HISTORIA
DOCUMENTOS
Esfericidad de la Tierra



Construcción del Arca La esfericidad de la Tierra:
Si se acepta la verdad literal de todas las palabras de la Biblia, la Tierra tiene que ser plana. Lo mismo ocurre con el Corán. Por tanto, declarar que la Tierra es redonda equivale a decir que uno es ateo. En 1993, la autoridad religiosa suprema de Arabia Saudí, el jeque Abdel-Aziz Ibn Baaz, emitió un edicto, o fatwa declarando que el mundo es plano. Todo el que crea que es redondo no cree en Dios y debe ser castigado. No deja de ser irónico que la lúcida evidencia de que la Tierra es una esfera, reunida por el astrónomo grecoegipcio del siglo II Claudio Ptolomeo, fuese transmitido a Occidente por astrónomos musulmanes y árabes. En el siglo IX bautizaron al libro de Ptolomeo en el que se demuestra la esfericidad de la Tierra como el Almagesto, "el más grande". (Carl Sagan. El mundo y sus demonios)


Astrolabio árabe Esfericidad de la Tierra: El califa Al-Mamun (813 a 839):
Estas ideas [estructura mitológica del universo], que por cierto no son peculiares del mahometismo, pues las profesan como revelaciones religiosas todos los hombres en cierto momento de su desarrollo intelectual, fueron bien pronto abandonadas por los mahometanos instruidos, que aceptaron otras científicamente exactas. Sin embargo, como en los países cristianos, no se progresó sin que hubiese resistencia por parte de los defensores de la verdad revelada. Así, pues, cuando Al-Mamun adquirió la certidumbre de la forma globular de la tierra, dio orden a sus matemáticos y astrónomos para que midiesen sobre su superficie un grado de círculo máximo; pero Takyuddin, uno de los doctores religiosos más afamados de aquel tiempo, denunció al malvado califa, declarando que Dios le castigaría de seguro, por interrumpir presuntuosamente la devoción de los fieles, estimulando y difundiendo entre ellos una filosofía falsa y atea; Al-Mamun persistió, no obstante, en su designio. En las costas del mar Rojo, en las llanuras de Shinar, por medio de un astrolabio, se determinó la altura del polo sobre el horizonte, en dos estaciones de un mismo meridiano que distaban entre sí un grado; la distancia entre las dos estaciones fue medida luego y se vio que era igual a doscientos mil codos hashemitas; esto daba para la circunferencia completa de la tierra cerca de veinte y cuatro mil millas de las muestras, determinación no muy apartada de la verdad. Mas como la forma esférica no podía ser determinada positivamente por una sola medición, mandó el califa ejecutar otra cerca de Cufa, en Mesopotamia. Sus astrónomos se dividieron en dos secciones, y partiendo de un punto dado, cada sección midió un arco de un grado, los unos hacia el Norte y hacia el Sur los otros; el resultado se expresó en codos, y si estos fueron como el conocido codo real, la longitud de un grado se obtuvo con una aproximación de un tercio de milla de su verdadero valor. De estas mediciones dedujo el califa que la forma globular quedaba establecida.

[...] Para establecer y extender las bibliotecas públicas, se reunieron libros con el mayor esmero; se dice que el califa Al-Mamun llevó a Bagdad centenares de camellos cargados de manuscritos. En un tratado que celebró con el emperador griego Miguel III estipuló que una de las bibliotecas de Constantinopla le sería cedida. Entre los tesoros que así adquirió estaba el tratado de Ptolemeo sobre la construcción matemática de los cielos, y lo hizo traducir en seguida al árabe bajo el título de Almagesto. Las colecciones adquiridas por tales medios llegaron a ser muy considerables; así, pues, la biblioteca Fatimita del Cairo contenía cien mil volúmenes elegantemente traducidos y encuadernados. Entre éstos había seis mil y quinientos manuscritos sólo sobre medicina y astronomía; el reglamento de esta biblioteca permitía prestar los libros a los estudiantes que residían en el Cairo. Contenía también dos esferas, una de plata maciza y otra de bronce, y se dice que esta última había sido construida por Ptolemeo, y que la primera había costado tres mil coronas de oro.

