Impuestos a las colonias:
Los británicos consideraban a las colonias americanas la parte más importante para la economía del imperio. En aquellos años prevalecían las ideas mercantilistas caracterizadas por un fuerte control económico de la metrópoli (origen único de las manufacturas que consumían las colonias) y el uso exclusivo de barcos y puertos nacionales. El transporte estaba regulado por unas treinta Leyes de Navegación y por la Junta de Comercio, calificada como el arma más organizada y profesional del gobierno inglés. Las eventuales exportaciones de las colonias a terceros países debían pasar por la metrópoli. Una vez expulsados los franceses del norte había que compensar los gastos de la guerra y asegurar militarmente la zona con un ejército permanente. Francia podría reanudar su expansión norteamericana ya que seguía establecida en Louisiana y la desembocadura del Mississippi. Los colonos se consideraban leales a la Corona pero independientes del Parlamento. William Pitt buscaba el acuerdo dando a los norteamericanos un trato comprensivo. Benjamin Franklin, instalado en Londres, abogaba por el entendimiento sin que los políticos británicos le prestaran atención. Hasta la época del cerco de Boston los habitantes de las colonias ni siquiera se planteaban la independencia. El conflicto se inició casi exclusivamente por medidas impositivas británicas sobre el comercio de algunos productos. Los altos puestos de la administración británica estaban ocupados por nobles de competencia muy limitada. El rey se situaba en el extremo de la postura más exigente. Ejercía una importante influencia en las votaciones del Parlamento y en el nombramiento de ministros.

● La retención de América valía mucho más a la metrópoli, económica, política y hasta moralmente, que ninguna suma que hubiese podido conseguir mediante impuestos o aun que cualquier llamado principio de la Constitución. (Edmund Burke)


Deriva de las protestas:
Pasaron diez años durante los cuales el potencial latente para la independencia americana maduró y alcanzó un punto crítico. Las protestas por los agravios se convirtieron primero en resistencia y más tarde en rebelión. Una y otra vez, los políticos coloniales usaron la provocadora legislación inglesa para radicalizar la política americana, haciendo que los colonos creyesen que la libertad práctica de que ya gozaban estaba en peligro. Desde el principio hasta el fin, el proceso estuvo marcado por las iniciativas británicas. Paradójicamente, en aquella época Gran Bretaña estuvo gobernada por una serie de ministros ansiosos de llevar a cabo reformas en las cuestiones coloniales; sus excelentes intenciones ayudaron a destruir un statu quo que hasta entonces había funcionado bien. Con ello dieron uno de los primeros ejemplos de lo que sería un fenómeno frecuente en las décadas siguientes, la incitación de los intereses creados a la rebelión a causa de reformas bienintencionadas pero políticamente imprudentes. Una de las premisas que se comprendían claramente en Londres era que los americanos debían pagar una proporción de impuestos adecuada que contribuyese a su defensa y al bien común del imperio. Hubo dos intentos distintos de asegurar esta tributación. El primero, en 1764-1765, revistió la forma de imponer tasas al azúcar importado a las colonias y de una ley que debía recaudar fondos de los timbres fiscales empleados en diversos tipos de documentos legales. Lo importante de estas leyes no era la cantidad que proponían recaudar, ni siquiera la novedad de gravar las transacciones internas de las colonias (lo cual se discutió ampliamente), sino el hecho de que, tal como lo veían los políticos ingleses y los contribuyentes americanos, eran leyes propias de una legislación unilateral por parte del Parlamento imperial. La manera habitual en que se gestionaban los asuntos de las colonias y en que se recaudaban ingresos se había discutido en sus propias asambleas. Lo que ahora se cuestionaba era algo que anteriormente apenas se había formulado como una pregunta: si la indudable soberanía legislativa del Parlamento del Reino Unido también se extendía a sus colonias. Pronto se produjeron motines, acuerdos de no importación y airadas protestas. Los desafortunados funcionarios que vendían los timbres lo pasaron mal. Representantes de las nueve colonias asistieron con ánimo amenazador a un congreso sobre la ley de timbres. La ley fue retirada. Entonces el gobierno de Londres tomó otro camino. Su segunda iniciativa fiscal impuso derechos externos a la pintura, el papel, el cristal y el té. Como no eran impuestos internos y el gobierno imperial siempre había regulado el comercio, parecían más prometedores, pero esto solo fue una ilusión. Para entonces, los políticos radicales ya estaban advirtiendo a los americanos de que no debería imponérseles ningún tributo por parte de una legislatura en la que no estaban representados. Tal como Jorge III lo comprendió, el poder que estaba siendo atacado no era el de la corona, sino el del Parlamento. Hubo más motines y boicots, así como una de las primeras refriegas, tan frecuentes en la historia de la descolonización, cuando a partir de la muerte de seguramente cinco amotinados en 1770 se creó el mito de la «matanza de Boston». Nuevamente, el gobierno británico se retractó. Se retiraron tres de las tasas, pero se mantuvo la del té. Desafortunadamente, en este momento el problema se les había escapado de las manos; trascendía la tributación, como comprendió el gobierno británico. Ahora se trataba de si el Parlamento imperial podía elaborar leyes ejecutables en las colonias o no. Tal como Jorge III lo formuló posteriormente: «No debemos dominarles ni tampoco dejarles totalmente a su merced». La cuestión se centralizó en un lugar, pese a que se manifestaba en todas las colonias. Hacia 1773, después de que los radicales destruyesen un cargamento de té (el llamado «motín del té» de Boston). (Roberts)

Francia derrotada en Norteamérica:
La parte francesa de América estaba ocupada por menos de cien mil colonos, obligados a mantener excelentes relaciones con las tribus indias nómadas (los hurones). Por su parte, el Reino Unido sólo poseía en América una estrecha franja costera (las trece colonias), que se alargaba desde Maine hasta Carolina; pero aquel territorio atlántico lo poblaban cerca de un millón de colonos británicos, muy a menudo puritanos enfrentados con la iglesia anglicana (los peregrinos del Mayflower habían fundado Plymouth en 1620). [...] De 1756 a 1763, la guerra de los Siete Años enfrentó en ultramar a ingleses contra franceses. La desproporción de las fuerzas y de la población era grande; la diferencia de motivación de los gobiernos y de los pueblos también.

    En 1763, el poder imperial en América del Norte estaba en su cumbre. Canadá había sido arrebatada a los franceses, y el viejo temor a un cordón de fuertes franceses en el valle del Mississippi que encerrase las trece colonias se había desvanecido. (Roberts)

[...] En 1776, los colonos ingleses de Boston y de Nueva Inglaterra se sublevaron contra Inglaterra, desde donde se les imponía pesados impuestos sobre la exportación y la importación. [...] La opinión pública francesa apoyó a los sediciosos con más ímpetu aún porque éstos —al menos sus jefes— se guiaban por las ideas de los filósofos franceses. En 1778, Benjamin Franklin fue enviado a París. Muchos jóvenes aristócratas cruzaron el Atlántico para pelear al lado de los insurgentes, el más conocido de ellos fue La Fayette (1757-1834). (Barreau)