DOCUMENTOS
Cartas dispersas. José Guillermo Anjel R.



Cartas dispersas. José Guillermo Anjel R.:

1. A ORWELL:
Querido, George. Hace unos días se celebró el día de la Libertad de Prensa, acto que pasó bastante desapercibido por aquello, imagino, de que hay celebraciones que son incómodas para muchos. Y más en este siglo que comienza, donde los fundamentalismos, sean políticos, científicos, administrativos o religiosos, crecen y se desbordan creando toda una serie de Indicios pánicos, como indica Cristina Peri Rossi en uno de sus cuentos, curiosamente o intencionalmente ilustrado con El grito, aquel cuadro de Munch. Ese cuadro, donde se ve medio cuerpo y una cara (prácticamente descompuestos) que grita al vacío, me inclina a pensar en lo que representa la libertad de prensa: algo que, desde el miedo, chilla un silencio.

En el prólogo a su libro Rebelión en la granja, se dice que usted, George, definió la libertad de prensa como aquel acto donde alguien dice lo que la gente no quiere oír. O sea, hay libertad de prensa cuando se denuncia todo aquello que se esconde y de lo que somos cómplices o al menos espectadores silenciosos. Y ejerce la libertad de prensa aquel que tiene la valentía de enfrentar el miedo colectivo rompiéndolo para que haya una conciencia (concepto) claro de lo que pasa y no, como sucede, una conciencia desviada o sublimada en o hacia otros acontecimientos o enmarcada en un acto que se repite ya no como un hecho sino como mera propaganda.

Benjamín Franklin, que a más de científico, estadista y político, fue impresor, definía la libertad de impresión como aquel derecho a ser el otro, ese que cuestiona y con sus cuestionamientos entra en el debate que crea la real sociedad desde la diferencia (lo incluyente, lo nuevo que llega) y no desde la similitud de opiniones (alineación y exclusión del otro). Es que un colectivo que piensa igual, o que es obligado a hacerlo, elabora verdades absolutas que frenan el conocimiento (que sólo es posible avanzando en la verdad o quebrándola) y generan todo tipo de intolerancias.

En su libro 1984, George, un gran cerebro (el Big Brother) vigila el pensamiento colectivo y, con esta vigilancia severa y continua, crea una sola dirección y castiga a todo aquel que se desvía. Hay, diríamos, un amaestramiento social que obliga a actuar bajo determinados estímulos (que es lo bueno y que es lo malo) y premia al sometido que cumple. En términos de Richard Rorty, hay una fina crueldad que se ejerce sobre el individuo (que tiene miedo o que cree haber escapado del miedo) llevándolo a dudar permanentemente del otro (que podría ser su vigilante), lo que rompe cualquier principio de solidaridad.

3. A CHOMSKY.
Querido y respetado, Noam, siempre que usted habla se alborota el avispero. Claro que las avispas que lo atacan tienen cada vez más flojo el "chiche", porque cuando una verdad es evidente (como las que usted maneja) ya no hay forma de esconderla ni de repintarla o darle otra vuelta para ver si cambia de cara. Ya, lo más que pueden decir de usted, Noam, es que es un viejito loco, lo que quiere decir (con este eufemismo) que sigue por encima del cociente normal de inteligencia. Y, además, que su olfato no se ha perdido a pesar de tanta contaminación. En síntesis, querido amigo, usted mantiene vigente aquello de que, cuando se recurre al santoral político norteamericano, los milagros recibidos se producen al revés. Y claro, los "benefactores" aplauden, seguro porque no entienden qué pasó o ya están lo suficientemente amaestrados para que lo hagan. Se pierde fácil la dignidad en estas tierras, eso ya se sabe. Debe ser por el exceso de calor y la mala mezcla nutricional.

Hace unos cuatro años, en la revista Hoy por Hoy, usted escribía que en Colombia nos estábamos llenando de tecnología muy moderna, pero que nosotros no éramos modernos para usarla. En términos cartesianos, nuestra figuración estaba muy por debajo de la dimensión que queríamos lograr. Y esto de querer ser modernos sin tener la mentalidad para ello, legitimaba nuestra condición de tercer mundo. Soñamos y, como consecuencia del sueño desmesurado, creamos nuestras propias pesadillas, así como pasa en los relatos de Alfred Kubin.

