MAR
Poemas
Sirenas



Portada Sueños Líquidos de Maná La Sirena. Maná:
Quería ella buscar a su amado que se fue
muchas olas atrás
quería ella escaparse de una isla de la
Habana tropical
montarse al arco iris resbalar y así
ganar su libertad
salir volando, ir nadando
alguna forma de poderlo encontrar.
Vestida como un hada ella se fue
montada en un delfín ella escapó
y en la mar ella se hundió.
Nadando entre corales, caracolas, y
entre peces de colores
jugado con delfines en las olas
empapada en amores.
Y el profundo azul llenaba sus rincones y
borraba sus dolores
la luna le plateaba sus espaldas, y su cola
y sus escamas.
Vestida como un hada ella se fue
montada en un delfin ella escapó
y en la mar ella se hundió.
De repente ella soñó
que encontraba a su amado
que nadaba a su lado
de repente ella soñó que sus cuerpos enlazados
se sumían abrazados en la mar.
De repente despertó y sus sueños diluidos
entre azules y el olvido
de repente despertó convertida en sirena recostada
en la arena.
De repente despertó y sus sueños diluidos
entre azules y gemidos
de repente despertó convertida en sirena recostada
en la arena
en la mar
una sirena, en la mar, una sirena.


La sirena. A.Tennyson:
Pero por la noche me imaginaría lejos, lejos,
dejaría que cayera a los lados mi cascada de rizos,
saltaría con ligereza sobre el trono y jugaría
con los tritones entre las rocas;
correríamos de aquí para allá, escondiéndonos y buscándonos
sobre los altos y ondulados terrenos marinos en las conchas carmesí,
cuyas plateadas puntas se asoman al mar.
Pero si alguien se acerca gritaré
y como una ola saltaré desde las diamantinas cornisas
que sobresalen de la hondonada.
Porque a mí no me besaría cualquiera de los atrevidos y
alegres tritones del fondo del mar;
ellos me seguirían y me cortejarían y me halagarían
en el púrpura crepúsculo del fondo del mar.
Pero el rey de todos ellos sí que podría llevárseme
y cortejarme, ganarme y casarse conmigo,
entre las ramas de jaspe del fondo del mar.
Entonces todos los seres que están en los incoloros musgos
del fondo del mar, se enroscarán silenciosamente
a mi plateado pie, mirando hacia arriba, buscando mi amor.
Y cuando yo cantara alegremente desde lo alto,
todos los seres blandos, ahorquillados y con cuernos
se asomarían a la honda esfera del mar
y mirarían abajo buscando mi amor
(A.Tennyson)


sirena por Burne Minstrelsy of the Scottish Border. Sir Walter Scott:
Así, para calmar el dolor del cacique,
lejos de la doncella que tanto ama,
surge la canción,
y suave y lenta
que le parecía estar escuchando los suspiros de ella.
La forma nacarada de esa sirena
era más blanca que el sedoso rocío
y sobre su pecho brillan sus rubios tirabuzones.
Nacida en la espuma de una ola,
alcanzó la predestinada proa,
abrazó fuerte al bravo cacique
y saltó con él en busca de las profundidades.


sirena Yo en el fondo del mar. Alfonsina Storni:
En el fondo del mar
hay una casa de cristal.

A una avenida
de madréporas
da.

Un gran pez de oro,
a las cinco,
me viene a saludar.

Me trae
un rojo ramo
de flores de coral.

Duermo en una cama
un poco más azul
que el mar.

Un pulpo
me hace guiños
a través del cristal.
En el bosque verde
que me circunda
-din don... din dan-
se balancean y cantan
las sirenas
de nácar verdemar.

Y sobre mi cabeza
arden, en el crepúsculo,
las erizadas puntas del
mar.
(Alfonsina Storni)


Sirena: Fuente El sueño de una noche de verano:
Muy bien, vete. De este bosque no saldrás
hasta que te haya atormentado por tu afrenta.
Mi buen Robín, acércate. ¿Recuerdas
que una vez, sentado en un promontorio,
oí a una sirena montada en un delfín
entonar tan dulces y armoniosas melodías
que el rudo mar se volvió amable con su canto
y algunas estrellas saltaron locas de su esfera
oyendo a la ninfa de los mares?
[...]
Aquella vez yo vi (tú no podías),
volando entre la fría luna y la tierra,
a Cupido todo armado. Apuntó bien
a una hermosa virgen que reinaba en Occidente
y disparó con energía su amoroso dardo
cual si fuera a atravesar cien mil corazones.
Mas yo vi que los castos rayos de la luna
detenían la fogosa flecha de Cupido
y que la regia vestal seguía caminando
con sus puros pensamientos, libre de amores.
(W.Shakespeare)


Dido y Eneas. Pere Gimferrer:
[...]
Y aún nos es posible cierta aspiración al equilibrio,
la pureza de líneas, el trazado de un diseño,
el olvido de la retórica de lo explícito por la retórica de las alusiones,
los recursos del arte (la piedra presiente la forma),
el recuerdo de una tarde de amor o un rezo en la capilla del colegio,
la vidriera teñía los rostros de un esplendor violeta,
naufragaban en la claridad submarina las hebillas de oro
de los caballeros,
todo en escorzo, la luz amarilla chorreando en las botas
y los cintos,
las cabezas extáticas, vueltas al cielo raso, porcelana de la tarde,
la quilla, los velámenes,
(qué costas y escolleras),
las islas, timonel,
en el viento nos llegan los cabellos de una sirena, las arenas doradas,
historias de hombres ahogados en el mar.

