POEMAS
Coleridge
La Balada del viejo marinero



La Balada del viejo marinero:
[...] El timonel tenía agarrada la rueda
y el barco se movía, se movía
sin que una sola brisa lo moviera.
Cada marino en su puesto intentaba
tensar los cabos, y no tenía fuerzas:
¡éramos una tripulación difunta, cadavérica!
[...]
Más fuerte y más terrible
seguía retumbando bajo el agua:
alcanzó la nave, dividió la bahía
y, como plomo, la nave desapareció bajo sus aguas
[...]
Aturdido por el ruido aterrador
que cielo y mar estremecía,
mi cuerpo quedó a flote
como quien lleva ahogado siete días
[...] esta alma mía
en medio del mar se sintió muy sola:
tan sola que ni el mismo Dios parecía
estar entre las olas.
(Samuel Taylor Coleridge)


Comentario de Harold Bloom:
El amigo más íntimo de Wordsworth fue Samuel Taylor Coleridge, poeta, crítico, filósofo, teólogo laico y plagiario ocasional. Su gran poema es la Balada del viejo marinero, en siete partes y con 625 versos. Esta deslumbrante pesadilla sigue siendo un poema esencial y ofrece placeres que los buenos lectores acaso no encuentren en otros lugares. En su raíz está la balada popular «El judío errante», pero el viejo marinero de Coleridge tiene más en común con el cazador Gracchus o el médico rural de Kafka que con el tradicional escarnecedor de Cristo. En la literatura anterior a Coleridge, los antepasados del viejo marinero son el Yago de Shakespeare y el Satán de Milton. Entre Coleridge y Kafka están el Gordon Pym de Poe, el Ahab de Melville y Svidrigálov y Stavroguin, de Dostoievski. Después de Kafka vienen Gide, Camus, Borges y muchos otros, porque la fabulosa sugestión de la balada de Coleridge está en el centro de la tradición occidental del crimen gratuito, de la «malignidad sin motivo» que Coleridge (erróneamente, creo yo) atribuía a Yago. El barco en el cual sirve el marinero es arrastrado hacia el polo sur por una tormenta, y queda atrapado en un mar de hielo. En ayuda de la nave llega un albatros; la tripulación lo saluda y lo alimenta, y el ave hace mágicamente que el hielo se quiebre, salvando así a todos. Domesticado, el albatros se queda en e! barco, hasta que el viejo marinero, con total gratuidad, lo mata con su ballesta. Después de eso acompañamos al marinero y la tripulación en un descenso al infierno. Este breve resumen omite nada menos que todo lo que importa poéticamente, si consideramos que Coleridge alcanza un arte inigualable:

    Y entonces vinieron juntas bruma y nieve,
    y con ellas un frío portentoso;
    y un hielo verde como esmeralda
    nos ciñó del casco al palo mayor.

    Y entre ráfagas, los riscos nevados
    despedían un fulgor agonizante;
    no divisábamos figura humana ni animal:
    no había sino hielo por doquier.

Recibimos la soberbia fantasmagoría mediada por el poco imaginativo marinero, que, si bien ve y describe de maravilla, rara vez sabe qué está viendo. Esto es deliberado: dependemos del marinero, un literalista a la deriva en lo que Coleridge llamó «una obra de imaginación pura». El desdichado narrador se transforma en precoz defensor de lo que hoy damos en llamar ecología:

    Reza mejor quien mejor ama
    todas las cosas, grandes o no,
    porque el buen Dios que bien nos ama,
    las ama a todas pues las hizo Él.

Tal es la moraleja en el enfoque del marinero; puesto que está desquiciado y es un monomaniaco, no hace falta identificarlo con Coleridge. Y en esto, en realidad, tenemos el apoyo del propio autor. Cuando la señora Barbauld, celebrada bluestocking (o predecesora de la crítica feminista), objetó a Coleridge que al poema le faltaba una enseñanza moral, él ofreció esta brillante respuesta:

    Le dije que en mi opinión al poema le sobraba moral; y que su único o principal defecto, si puedo llamarlo así, era la evidente imposición al lector del sentimiento moral como principio o causa de acción en una obra de imaginación pura. No debería haber puesto más moraleja que la que hay en ese cuento de Las mil y una noches en que un mercader está sentado junto a un pozo, comiendo dátiles, y echa los huesos a un lado, hasta que de pronto, ¡zas!, aparece un genio y le dice al mercader que debe matarlo, porque, al parecer, uno de los huesos de dátil le ha vaciado un ojo a su hijo.

