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PORTUGAL
Arquitectura manuelina



Monasterio de los Jerónimos. Belém Arte manuelino:
Fue don Duarte quien mandó a construir el Monasterio de Batalha, el gran panteón al que hoy llamamos Capelas Imperfeitas. Los trabajos se prolongaron durante muchos años, y fueron interrumpidos en 1528, cuando la Corona se empezaba a encontrar con grandes problemas financieros; el monumento refleja, en sus varios niveles, la rápida evolución del gusto que tuvo lugar en los noventa años durante los que se prolongó la construcción. El gigantesco pórtico que da entrada a la llamada rotonda de don Duarte fue sin duda diseñado y comenzado a construir en vida de este rey, por tanto antes de 1438. Es el nacimiento del arte manuelino. La expresión, arte manuelino, es reciente. Surgió en el siglo pasado, con la primera generación romántica. Hasta entonces se pensaba que del gótico medieval se había pasado al renacimiento clásico del siglo XVI. Pero no hay duda de que entre estos dos periodos queda algo que no se puede incluir ni en uno ni en otro. Algo muy importante que se traduce en monumentos de gran relieve, como los Jerónimos, las Capillas Incompletas, la nave añadida a la Iglesia de los Templarios, en Tomar, la Torre de Belém, la iglesia parroquial de la Golegã, la Iglesia del Pópulo, en Caldas da Rainha, y en decenas de pequeños pórticos y graciosas ventanas que se encuentran dispersas por todo el país. Nada de esto es gótico, pero todavía no es clásico. Fue construido al socaire de una inspiración diferente, que parece haber durado casi un siglo, desde don Duarte a don Manuel. El nombre de este último rey fue afortunado hasta en esto, porque él fue el elegido para designar a un periodo artístico al que apenas dio continuidad, y que por otra parte corresponde a una época que termina con el inicio de su reinado, aunque el arte que aquélla inspiró se prolongase durante varias décadas.

El manuelino es, como las crónicas de Fernão Lopes y los ensayos de don Duarte, complejo, formado por muchos ingredientes, y profundamente original. Es tal vez la única fase completamente portuguesa de un arte en que hubo poco que no fuese reflejo de influencias venidas del exterior y adaptadas al gusto y pobreza locales. Es el arte del siglo atlántico y corresponde a la primera fase de la expansion marítima. En sus primeros monumentos hay sugerencias marroquíes, traídas por los maestros canteros que iban al norte de Africa a trabajar en las fortalezas de las ciudades conquistadas. Los temas náuticos dominan en la decoración: cuerdas, nudos, boyas, corales, sustituyen los antiguos adornos góticos. La realización más audaz de aquellos canteros argonautas fue quizá el rosetón de la nave de Tomar: consiguieron esculpir el viento, representando paños de vela hinchados, aprisionados por las cuerdas.

Torre de Belém en la ribera del Tajo Construcciones de la Lisboa manuelina:
Con Don Manuel se realiza una gran reorganización urbanística. Las riquezas provenientes del imperio permiten a la Corona financiar un vasto conjunto de obras públicas. Las infraestructuras medievales resultaron incapaces de satisfacer las necesidades de la capital de un imperio. La renovación urbana va a subrayar la capitalidad de Lisboa y trasladar definitivamente su centro político y económico hacia la zona ribereña. Se construye el nuevo Paço junto al Tajo. Muchas familias nobles edifican nuevas residencias en la zona baja de la ciudad: los Meneses, los Noronhas, los Sousa de Meneses, los Mascarenhas. Los Correia, los Veiga y los Albuquerques. Destaca la Casa dos Bicos dos Albuquerques. Surge una nueva serie de edificios que remarcan la importancia del área entre Santos-o-Velho, el puente y la Porta da Cruz, hacia levante. Estas edificaciones albergan instituciones de carácter fiscal o económico, como la Alfàndega Nova y el Terreiro do Trigo, de naturaleza militar y de apoyo a la navegación, como la Casa da Pólvora, las Ferrarias, las Fundiçoes y las Tercenas, o dedicadas a la asistencia como el Hospital Real de Todos-os-Santos, junto al Rossio. La principal arteria continúa siendo la Rua Nova dos Mercadores, donde se instalan los principales comerciantes de la ciudad. Junto al Paço existe aún la Ribeira Nova das Naus, donde son preparadas las embarcaciones con destino a la India. Fuera de los límites urbanos de la ciudad, junto a Belém, se construye el Mosteiro dos Jerónimos y la singular fortificación Torre de Belém.


Arquitectrura característica de los años de influencia de los jesuitas (s.XVII):
Las bellas artes fueron pobres. La mayor parte de los edificios de la época fue construida por los jesuitas, lo que llevó a que se hablase de un estilo jesuítico. Esta clasificación es muy contestada en nuestros días (el pretendido estilo jesuítico, dicen los especialistas, no es más que la forma portuguesa del manierismo europeo), pero no hay duda de que el espíritu de la Compañía de Jesús marcó en gran medida la arquitectura religiosa del siglo XVII luso. La iglesia es concebida como un gran auditorio, una enorme aula. La lección es el sermón y todo se dispone de forma que la figura del predicador sea vista y su voz escuchada desde todas partes. Desaparecen las columnas interiores, los grandes entrantes y salientes que, con su movimiento y fuerza, habían marcado el arte del periodo anterior. Las fachadas son lisas, altas, lógicas y hacen pensar en el rigor geométrico de la dogmática, en la prohibición de la fantasía, en la disciplina vertical. El templo resulta de este modo de una severidad fría y carente de interés. Pero esa austeridad no tarda en desaparecer bajo la decoración impetuosa del azulejo y de la talla, que desempeñan en las artes una función de hacer recordar a la que refranero popular tuvo en las letras.

La azulejería y la talla:
Son las grandes creaciones del arte portugués en el siglo XVII. En estos campos no hubo maestros extranjeros; los ceramistas y tallistas eran artistas del pueblo (de poquísimos se conservarán los nombres) y la evolución de aquellos géneros refleja la cultura y el gusto populares con su devoción festiva y las reminiscencias del arte oriental. Fue el genio popular donde se encontró la respuesta a las nuevas condiciones de la vida nacional; el azulejo sustituyó a las paredes de las iglesias y de los palacios a los valiosos tapices que antes venían de Flandes y de Holanda (los paños de Arrás) y cuya importación se había hecho imposible a causa de las guerras que los españoles mantuvieron durante casi todo el siglo. Los especialistas hablan de azulejos de tipo tapiz y de tapicerías cerámicas, designaciones bien significativas. La talla sustituyó en gran parte a la escultura en piedra (la imaginería del siglo XVII es casi toda de madera y la de los periodos anteriores es casi toda de piedra) y sustituyó también a otros materiales muy caros: el oro y la plata dorada. Muchos objetos de culto (relicarios, sagrarios, candelabros, anaqueles de altar), anteriormente hechos de metal, pasaron a ser hechos de madera dorada y trabajada de modo que pareciese metal. El material era barato y la producción de estos orfebres ebanistas alcanza proporciones enormes. El interior de los templosse vuelve entonces magnífico, y el oro de la talla, combinado con el azul del azulejo, consigue admirables efectos decorativos. Por ser tan popular y tan portugués, el éxito de aquella decoración fue inmenso y duradero. Se prolonga durante casi todo el siglo siguiente y, llevado por los emigrantes, echa raíces en Brasil. Bahía es hoy la capital de la talla portuguesa; en muchos casos, la madera utilizad afue el castaño. En el país del jacarandá, los portugueses continuaron recordando los sotos de sus aldeas. (Hermano Saraiva)


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