Textos
Pessoa
Las islas



Pessoa: Las islas:

Sé que unas islas hay al sur de todo
donde hay paisajes que no puede haber.
Cual terciopelo son, bellas al modo
del tejido que el mundo puede ser.

Lo sé bien. Espesuras frente al mar,
coral, declives, todo lo que es vida
tornado amor y luz, lo que el soñar
da a la imaginación anochecida.

Lo sé. Lo veo todo. El mismo viento
que del follaje agita allí el torpor
acaricia al pasar mi pensamiento
y el pensamiento juzga que es amor.

Sí lo sé, es bello, es luz, es imposible,
tiene color, existe y duerme, sí;
y, aunque tal vez no exista, es tan visible
que es una parte natural de mí.

Lo sé todo, sí, todo. Y sé también
que no es allí donde hay lo que allí está.
La luz de ese paisaje sé muy bien,
y por qué mar podemos ir allá.
(Fernando Pessoa. Cancionero)

Sá Carneiro:
[...]
Debe haber islas allá hacia el sur de las cosas
donde sufrir sea una cosa más suave,
donde vivir le cueste menos al pensamiento,
y donde uno pueda cerrar los ojos y dormirse al sol
y despertar sin tener que pensar en responsabilidades sociales
ni en el día del mes o de la semana que es hoy.
[...]
(Alvaro de Campos)

Oda Marítima:
[...]
¡Toda la vida marítima, todo en la vida marítima!
Se insinúa en mi sangre toda esa seducción suave
y cavilo indeterminadamente los viajes.
¡Ah, los perfiles de las costas distantes, achatados por el horizonte!
¡Ah, los cabos, las islas, las playas arenosas!
¡Las soledades marítimas, como en ciertos momentos del Pacífico
en que no sé por qué sugestión aprendida en la escuela
se siente gravitar sobre los nervios el hecho de que aquél es el mayor de los océanos
y el mundo y el sabor de las cosas se covierten en un desierto dentro de nosotros!
¡La extensión más humana, más salpicada del Atlántico!
¡El Indico, el más misterioso de todos los océanos!
¡El Mediterráneo, dulce, sin ningún misterio, clásico, un mar para romper
contra explanadas miradas por estatuas blancas desde jardines cercanos!
¡Todos los mares, todos los estrechos, todas las bahías, todos los golfos,
querría estrecharlos contra mi pecho, sentirlos bien y morir!
[...]


El marinero (1913):
[...] Soñaba en un marinero que se hubiese perdido en una isla lejana. En aquella isla había palmeras erguidas, pocas, y aves vagas pasaban por ellas... No vi si alguna vez se posaban... Como no tenía ningún medio de volver a la patria, y cada vez que se acordaba de ella sufría, se puso a soñar una nueva patria que nunca hubiese tenido; se puso a hacer que hubiera sido suya otra patria, otra clase de país con otras clases de paisajes, y otra gente, y otra manera de pasar por las calles y de asomarse a las ventanas... A cada instante, construía en sueños esta falsa patria, y nunca dejaba de soñar, de día a la sombra corta de las grandes palmeras, que se recortaba, orlada de picos, en el suelo arenoso y caliente; de noche, tendido en la playa, de espaldas y sin reparar en las estrellas. [...] Durante años y años, día tras día, el marinero edificaba en un sueño continuo su nueva tierra natal... Todos los días ponía una piedra de sueño en aquel edificio imposible... En poco tiempo, iba teniendo un país que ya había recorrido tantas veces. Miles de horas se acordaba ya de haber pasado a lo largo de sus costas. Sabía de qué color solían ser los crepúsculos en una bahía del norte, y lo dulce que era entrar, en la noche alta, y con el alma recostada en el murmullo del agua que abría el navío, en un gran puerto del sur donde antaño había pasado, feliz quizá, su juventud, la imaginada... (Fernando Pessoa. El marinero)