Bien, ese sí que es un crimen verdaderamente gratuito, y uno siente que, treinta años después de haber escrito su gran poema, Coleridge lo hubiera hecho aún más maligno. De todos modos, es de una malignidad sublime, si es que leemos confiando en el relato y no es el viejo narrador. Aunque no matemos albatros ni arrojemos por ahí huesos de dátil, todos iremos al infierno en la nave de la muerte:

    En un candente cielo cobrizo,
    a mediodía, un sol sangriento,
    no más grande que la luna,
    se detenía sobre el palo mayor.

    Día tras día, día tras día,
    permanecíamos fijos, sin aliento,
    ociosos como una nave pintada
    a flote en un pintado mar.

    Agua, por todas partes agua,
    y un rechinar de cundernas;
    agua, por todas partes agua,
    y ni una gota que beber.

    El fondo mismo se pudría:
    ¡Cristo, quién lo hubiera pensado!
    Viscosas criaturas con patas
    se arrastraban por el viscoso mar.

Si comparan ustedes estas cuatro estrofas con las dos referidas al hielo esmeralda que cité antes, verán que la tripulación está claramente peor, aunque todo es relativo. Un cosmos de hielo fulgurante ya es bastante infernal, aunque le falte el lóbrego brío de: «viscosas criaturas con patas/se arrastraban por el viscoso mar». Propongo que el marinero y el poema mismo ya eran entidades harto compulsivas antes de que él matara al amable albatros. Lo que el lector no dejará de aprehender es que desde el comienzo estamos ciertamente ante un poema de «imaginación pura», de modo que todo el viaje es visionario. Pero ¿por qué el viejo marinero mata al humanizado albatros? Se mantiene siempre en una pasividad desconcertante, no menor cuando comete el crimen. Sólo lleva a cabo dos acciones más: beber su propia sangre para exclamar que ha visto una nave y, más adelante, proferir una única bendición. El marinero nos trae a la mente el Lemuel Gulliver de Swift y el Robinson Crusoe de Defoe; como ellos, parece un observador muy preciso, pero carente de afecto y sensibilidad. En una época yo creía que el crimen gratuito del protagonista de Coleridge era un intento desesperado por establecer una personalidad, pero ya no encuentro pruebas para un enfoque tan «modernista». A fin de cuentas, al final del poema el hombre no ha amplificado su sentido de identidad. Es una máquina de dictar que repite siempre la misma historia. Como observó más tarde Coleridge, no hay en el poema moraleja alguna y no debería haberla. Por eso tampoco se aclaran los motivos del asesinato del albatros. Por mi parte, insto al lector a no bautizar el poema: no trata del pecado original ni de la caída del hombre. Esas figuras implican las nociones de desobediencia y depravación pero la Balada del viejo marinero no es El paraíso perdido. En el tono distante que mantiene el poema de Coleridge es muy shakespeariano, mientras que el lenguaje visionario muestra ciertas afinidades con la balada de «Tom O’Bedlam»:

    La errante luna subía al cielo
    sin encontrar morada alguna:
    suavemente iba subiendo
    con una estrella al lado o dos.

    Sus rayos se burlaban del sopor
    como escarcha de abril derramada;
    pero en la sombra inmensa del barco
    el agua hechizada ardía siempre
    en un rojo quieto y atroz.

    Ataque de monstruo marino Más allá de la sombra del barco
    veía moverse las serpientes marinas:
    dejaban estelas de un blanco brillante,
    y cuando se erguían, dejaban caer
    escamas vetustas de mágica luz.

    ¡Afortunados seres! No hay lengua
    que pueda describir su belleza:
    un torrente de amor me desbordó
    y, sin darme cuenta, las bendije:
    mi ángel de la guarda debió de apiadarse
    y sin más proferí la bendición.

    En el mismo momento pude rezar;
    y de mi cuello liberado
    cayó el albatros, para hundirse
    como si fuera plomo en el mar.

Las estrofas precedentes no son sólo la resolución de la Balada del viejo marinero (en la medida en que la tiene), sino el efecto poético más fuerte que alcanzó Coleridge. Hasta entonces exasperantemente estólido, el marinero se siente tan conmovido por la belleza y la aparente felicidad de las serpientes marinas que las bendice, y en el acto se libera en la medida de lo posible de la maldición que pesa sobre él. Cuando haya disfrutado de la intrincada suma de rareza y hermosura que ofrece la Balada, el lector comprensivo emergerá de este oscuro viaje con una sensación mayor de libertad, otra de las razones de que debamos leer. (Harold Bloom)


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