Esta pretensión de modernismo sin modernidad, decía usted, debía ser controlada para admitir nuestra realidad técnica y mental y no excluirnos de ella creyendo que el juguete es el que hace la fiesta y no al revés. Ahora, esto que usted decía con relación a Colombia, me parece, se está dando también en las grandes potencias, que están muy desarrolladas tecnológicamente pero, mentalmente (modernidad), siguen descendiendo hasta llegar a pensar, muy parecido o igual, al tercer mundo. Ya se ven tiranuelos y enviados de Dios manejando o coqueteándole al poder. Si esta apreciación es cierta, nos esperan tiempos muy duros porque, se imagina usted, ¿qué podría pasar sí alguien, con una máquina repleta de chips y circuitos electrónicos manejados por satélite, le da por usar las emociones en lugar de la razón? ¿Tienen suficiente criterio los poderosos para usar el modernismo que tienen? ¿No es acaso en los países desarrollados donde la razón se está desmoronando? Como en el libro de Bruno Bettelheim, no hay padres perfectos y sí niños muy necios.

Noam Chomsky, el fracaso de la razón comienza cuando un robot produce sus propias máquinas. Cuando todo está programado para dar respuestas y se crea un corto circuito si aparece cualquier pregunta.

4. A WITTGENSTEIN:
Apreciado Ludwig, hoy en día vivimos lo político, esto que en términos de la filosofía concierne al manejo de la ciudad y al comportamiento de los ciudadanos con relación a lo que ocurre en su calle, barrio o zona cívica donde, de acuerdo con Aristóteles, debería estar el espacio más seguro porque allí no sólo garantiza la convivencia sino la reproducción de los valores morales (las costumbres tenidas como buenas) fundamentados en la tolerancia y en la necesidad de crecer juntos. Y esto político, la cosa pública de los romanos, nos convoca a pensar en el otro, en ese que ocupa un sitio en la sociedad (ya como patricio o plebeyo, ya como local o inmigrante) y en la estructura de intercambios económicos necesarios para que cada uno viva con dignidad. Lo político, entonces, sólo es posible en la convivencia y en los deberes que genera ese convivir con el otro. Deberes que prefiguran el futuro porque lo que está por venir es la construcción de lo que hacemos hoy. En otras palabras, lo político se configura en el nosotros y no en el individuo; en lo social y no en lo particular.

Decía usted, Ludwig, que el mundo no está compuesto por cosas sino por hechos. Y que esos hechos producen el último léxico, aquel que nos permite entender el mundo que tenemos y en el que necesariamente vivimos, porque el mundo no es una idea sino un evento que provoca el hombre cuando entra en contacto con él. Este último léxico (las nuevas palabras, lo modernos, los valores que aparecen) nos dice qué hacer con las cosas y cuál es la calidad de los hechos nacidos de esa relación hombre-cosa. Si llevamos esta reflexión al campo de lo político, la política, entonces, no es una teoría sino un acontecimiento, un uso debido de los espacios (físicos y mentales) y de los hechos que se reproducen en esos espacios. Pero en este hecho, no aparece el yo sino el nosotros. Y mi deber no es individual sino colectivo. Así, el hecho político es producido por un conglomerado y no por un sujeto. Y esta es la esencia de la democracia, la participación. Como dice Ernst Tugenhadt, planteando una nueva ética, el hombre moderno ya no dice qué tengo ni qué debo ni qué quiero hacer (ese fue el fracaso del individualismo) sino qué tenemos, debemos o queremos hacer. Es decir, asume lo político (la acción común y cívica) como única opción de vida posible. Vida que no se da en soledad o en la virtualidad sino en lo social.

La política es el hecho que un colectivo provoca y con el que se compromete, para de esta manera lograr un mejor uso de lo que hay para el bien común o, como sostiene Spinoza, para el mayor bien: vivir en sociedad y bajo unas normas ciudadanas que permitan logros en los que todos tengan participación activa.
Ludwig Wittgenstein, hay un último léxico y en él una palabra clave: tolerancia.

