algunos botes amarrados y unas cuantas nasas diseminadas. El único sitio en que parecía haber profundidad era donde el río, una vez pasado el edificio de la torre blanca, daba la vuelta hacia el sur y vertía sus aguas en el océano, al otro lado del espigón. Los muelles de embarque estaban podridos de un extremo a otro. Los más ruinosos eran los de la parte sur. Y allá lejos, mar adentro, pese a la marea alta, pude distinguir una raya larga y negra que apenas afloraba del agua, y que al instante ejerció sobre mí una atracción singular y maligna. Era, sin duda alguna, el Arrecife del Diablo. [...] En los estercoleros se amontonaban las conchas y el pescado estropeado. Algunos individuos trabajaban con aire ausente en sus jardines yermos y sacaban almejas en la orilla, siempre en medio de un penetrante olor a pescado. (H.P.Lovecraft, La sombra sobre Innsmouth)


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