Huir:
[...] Mi deseo es huir. Huir de lo que conozco, huir de lo que es mío, huir de lo que amo. Deseo partir -no para las Indias imposibles, o para las grandes islas del Sur de todo-, sino para el sitio cualquiera -aldea o yermo- que tenga en sí el no ser este sitio. Quiero no ver ya estos rostros, estas costumbres y estos días. Quiero reposar, ajeno, de mi fingimiento orgánico. Quiero sentir al sueño llegar como vida, y no como reposo. Una cabaña a la orilla del mar, una caverna, incluso, en la falda rugosa de una sierra, puede darme esto.
(Fragmento 64 del Libro del desasosiego)


Las islas del Sur. R.L. Stevenson:
Hay en el mundo unas islas que ejercen sobre los viajeros una irresistible y misteriosa fascinación. Pocos son los hombres que las abandonan después de haberlas conocido; la mayoría dejan que sus cabellos se vuelvan blancos en los mismos lugares donde desembarcaron; hasta el día de su muerte, a la sombra de las palmeras, bajo los vientos alisios, algunos acarician el sueño de un regreso al país natal que jamás cumplirán. Esas islas son las Islas del Sur. Cuentan que en ellas estuvo en tiempos el Paraíso. (Stevenson)


Los mares del Sur:
Los primeros versos no tienen problema. Pertenecen al primer poema de The waste land (la tierra baldía), de Eliot. Un poeta de la primera mitad de este siglo. I will show you fear in a handful of dust. Es el verso que más me gusta de todo el poema. Te enseñaré la angustia de un puñado de ceniza. Pero no viene a cuento, veamos lo del sur. No quisiera ponerme pesado, pero el mito del sur como símbolo de calor y de luz, de vida, del renacer del tiempo, aparece continuamente en la literatura. [...] El segundo fragmento también está chupado. Pertenece a Los mares del Sur, el primer poema publicado por Pavese, un poeta italiano muy influido por la literatura americana. Nunca estuvo en los mares del Sur y seguro que ese poema lo escribió bajo la influencia de las lecturas de Melville. [...] en el poema, habla de la fascinación que ejerce sobre un adolescente el recuerdo de un pariente marino que ha recorrido medio mundo. Cuando el pariente vuelve, el muchacho le interroga sobre sus viajes por los mares del Sur y él contesta desencantadamente. Para el muchacho los mares del Sur son el paraíso; para el marino, un paisaje marcado por el trabajo cotidiano y rutinario. [...] los tres fragmentos marcan todo el ciclo del desencanto: la esperanza intelectualizada de leer hasta entrada la noche y en invierno ir hacia el sur, burlando el frío y la muerte. El temor de que tal vez ese sur mítico sea otra propuesta de rutina y desencanto. Y finalmente la desilusión total... Ya nadie me llevará al sur... [...] Tal vez había descubierto que aunque fuera al sur nunca llegaría al sur. Aunque sepa los caminos, nunca llegaré a Córdoba. [...] Lamento per il sud de Salvatore Quasimodo. La luna rossa, il vento, il tuo colore di donna del Nord, la distesa di neve... Ma l'uomo grida dovunque la sorte d'una patria. Più nessuno mi porterà nel sud. (Manuel Vázquez Montalbán)


De vita beata. Gil de Biedma:
[...]
en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
(Jaime Gil de Biedma, de Poemas póstumos)

Preludios. Cintio Vitier:
[...]
Lejos están las chozas de los pescadores con las mujeres
            grandes y pálidas
oyendo el chasquido de las olas como un ángel enmascarado.
Sus conversaciones se mezclan a los alimentos de cocción
            clara y sumisa,
los niños juegan en las rocas, junto a las aves salvajes y el
            firmamento vacío.

Más rápido que el tiburón lejano, más dulce que la luz en las
            islas felices,
un desconocido como el cuerpo abre su idioma para ver
el paso de la mañana ondeante sobre las piedras rojas y oscuras.
[...]
(Cintio Vitier)

La princesa está triste. Rubén Darío:
[...]
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de Mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
[...]
(Rubén Darío, de Prosas profanas, 1896-1901)

Navegante solitario. Caballero Bonald:
[...] hasta que una noche se le vio embarcar nuevamente y con universal cautela de regreso a una costa ignorada. Es más que probable que viviera largo tiempo sometido a una taciturna actividad de eremita, restaurando sin conseguirlo el frágil cañamazo de una libertad nunca esgrimida como trofeo. Pero lo cierto fue que retornó inopinadamente a aquel limítrofe territorio, dispuesto ya a elegirlo como refugio igual que elige el patriarca el perentorio hospedaje de su tribu. (J.M.Caballero Bonald, de Descrédito del héroe)