5. A MAQUIAVELO:
Recordado Nicolás, poco han cambiado los tiempos desde su Florencia renacentista hasta la forma de gobernar de hoy. Y si bien es cierto que la filosofía política y el ejercicio de los gobernantes ha redimensionado y, en algunos casos, reestructurado la función del Estado, en esencia los gobiernos y los gobernados siguen siendo iguales (o en el caso de avances, similares) a lo largo de la historia. Y al decir iguales o similares, a pesar de las revoluciones y las utopías, de los pactos de buena voluntad y de la creación de organismos supranacionales, es asegurar que nada ha cambiado en la condición humana (recuerdo el libro de Malraux) con relación a lo político; es como si el hombre que se somete al hombre que lo gobierna mantuviera la misma premisa: necesito un orden para poner a funcionar mi desorden.

Nicolás, usted fue famoso por su Príncipe (que no se refiere a un hijo de rey sino un tirano, entendiendo por tirano aquel que, llamado por el pueblo, asume el poder porque la legitimidad no fue capaz de ejercerlo), obra donde plantea la metáfora aquella del zorro y el león, es decir, de la inteligencia y la fuerza, de la rapidez y el rugido, de la presencia y la sorpresa. No es el príncipe un hombre malo (como pretendió demostrar Federico de Prusia y el malintencionado de Voltaire), sino la resultante de los malos gobiernos. En su Historia de Florencia, usted, Nicolás, antes que la historia de una ciudad lo que cuenta es una relación de enfrentamientos y de intereses que antes que crear ciudad la destruyen y, para evitar esta destrucción de la creación política (la ciudad) es necesario dividir esas fuerzas dañinas y acabar con las particularidades (los desórdenes y el egoísmo) que afectan ese todo que es el gobierno y su relación con los gobernados.

Pero hay una obra suya más importante y es La mandrágora, la planta esa que nace de la simiente del ahorcado, o sea que crece como resultado de aquello que se destruye y que, al ser producto de lo terrible, mantiene vivas muchas de las características de eso que fue condenado. Por eso Stalin se convirtió en un zar y Napoleón en un emperador. Para mí, Nicolás de Maquiavelo, que lo hay que leer bien es La mandrágora que, como es obra de teatro plantea mejor lo que la teoría no alcanza a cumplir. Además permite menos especulaciones. Y si no cambiamos, al menos si nos vamos a ver mejor.

9. A ALARICO:
Terrorífico y para otros bendecido Alarico, señor de los Vándalos y causante de la caída de Roma, dicen que su gente saqueó la ciudad de los emperadores hasta que no quedó de ella ni un adoquín, ni un friso ni una columna. También se llevaron la ropa, los objetos de cocina y hasta las peinetas de las señoras. En El candelabro enterrado, novela de Stefan Zweig, se cuenta de este saqueo minucioso, que algunos como Indro Montanelli sostienen que duró de tres a seis días y otros que un mes entero. Sea cómo haya sido, sus vándalos (gente que se lo lleva todo, como dice la definición) acabaron con el imperio y de Roma no quedó más que un recuerdo, unas ideas paganas, algunos libros escondidos de Cicerón y un ejercicio asustado del cristianismo. Tanta fue la barbarie y tan cerca se sintió en vida el infierno.

Roma cayó fácil, Alarico. Y no porque usted fuera un mega-bárbaro (como titularían hoy cualquier película) sino porque sabía que los romanos, aburguesados, habían dejado el ejercicio de la milicia a otros que ganaban salario por cuidar los limes y ciudades y no por identidad con el imperio. El ciudadano romano, mientras fue soldado, cuidó de cada centímetro del imperio porque lo sentía suyo. Y mantuvo solventes las instituciones porque tenía el poder de derrumbarlas (a fin de cuentas era un soldado) si no estaban funcionando bien. Pero cuando ya no participó del ejército, cuando el ejercicio de lo militar se lo dejó a otros, las instituciones se corrompieron y el imperio cayó en manos de los bárbaros. Usted Alarico, se llevó los restos.

