DOCUMENTOS
La religión como factor cultural



Jomeini La religión conserva un papel relevante en nuestros días:
Si hay un tema relevante en este fin de milenio, éste es sin duda el religioso. La religión vuelve a estar de actualidad después de dos siglos en los cuales parecíamos asistir a su declive irreversible. Lejos de ser, hoy, un factor cultural en retroceso, se halla en primer plano de los asuntos mundiales. Tanto el fenómeno del integrismo, islámico, judío o cristiano, como el general interés por las religiones orientales dentro del ámbito occidental, o el despertar de las grandes religiones históricas, desde el hinduísmo en todas sus formas hasta el islam (en sus variantes sunnitas o chiítas), todo ello es índice de un interés creciente por lo religioso. El final de la Guerra Fría parece sustituir el registro ideológico como lugar en donde se articulan y anudan las convicciones y los conflictos por el registro religioso. Como si la etapa de supremacía de las ideologías hubiese dejado terreno expedito, de nuevo, al resurgimiento de las grandes religiones.

Triunfan por doquier fuerzas centrípetas, destruyendo o dispersando unidades grandes o medias de naturaleza inestable; así por ejemplo los estados multinacionales del tipo de Yugoslavia o de la antigua Unión Soviética. Y lo que determina y decide las razones nacionales que marcan las escisiones y disidencias son, sobre todo, factores culturales que remiten, antes que nada, a los diferenciales religiosos. Estos acaban teniendo un peso específico mucho mayor que otros factores (como, por ejemplo, los lingüísticos). (Eugenio Trías)

Hoy se impone reconsiderar la naturaleza y condición de la religión. Es preciso «pensar» la religión, so riesgo de que la religión «nos piense» en su peculiar modo extremo (según los dictados de todos los integrismos hoy redivivos). La religión no se reduce a fenómenos como el integrismo. Es preciso «salvar» el fenómeno que constituye la religión: la natural, o connatural, orientación del hombre hacia lo sagrado; su re-ligación congénita y estructural. Es preciso «salvar» ese fenómeno por rigor filosófico y fenomenológico. El pensamiento moderno ha sido escasamente perspicaz en relación a la importancia del hecho religioso. Ha tendido a reducir éste a aspectos parciales de su compleja existencia: a su carácter «social» (como ideología y falsa conciencia, así en las tradiciones marxistas); a su naturaleza «psíquica» (como expresión ilusoria de las miserias psíquicas del hombre, expresadas en el gran surtido de sus enfermedades mentales, así en Freud y en las tradiciones psicoanalíticas).


Jerusalén, Mezquita de Omar, tropas Israel La presencia de lo religioso:
Lo religioso es hoy, más que nunca, un problema complejo. A esa condición de problematicidad han contribuido poderosos y múltiples factores. Entre ellos, el progreso científico-técnico. Este ha ido arrinconando progresivamente a la fe hasta ponerla al borde del K.O. técnico. Para mucha gente, la religión era un recurso fácil, un Deus- ex -machina al que se apelaba ante la menor dificultad: ¿sequía?, los dioses se enfadan, luego es precisa una procesión en desagravio; ¿eclipse?, ira de a divinidad: cilicio y tormento, disciplina y autocensura. La ciencia, que -pese a la hostilidad ambiental: recuérdese el caso de Galileo- ha ido explicando estos y otros muchos hechos sin necesidad de apelar a Dios, se ha instalado ahora en el lugar vacante de un Dios-tapa-agujeros superado, y ha ceñido la corona y el manto como una nueva diosa. La ciencia provee, el hombre se abandona a su providencia; la ciencia explica, el hombre asiente. Muchos de nuestros contemporáneos creen que la ciencia es infalible, exacta, indiscutible. Obra, en una palabra, de dioses. A una fe superficial en un diosecillo tapafallos humanos le ha sustituido, en un auténtico golpe de estado a trono vacante, otra diosecilla mimosa y de cuando en cuando generosa. Por lo demás, la ciencia y la técnica han producido un notable aumento del nivel de vida, pese a las injusticias sociales, y han contribuido a alejar de este mundo las antiguas preocupaciones por la salvación ultraterrena. Si antaño era considerado este mundo como un valle de lágrimas que había de ser recompensado en el más allá, hoy se promete transformar este mundo en un paraíso terrenal perdido, "el cielo en la tierra". El confort, la propaganda de masas ("massmedia"), la superficialización de la existencia, el trabajo extenuante y maratoniano, todo ello tiene muy ocupado al hombre, y la consecuencia es un cierto olvido de Dios, que otros han denominado "ateísmo práctico": lo religioso no interesa, no preocupa. No se niega, se ignora a Dios, que no interesa. No es problema. Como consecuencia de esta confianza en la ciencia y de la trivialización en las relaciones humanas, resulta muchas veces difícil encontrar sentido a la existencia. Crece, por paradoja, el nivel de suicidios en determinados países desarrollados, el alcoholismo en el marco del subdesarrollo, etcétera. Y de este modo, no solamente no hay creyentes convictos (aunque los haya confesos), sino que tampoco hay ateos convictos, pese a su ostentosa profesión de ateísmo. La nuestra es la era de la trivialidad. Para algunos, puede servir de consuelo el que otras épocas, aparentemente hipersensibles a lo religioso, como por ejemplo la Edad Media, fueran dominadas por todo tipo de supersticiones paganas, estando también ausente un sentido de lo religioso profundo. Más que de sentido religioso, se trataba de un simple rito, fruto de la costumbre, el temor, etcétera. Sin embargo, ese sería un consuelo de tontos: el mal de muchos.
(Carlos Díaz y José Montoya)