[...] En astronomía hicieron, no tan sólo catálogos, sino mapas de las estrellas visibles sobre su horizonte, dándoles a las de mayor magnitud los nombres arábigos que aún conservamos en nuestros globos celestes. Averiguaron, como ya hemos visto, el tamaño de la tierra, midiendo un grado de su superficie; determinaron la oblicuidad de la eclíptica; publicaron tablas correctas del sol y de la luna; fijaron la duración del año y comprobaron la precisión de los equinoccios. El tratado de Albatenio sobre La ciencia de las estrellas, es citado con respeto por Laplace, quien llama también la atención sobre un fragmento importante de Ibn-Junis, astrónomo de Hakem, califa de Egipto en el año 1000, por contener una larga serie de observaciones desde el tiempo de Almanzor, de eclipses, equinoccios, solsticios, conjunciones de planetas y ocultaciones de estrellas, las cuales han dado mucha luz sobre las grandes variaciones del sistema del mundo. Los astrónomos árabes también se dedicaron a la construcción y perfeccionamiento de los instrumentos astronómicos y a la medida del tiempo por el empleo de relojes de varias clases, clepsidras y cuadrantes solares, y fueron los primeros en aplicar con este objeto el péndulo. (J.G.Draper.1876)


En Occidente crece el convencimiento de la esfericidad:
Los venecianos habían procurado conservar relaciones amistosas con los poderes mahometanos de Siria y Egipto; les fue permitido instalar consulados en Alejandría y en Damasco, y a pesar de las conmociones militares de que fueron teatro aquellos países, el comercio se mantuvo siempre en un estado hasta cierto punto floreciente. Pero la línea del Norte o de Génova fue cortada por completo por las irrupciones de los tártaros y de los turcos y por los disturbios militares de los países que atravesaba; el comercio oriental de Génova estaba, no sólo en una condición precaria, sino a pique de perderse. El horizonte visible circular y su depresión en el mar, la aparición y desaparición gradual de los barcos en lontananza, no podían dejar de inclinar el ánimo de los marinos inteligentes a la creencia en la forma globular de la tierra; los escritos de los astrónomos y filósofos mahometanos habían extendido esta doctrina por todo el occidente de Europa; pero, como puede suponerse, fue recibida desfavorablemente por los teólogos. Cuando Génova estaba al borde de su ruina, ocurrióse a algunos de sus marinos que si esta opinión era exacta, podía restablecer sus negocios; un buque que navegase hacia el oeste, pasara el Estrecho de Gibraltar y siguiera por el Océano en la misma dirección, no dejaría de llegar a las Indias Orientales; había además otras grandes ventajas en apariencia; podían transportarse cargamentos pesados sin tanto costo como por la vía terrestre y sin necesidad de fraccionar la mercancía. Entre los marinos genoveses que sustentaban esta idea se hallaba Cristobal Colón. Nos cuenta que lo que llamó su atención sobre este asunto fueron los escritos de Averroes; pero entre sus amigos nombra a Toscanelli, florentino, el cual se había dedicado a la astronomía y hecho gran defensor de la forma globular. Encontró Colón en Génova poca protección; invirtió entonces muchos años tratando de interesar a diferentes príncipes en su empresa; su tendencia irreligiosa fue señalada por los eclesiásticos españoles y condenada por el concilio de Salamanca; su ortodoxia fue refutada por el Pentateuco, los Salmos, las Profecías, los Evangelios, las Epístolas y los escritos de los padres San Crisóstomo, San Agustín, San Jerónimo, San Gregorio, San Basilio y San Ambrosio. (J.G.Draper.1876)


Que el mundo es redondo, y no llano (1552):
Muchas razones hay para probar ser el mundo redondo y no llano. Empero la más clara y más a ojos vistas es la vuelta redonda que con increíble presteza le da el Sol cada día. Siendo, pues, redondo todo el cuerpo del mundo, de necesidad han de ser redondas todas sus partes, especial los elementos, que son tierra, agua, aire, fuego. La Tierra, que es el centro del mundo, según lo muestran los equinoccios, está fija, fuerte, y tan recia y bien fundada sobre sí misma, que nunca faltará ni flaqueará; y sin esto, tira y atrae para sí los extremos. La mar, aunque es más alta que la tierra, y muy mayor, guarda su redondez en medio y sobre la tierra, sin derramarse ni sin cubrirla, por no quebrantar el mandamiento y término que le fue dado; antes ciñe de tal manera, ataja y hiende la tierra por muchas partes, sin mezclarse con ella, que parece milagro. Muchos pensaron ser como huevo o pifia o pera, y Demócrito, redondo como plato; empero, cóncavo. Mas Anaximandro y Anaxímenes y Lactancio, y los que niegan los antípodes, afirman ser llano este cuerpo redondo, que hacen agua y tierra. Llaman llano en comparación de redondo, aunque veían muchas sierras y valles en él. Cualquiera hombre de razón, aunque no tenga letras, caerá luego en cuanto los tales tropezaban en llanura de su mundo; y así, no es menester más declaración. (Francisco López de Gómara, Historia General de las Indias)