Como dice Spinoza en el Tratado político, una democracia es débil cuando los hombres que la componen están alejados de sus deberes básicos con la patria (la participación en la defensa, por ejemplo). Y esta debilidad permite someter con el miedo (la industria más grande de este siglo, como dice Eduardo Galeano). Y si bien es cierto que usted, Alarico, nunca leyó a Spinoza, si intuyó que Roma caería porque, en los últimos tiempos, en lugar de deberes lo que tuvieron los romanos fueron impuestos, contratos de aparatos de seguridad y algunos libertinajes que, antes que llevar al placer y a los jardines de los falsos Epicuros, condujeron a la caída.

12. A KAFKA:
Apreciado Franz, los tiempos del absurdo y el miedo, del stress y los trabajos en vano ya no hacen parte de la literatura sino de la cotidianidad. Aquellas obras suyas (El castillo, La condena, El proceso, La metamorfosis) que se analizaron como textos de ficción desbordada y producto de una mentalidad laberíntica donde se conjugaban los temores de la condición humana y la magia de vivir en Praga, ahora no son meras ficciones sino el prontuario de un siglo que se caracteriza por dos cosas: el exceso de espera y la confusión de lo que somos y hacemos. En otros términos: el mundo se ha detenido y nosotros creemos que se mueve. O se mueve y consideramos que está quieto. Todo depende del burócrata de turno, del guardián de la justicia, delas tribulaciones de un padre de familia, de las cosas invisibles que atormenten a alguno que vive solo o que se ha escondido para no responder. O que se ha convertido en una letra K.

En su libro La metamorfosis, el caso de Gregorio Samsa es sintomático. Este personaje, después de muchas presiones y trabajos en vano, ha despertado convertido en un extraño insecto. Toda la información que tenía, los horarios cumplidos y la presión por alcanzar metas por fuera de la realidad, se han confabulado para convertirlo en una cosa que no se sabe qué es, pero que tiene conciencia de su monstruosidad (del desorden) y de la incompetencia en que está sumido. Por eso (al menos el primer día), se niega a salir esperando a que cambié la situación. Pero la situación no cambia porque el cambio hace parte de lo que ha sucedido. Y si bien al principio Samsa-insecto asusta, al final se convierte en parte de lo cotidiano. Hasta aquí su diagnóstico, querido Franz.

El stress, como la crisis, se da cuando hay un desborde. Cuando se rompen los límites para los que estamos preparados y, al romperse, todo entra en caos y confusión. Y es cotidianidad, porque la vida tiene que seguir y los planes deben cumplirse tal como fueron diseñados, qué importa que aparezca un monstruo por allí y otro por allá. Entonces, querido Franz Kafka, hay un absurdo y ese absurdo, es legal.

14. A MACLUHAN:
Leído y estudiado Marshall, teórico de la gran comunicación y de esa aldea global donde, como suponía Karl Jaspers, nos encontraríamos todos. Y donde hoy no nos encontramos porque, debido al exceso de intereses y de miopía, de temor a pensar y a revisar lo hecho, en lugar de discutir y crear conocimiento, de entrar en contacto con el otro y lograr de esa tolerancia una información para crecer lo que tenemos, mejor nos dedicamos a hacer estatutos y a cerrar fronteras, a señalar al otro y a quejarnos del espacio que nos toca. Increíble que esto suceda en plena cúspide de la civilización (al menos de la tecnológica). Pero pasa y bueno, todo podría achacarse a la pos modernidad, que es el chivo emisario de lo que pasa. O mejor de los que nos pasa, porque ya no convocamos.

Marshall, usted, con sus tesis, provocaba hacia una comunicación más integral y más humana. Y de esta comunicación, que tendría como meta crear un ciudadano universal, unido a través de los medios de comunicación, obtendríamos un humanismo propicio al entendimiento, al ejercicio de la responsabilidad con la vida y al acceso a unos espacios mayores de discusión centrados no en separarnos sino en unirnos. Pero sólo se ha obtenido un resultado: que se ha dado lo global y, a la par, continúa la aldea que frena, desune y hace estatutos para seguir siendo más aldea.