La religión en los planes de estudio:
¿Y la instrucción religiosa para aquellos que la deseen o quieran que la reciban sus hijos? Es una opción privada de cada cual que el Estado no debe obstaculizar en modo alguno pero que tampoco está obligado a costear a los ciudadanos. La catequesis es libre en una democracia pluralista, pero sin duda gana en libertad y diversidad cuando el ministerio público ni la financia ni la administra. Quizá los planes de estudio puedan incluir alguna asignatura que trate de la historia de las religiones, de símbolos y mitologías, con preferente atención si se quiere a la tradición greco-romana-cristiana que tan importante es para comprender la cultura a la que pertenecemos. Pero no será prescriptiva sino descriptiva: no se ocupará de formar a los creyentes sino de informar a los estudiantes. Y desde luego no ha de estar a cargo de un cuerpo especial de profesores vinculados al obispado (ni a los ulemas, ni a los rabinos, ni a los derviches...) sino de especialistas en filosofía, en historia o en antropología. Sólo así podrá ser evaluada para el currículo académico como cualquier otra, porque la fe -al menos la buena fe- no admite puntuaciones terrenales. Y su inclusión o no en los planes de estudio deben atender a las mismas consideraciones que cualquier otra materia docente, no a quienes usan como argumento los pactos con una Iglesia que además resulta estar encabezada por un Estado extranjero. No voy a entrar en el contenido de esa asignatura hipotética, pero supongo que no podrá obviar la mención de las numerosas libertades públicas de que hoy gozan los Estados democráticos que se consiguieron gracias a la lucha de muchos incrédulos contra el influjo reaccionario de las iglesias, que sólo suelen hacerse civilmente tolerantes cuando pierden o ven radicalmente disminuida su autoridad social.
(Fernando Savater)


La palabra en la hoguera:
En distintos momentos de la historia de la humanidad, los libros han sido víctimas inocentes de la excomunión literaria, mediante su confinamiento en listas negras o yendo a parar directamente a la hoguera. La ignorancia o la soberbia, a veces, y la intolerancia, siempre, se han constituido jueces y verdugos para combatir en la palabra escrita o en la propia carne de sus impulsores, credos, teorías científicas o, simplemente, formas de pensar discrepantes de las de los poderes instituidos... A pesar de todos los tribunales autotitulados representantes de la ciencia y de la santidad desde la cerrazón de su intolerancia; a pesar de los fanatismos de cualquier naturaleza, negadores de todo lo que desborda su estrechez intelectual, el pensamiento limpio de los perdedores de siempre sigue filtrándose -ósmosis milagrosa- a través de los almanaques sembrados de trampas y hogueras para anularlo. Desgraciadamente, el siempre esperado "hombre nuevo" que pudiera surgir de las cenizas dejadas por aquellos fuegos torpes nace ya contaminado, y cuando raramente nace puro sufre muerte de bala o de cruz, y con él mueren su generosidad y su promesas de redención. (Nicolás Sosa Pérez)

Recelo reformador ante el arte:
Lutero veía en la poesía, a lo sumo, una sierva de la teología, y en las obras de las artes plásticas no podía descubrir absolutamente nada digno de alabanza; condenó la idolatría de la Iglesia católica, lo mismo que el culto de las efigies de los paganos, y tenía aquí ante los ojos no sólo las imágenes del Renacimiento, que en realidad muchas veces no tenían apenas que ver con la religión, sino la expresión en general del sentimiento religioso mediante el arte, la idolatría que él descubría ya en la simple decoración de las iglesias con imágenes. Todos los movimientos heréticos de la Edad Media tenían en el fondo una actitud iconoclasta. Tanto los albigenses y los valdenses como los lolardos y hucitas condenan la profanación que la fe recibe del esplendor del arte. Entre los reformadores -especialmente en Carlostadio, que hizo quemar en Wittenberg, en 1521, las imágenes de los santos; en Zuinglio, que en 1524 movió a los magistrados de Zurich para que retiraran las obras de arte de las iglesias y las hicieran destruir; en Calvino, que no halla ninguna diferencia entre orar a una imagen y el placer que se siente ante una obra de arte; y, finalmente, en los anabaptistas, cuyo odio al arte es una parte de su odio a la cultura- el recelo de los herejes anteriores contra el arte se convierte en una verdadera iconofobia. Sus condenaciones del arte no sólo son mucho más intransigentes y consecuentes que, por ejemplo, la actitud de Savonarola, que en realidad no era una actitud iconoclasta, sino purificadora. (A.Hauser)