Incertidumbres. E.Montale:
En la elección del mes más apropiado
para largos viajes imaginarios, dudábamos
entre mayo a salvo del verano
y septiembre que no es desesperado,
tampoco alegre. Abril se lo dejamos
a otros recensores. Acordamos
olvidarnos de los meses atrapados por el hielo.
Así el tiempo avanza sin remedio
y de repente, bruscamente, se detiene.
(Eugenio Montale, de Diario póstumo)


Reggie desapareciendo Discurso antes de desaparecer:
We are told that we need more growth: 6% per year. More chemicals to cure more pollution, caused by more chemicals. More car parks for more tourists who want to get away from more car parks. More food, to make us more fat, to make us use more slimming aids, to make us take pills, to make us ill, to make us take more pills, to make more profit.[...] But what has all this growth done for me? Well, I'll tell you. One day I'll die, and on my grave it will say: "Here lies Reginald Iolanthe Perrin. He didn't know the names of the trees and the flowers, but he knew the rhubarb crumble sales figures for Schleswig Holstein." Look outside at those trees - beautiful. But soon they will all be cut down to make room for more underground par carks. But I have got good news for you, because half the parking meters in London have got Dutch Parking Meter disease. Ladies and gentlemen. You see, we become what we do. You show me a hero who makes fondue tongues, and I'll show you a happy man who earns his living perforating lavatory paper. "But what do YOU believe in?" (David Nobbs, The fall and rise of Reginald Perrin)


Llegada a Fatu-Hiva (Islas Marquesas, 1942):
Incluso antes de poder ver tierra, captamos en el aire sobre los mares salados la cálida y viva esencia de la tierra y de las cosas que crecían. y cuando entramos navegando en la sombra de la isla, donde el océano azul se volvía verde como la jungla que se arrastraba hacia abajo desde las colinas, supimos que habíamos elegido una tierra de belleza sin igual. [...] La goleta se fue deslizando lentamente a lo largo de la empinada costa, donde profundos valles pasaban revista abriendo sus puertas rocosas para revelar su exhuberante belleza. Las rocas rojizas ocultaban las palmeras que se mecían con el viento, una playa soleada y la espuma blanca de las grandes olas, hasta que la empinada pared de la montaña se abría en el siguiente valle. ¿Dónde desembarcar? Este era nuestro problema actual. Por suerte, un joven nativo que iba a bordo había nacido en Fatu-Hiva. Sólo él conocía el lugar desde el interior, pues incluso nuestro capitán nunca había estado allí. A medida que se iban sucediendo los valles uno tras otro, el muchacho describía dónde vivían los nativos y dónde se podía encontrar agua para beber. Y finalmente, gracias a sus orientaciones, estábamos en el bote salvavidas, Nuestros corazones latían de exitación cuando los nativos nos llevaron remando hasta la isla. Las grandes olas se elevaban y antes de llegar a la costa rompían rugiendo con una espuma blanca como la nieve. Montando en una furiosa carrera sobre la tambaleante cresta de la verde pared de agua, fuimos lanzados en medio del baile de espuma muy lejos sobre la suave arena de lava negra. Por encima, los vientos alisios alborotaban la orla de hojas de los cocoteros. Unas colinas verdes se alzaban a nuestro alrededor. El aire estaba cargado de un cautivador aroma tropical. Los nativos volvieron a subir al bote y remaron hacia la goleta. Poco después las blancas velas del Tereora desaparecieron en el horizonte. Nos quedamos solos con nuestros baúles que contenían la ropa que habíamos usado durante el viaje, y con nada más excepto el material que había traído para la investigación científica en esta isla poco explorada. Nos sobrevino un sentimiento extraño de soledad. ¿Qué íbamos a hacer? De común acuerdo volvimos hasta nuestros baúles y empezamos a arrastrarlos hacia la sombra de los árboles. (Thor Heyerdahl)


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