Marshall MacLuhan, no hay comunicación si estamos lejos del pensamiento complejo y del sistema que integra al mundo. De la unión entre varios para producir un elemento más completo, de análisis más amplio, es que nace la comunicación. Pero si en lugar de propuestas hay sólo estatutos, si carecemos de discusión y sólo producimos quejas, lo que queremos comunicar se convierte en un comino sobre el que todos pasan. Y del que todos se burlan porque apenas si contiene una esencia para comidas que ya no existen. O que existen, pero necesitan de otro condimento para que no hagan daño. Marshall, le repito, lo global existe. Pero también la aldea.

17. A MAGRIS.
Claudio, he leído con pasión y detenimiento su libro Danubio y he quedado realmente asombrado con su concepción de la historia, la comprensión del paisaje y la educación sentimental necesarias para darle valor al mundo en que vivimos. Y no porque su discurso asuma tintes académico o de gran investigador sino porque usted, como gran ensayista que es, ha recurrido al único ejercicio posible para recrear el mundo: la literatura. Como dice Jorge Luis Borges, una ciudad comienza a existir cuando hay poesía que la nombre, cuando hay un relato que la hace posible a la memoria y a la fantasía, a la curiosidad y al asombro. Una ciudad, un territorio, no puede ser entendida de otra manera. O si, cuando se la quiere desvirtuar, entendiendo por desvirtualidad la negación que hacemos del lugar donde vivimos.

Danubio, ese gran río que comienza en la selva negra alemana y concluye su recorrido creando un delta en el mar negro, da razón de la Mitteleuropa: esa Europa central que produjo hombres como Franz Kafka, Elías Cannetti, Thomas Bernhardt, Joseph Roth etcétera, que describieron la fuerza de la memoria-cultura y la fabulación, del sentir y la digresión, de la vida y el infierno, estableciendo muy bien el sentido de la condición humana. Y esta es la grandeza de su libro, Claudio, que está escrito para hombres que no temen a la memoria, que no la esquivan.

Danubio, Claudio Magris, debería ser lectura obligada para los que habitamos estas tierras, siempre tan desmemoriados y esquivos al análisis de lo que pasa. Siempre tan mentirosos y repetitivos, tan dados a las mono-logias y al pensamiento único y servil. Si leyéramos Danubio y lo estudiáramos, aceptaríamos al fin que un continente sin memoria no puede ser más que un territorio atrasado y que esto real-maravilloso que nos pasa no es tan real ni tan maravilloso sino una mala invención de la desmemoria, de la oscuridad, de la falta de referencias y de historia clara. Y de la negación enfermiza de lo que somos. Claudio Magris, gracias por Danubio. Es un examen de conciencia.

18. A CANETTI:
Leído y estudiado, Elías, estamos perdiendo el humor, esa virtud tan humana de reírse de las dificultades. Y al no reírnos, como dice Freud en El chiste y el inconsciente, asumimos un peligroso estado de autodestrucción porque, a falta de risa, no hay catarsis sino un deseo creciente de destruir. Y cuando nos autodestruimos, negándonos el mínimo derecho a la burla, el concepto de realidad se pierde y sólo queda el miedo como referencia a nuestros actos. Vivimos entonces en tiempos de destrucción y de negación de lo que pasa. Y, como perros apaleados, buscamos intensamente el olvido.

Leyendo su libro Cincuenta caracteres, donde usted Elías ejerce la burla y el cinismo sobre los distintos tipos humanos, he recordado a Moliere, a los enfermos imaginarios, a los hipócritas y a esa basta multitud de seres que, haciendo el ridículo, le dan colorido a la sociedad, a la historia y a la necesidad de reflexionar partiendo del error. Reírse del otro o de sí mismo, es un punto de apoyo para comenzar a entender lo que sucede. Pero ya no hay risa. Esos Cincuenta caracteres de los que usted habla, que son risibles y como tal conforman una crítica severa a la sociedad, en lugar de elementos críticos se están convirtiendo en modelos a copiar (en lo que Antonio Ussía llama la legitimidad de lo cutre). O en algo peor, en enrollados, como los define Tom Wolfe en ese libro maravilloso sobre El periodismo canalla.