Mascarilla funeraria de Tutantamón. Oro, aragonita, obsidiana y lapislázuli Las prebendas de los sacerdotes de Amón:
Tutankamón murió a la edad de 18 años. El hallazgo de su fastuosa tumba en el Valle de los Reyes sirvió para imaginar el contenido de las que fueron saqueadas. Era yerno de Amenofis IV, Ecnaton y probablemente también su auténtico hijo. Su juventud transcurrió durante la reforma religiosa de su suegro, que sustituyó el culto de Amón por el de Atón, con un rito de culto al sol de carácter unitario, espiritualista e igualitario. Más tarde volvió a su vieja religión y cambió su nombre de Tutankatón a Tutankamón. Vivió una época políticamente turbulenta. En los relieves aparece pisoteando a prisioneros de guerra y matando largas filas de enemigos en una batalla. Recibió el trono por su esposa y desconocemos sus actividades como rey y funciones de gobernante. Lo más probable es que no hiciera nada significativo. Fue un simple juguete de los sacerdotes de Amón, que al morir Amenofis IV, y recobrar su perdida influencia, le utilizaron para sus ambiciones de casta. Hasta donde llegan nuestros conocimientos, podemos decir con seguridad que lo único notable en su vida fue su muerte y su fastuoso entierro (Howard Carter). Más que el homenaje a un faraón victorioso, aquel alarde de lujo fue el exultante desquite de una casta proscrita. Los soles colocados por Ecnaton fueron enérgicamente expurgados de los monumentos junto con el nombre del rey hereje.

La Reforma y la acumulación de riquezas como premio de Dios:
El calvinismo trató de sustraerse a dicha dificultad [la creencia de que la riqueza es recompensa divina por la piedad] mediante la idea de que el hombre es sólo administrador de los bienes que Dios le ha otorgado; censuraba el goce, pero no admitía la evasión del mundo, sino que consideraba como misión religiosa de cada individuo la colaboración en el dominio racional del Universo. De este criterio deriva nuestra actual palabra “profesión” (en el sentido de “vocación”), que sólo conocen los idiomas influidos por la traducción protestante de la Biblia. Expresa ese término la valoración de la actividad lucrativa capitalista, basada en fundamentos racionales, como realización de un objetivo fijado por Dios. En último término esta era también la razón de la pugna existente entre puritanos y Estuardos. Ambos eran de orientación capitalista; pero sintomáticamente para el puritano el judío era cifra y compendio de todo lo aborrecible, porque participaba en todos los negocios irracionales e ilegales, como la usura de guerra, el arrendamiento de contribuciones, la compra de cargos, etc., como hacían también los favoritos cortesanos. Esta caracterización del concepto profesional suministró, por lo pronto, al empresario moderno una experiencia excepcionalmente buena, y, además, obreros solícitos para el trabajo, cuando el patrono prometió a la clase obrera, como premio por su “dedicación ascética” a la profesión y por su aquiescencia a la valoración de estas energías por el capitalismo, la bienaventuranza eterna, promesa que en época en que la disciplina eclesiástica absorbía la vida entera en un grado para nosotros inconcebible, poseía una realidad distinta de la actual. También la Iglesia católica y la luterana han conocido y practicado la disciplina eclesiástica. Ahora bien en las comunidades ascéticas protestantes, la admisión a la comunión se hacía depender de un alto nivel ético; este, a su vez, se identificaba con la honorabilidad en los negocios, mientras que nadie preguntaba por el contenido de la fe. Una institución tan poderosa e inconscientemente refinada para la formación de los capitalistas no ha existido en ninguna otra iglesia o religión, y en comparación con ello carece de importancia todo cuanto hizo el Renacimiento en pro del capitalismo. Sus artistas se ocuparon de problemas técnicos y fueron experimentadores de primera magnitud. Del arte de la minería el experimento fue recogido por la ciencia. Como concepción del Universo, el Renacimiento determinó ampliamente la política de los príncipes, pero el alma de los hombres no quedó transformada tanto como por las innovaciones de la Reforma. Casi todos los grandes descubrimientos científicos del siglo XVI y de los comienzos del XVII han crecido sobre el suelo del catolicismo: Copérnico era católico, y en cambio Lutero y Melanchton se mantuvieron hostiles a sus descubrimientos. En conjunto, el progreso científico y el protestantismo no pueden identificarse, sin más. La Iglesia católica ha cohibido en ocasiones el progreso científico; pero también las sectas ascéticas del protestantismo han tenido poco interés por la ciencia pura. Una de las realizaciones específicas del protestantismo consiste en haber puesto la ciencia al servicio de la técnica y de la economía. (Max Weber, Desarrollo de la ideología capitalista)


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