¿Qué costas? ¿Qué legiones?
(Pere Gimferrer)


La voz apenas. Alberto Angel Montoya:
[...]
Pero la voz de esa mujer
era la única sirena
para el oído turbulento
en las sensuales odiseas.

Y me he quedado con la voz
de esa mujer -la voz apenas-
como se quedan los marinos
oyendo el mar desde la arena.

Cuán tristes son los marineros
que ansiaron muerte en la tormenta,
y junto al mar, un cualquier día,
la muerte encuentran en la tierra.
(Alberto Angel Montoya)


Sirenita De pronto en una playa interminable. Miguel Arteche:
[...]
¿Quién eres tú, la que me canta?
Recuerdo ahora el mar. ¡El mar! Si yo pudiera
volver al mar a aquella playa
donde llovía siempre. Allá arriba las verdes colinas
y más allá la tierra escarlata, y la Gran Cordillera
que vigila volcanes, el viento que sopla desde allí,
y el cielo de cristal.
Nadie en las dunas.
La lluvia ahuyenta
y me deja solo en esta playa de pronto interminable.
[...]
(Miguel Arteche)


Sirena. Claudia Lars:
Va sobre espuma alzada, casi en vuelo,
sin rozar el navío ni la roca
y la distancia abierta la provoca
un doloroso afán de agua y de cielo.

El canto suelto, desflecado el pelo,
de la tierra inocente, grave y loca;
encendidos los sueños y en la boca
la extraña sangre de una flor de hielo.

No es el tritón quien le transforma el pecho,
ni el querubín se inflama entre sus labios
para beber después llanto deshecho.

Un hombre, nada más... Con brazos sabios
la tiende sobre el peso de la tierra
y allí se arrastra dulcemente en guerra.
(Claudia Lars, de Sonetos)


El pescador. Goethe:
Hinchada el agua, espumajea,
mientras sentado el pescador
que algún pez muerda el anzuelo
plácido aguarda y bonachón.

De pronto la onda se rasga,
y de su seno-¡oh maravilla!-
toda mojada, una mujer
saca su grácil figurilla.

Y con voz rítmica le increpa:
-¿Por qué, valiéndote de mañas,
hombre cruel, tiras de mí
para que muera en esta playa?

¡Si tú supieras qué delicia
allá se goza bajo el agua,
tal como estas te arrojarías
al mar, dejando en paz la caña!

¿No ves al sol, no ves la luna
cómo en las ondas se recrean?
¿Doble de hermosos no parecen
cuando en las agujas se reflejan?

¿No te seduce el hondo cielo
cuando su azul, húmedo muestra?
Cuando este aljófar lo salpica,
¿del propio rostro no te prendas?

Hinchada el agua, espumajea,
del pescador lame los pies;
siente el cuidado una nostalgia,
cual si a su amada viera fiel.

Cantaba un tanto la sirena,
todo pasó en un santiamén;
tiró ella de él, resbaló el hombre,
nunca más se dejó ver.
(Goethe)


sirena Andersen:
[...] La sirena, asustada, se apresuró a sumergirse unos momentos; cuando volvió a asomar a flor de agua, le pareció como si todas las estrellas del cielo cayesen sobre ella. Nunca había visto fuegos artificiales. Grandes soles zumbaban en derredor, magníficos peces de fuego surcaban el aire azul, reflejándose todo sobre el mar en calma. En el barco era tal la claridad que podía distinguirse cada cuerda, y no digamos los hombres ¡Ay qué guapo era el joven príncipe! Estrechaba las manos a los marinos, sonriente, mientras la música sonaba en la noche. Pasaba el tiempo, y la pequeña sirena no podía apartar los ojos del navío ni del apuesto príncipe. Apagaron los faroles de colores, los cohetes dejaron de elevarse y cesaron también los cañonazos, pero en las profundidades del mar aumentaba los ruidos. Ella seguía meciéndose en la superficie, para echar una mirada en el interior de los camarotes a cada vaivén de las olas. Luego el barco aceleró su marcha, izaron todas las velas, una tras otra, y, a medida que el oleaje se intensificaba, el cielo se iba cubriendo de nubes; en la lejanía zigzagueaban ya los rayos. Se estaba preparando una tormenta horrible, y los marinos hubieron de arriar nuevamente las velas. El barco se balanceaba en el mar embravecido. Las olas se alzaban como enormes montañas negras que amenazaban estrellarse contra los mástiles.

[...] al partirse el navío lo vio hundirse en las profundidades del mar. Su primer sentimiento fue de alegría, pues ahora iba a tenerlo en sus dominios pero luego recordó que los humanos no pueden vivir en el agua, y que el hermoso joven llegaría muerto al palacio de su padre. No, no era posible que muriese; por eso echó ella a nadar por entre los maderos y las planchas que flotaban esparcidas por la superficie, sin parar mientes en que podían aplastarla. Hundiéndose en el agua y elevándose nuevamente, llegó al fin al lugar donde se encontraba el príncipe, el cual se hallaba casi al cabo de sus fuerzas; los brazos y piernas empezaban a entumecérsele, sus bellos ojos se cerraban, y habría sucumbido sin la llegada de la sirenita la cual sostuvo su cabeza fuera del agua y se abandonó al impulso de las olas. (H.C.Andersen. La sirenita)


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