Esfericidad, antípodas y gravedad (s.XVI):
Al final de la Edad Media ya casi nadie creía en la concepción del mundo como un disco plano, puesto que la idea de la esfericidad del planeta estaba prácticamente admitida, al menos por todos los hombres cultos. Así pensaban, por ejemplo, Alberto Magno, Roger Bacon, Vicente de Beauvais, Dante Alighieri, Pedro d'Ailly, para citar sólo algunos de los que se ha conservado el testimonio. Sin embargo, al mismo tiempo que se admitía la esfericidad de la Tierra, se consideraba que sólo la Ecumene, mundo habitado y habitable, era el domicilio natural del hombre. Al margen de éste existían tierras ignotas sobre las que circulaban las más fantásticas noticias. [...] Una de las cosas difícilmente aceptables por los hombres de la época, incluso en los últimos años de la Edad Media, era la existencia de antípodas. El obispo Virgilio de Salzburgo la había admitido ya en el siglo XIII, pero, naturalmente, fue perseguido por sostener doctrina tan "perversa y peligrosa". Aún en el siglo XIV, en 1327 fue por ello condenado a la hoguera Cecco d'Ascoli. La Iglesia sólo se rindió a la evidencia cuando Sebastián Elcano y sus diecisiete compañeros volvieron de la primera vuelta al mundo sanos y salvos, aunque maltrechos. Esto explica la emoción de las gentes de todas clases, aun de los más doctos, por aquella hazaña, pues era la prueba de que el horror al vacío (horror vacui) estaba injustificado. La verdad es que hasta entonces nadie se atrevía a adentrarse por el Mar Tenebroso, no sólo por miedo a monstruos y dragones, ni siquiera por la zona perusta (Aristóteles) ni el pulmón marino (Estrabón), sino por auténtico terror a quien se arriesgase a pasar más allá del límite del océano caería en el vacío, siendo devorado por el mismo. A pesar de que ya se conocía la esfericidad de la Tierra, aún se ignoraba la ley de gravitación, y se suponía que aquel que avanzase demasiado lejos por la superficie terrestre llegaría un momento que se vería arrojado al espacio, fuera del mundo. Los mismos contemporáneos de Colón aún creían en todas esas fantasías, y romperlas exigía ua arrojo y un valor casi temerarios. (José Luis Abellán)

Las antípodas para San Agustín:
La ignorancia de esta causa [gravitación universal] fue la única razón que impedía a los antiguos creer en los antípodas. «¿Cómo no comprendéis -decía San Agustín, después de Lactancio- que si hubiese hombres bajo nuestros pies tendrían la cabeza hacia abajo y caerían en el cielo?» El obispo de Hipona, que creía que la tierra era plana porque le parecía verla así, suponía en consecuencia que si del cenit al nadir de distintos lugares se trazasen otras tantas líneas rectas, estas líneas serían parábolas entre sí, y en la misma dirección de estas líneas suponía todo el movimiento de arriba abajo. De ahí deducía forzosamente que las estrellas están pendientes como antorchas movibles de la bóveda celeste; que en el momento en que perdieran su apoyo, caerían sobre la tierra como lluvia de fuego; que la tierra es una tabla inmensa, que constituye la parte inferior del mundo, etc. Si se le hubiera preguntado quién sostiene la tierra, habría respondido que no lo sabía, pero que para Dios nada hay imposible. Tales eran, con relación al espacio y al movimiento, las ideas de San Agustín, ideas que le imponía un prejuicio originado por la apariencia, pero que había llegado a ser para él una regla general y categórica de juicio. En cuanto a la causa verdadera de la caída de los cuerpos, su espíritu la ignoraba totalmente; no podía dar más razón que la de que un cuerpo cae porque cae. (Proudhon)


[ Menú principal | Renacimiento | Maquiavelo | Biblia | Copérnico | Cosmos | Galileo ]