Elías Canetti, ¿Qué sucede cuando el humor se pierde y quedamos atrapados en los límites cada vez más estrechos (y peligrosos) de la razón enferma? ¿Qué acontece cuando nos aislamos del ser frágil y proclive al error que somos y asumimos el nefasto modelo del PyG (pérdidas y ganancias) grabado, como un susto, en una hoja electrónica? Somos risibles, es cierto, pero ya no hay quien se ría de nosotros. Y en esta soledad de risas, en esta carencia de chistes inteligentes, regresamos al estado lamentable del vencido, de ese que no protesta (la risa es un discenso) porque, como dice Klaus Heindrich, ya está invadido por el proceso de autodestrucción.<

19. A KERTÉSZ.
Apenas hasta hoy, leído Imre. En dos noches y una tarde, he leído su novela Sin Destino y son muchas las cosas que han quedado dando vueltas en mi cabeza, no porque haya encontrado algo extraño en lo que escribe sino por la certidumbre de que eso que usted dice no es otra cosa que la evidencia del mundo en estado de degradación en que vivimos y al que tratamos de maquillar con lo light y las discusiones que evaden lo que pasa: que avanzamos hacia atrás. He quedado muy asustado después de leerlo, Imre. Y el susto me llega porque ahora si veo que la razón (lo que nos llevaría a ser mejores) es un fracaso. Todo los hemos dejado en manos del sistema y de la máquina. Y de un temor enorme a tomar decisiones.

Usted, Imre, como traductor de filósofos y escritor de temas de conciencia (sus historias son más para la reflexión que para el divertimento) toca dos elementos que definirían nuestro siglo: 1. La inseguridad que propician las instituciones, que en lugar de tranquilidad terminan generando caos. Tantos Estados totalitarios, por ejemplo. 2. La calidad de la víctima, que en lugar de enfrentar al victimario le proporciona todos los medios para que éste siga ejerciendo su tarea, legitimando de esta manera el horror. Dice usted, Imre, que a la víctima le gusta ser más víctima, es decir, que admite la desesperanza (que ya sólo tiene la nada) y ya no espera sino un no-tiempo y un no-espacio, una inmovilidad permanente. Es terrible.

Nuestros días, según su novela y dos artículos que le he leído, están marcados por un deseo inmenso de ser esclavos (que sean otros los que nos ordenen y definan, los que nos piensen y sitúen). La libertad la dejamos en manos del destino, en lo que pase, en el azar. Y en la medida en que más personas sean trituradas por ese destino, más normal vemos la situación, más aceptamos esa igualdad y, en esta presunta normalidad, aceptamos el miedo y la degradación como parte de la vida. O como la vida misma. Imre Kertész, usted habla desde la crueldad. Pero al menos habla.

20. A POPPER:
Leído y estudiado Karl, si asumimos la verdad absoluta existente como objeto de conocimiento, realmente no entraremos en nada nuevo ni produciremos novedad alguna. Lo que es ya es y no admite nada más, diría Spinoza. O si produciremos algo y son esclavos de esa verdad que se asume como única y completa. Y esta parece ser la constante de la posmodernidad: mucha gente fanática de una verdad que en lugar de incluir excluye y niega la posibilidad de un conocimiento nuevo o, al menos, de una forma distinta de asumir lo que construyó esa verdad que se tiene como certidumbre.

Nos estamos negando a ver nuevas posibilidades, Karl, a pensar que en esto que sabemos (o que damos por cierto) hay posibilidades diferentes; que quizás eso que hemos construido tiene mucho de error y, por lo tanto, de desvío de la realidad. Como dice usted en En busca de un mundo mejor, seguimos preguntándonos sobre el contenido y no sobre el contenedor, que en última instancia es el que legitima el contenido. Por ejemplo, la pregunta no es qué es la democracia sino qué debe contener un espacio democrático para que esa democracia se entienda y sienta bien. La realidad, compuesta de posibilidades que, analizadas, nos muestran la factibilidad de errar y por exclusión del error dota de un comienzo de certeza, no se construye con absolutismos sino con discusiones que se ajusten a cada tiempo y espacio. Todo cambia.

La posmodernidad, desde su teoría, es paradigmática, es decir, funciona con espacios cerrados a otras certidumbres. Como en El príncipe desvelado de Alberto Cousté, un tiempo entra en el otro aferrado a sus definiciones más radicales, impidiendo ver lo que acontece ahora. Así, no hay discusión sino imposición o enfrentamiento. Y si bien algunos quieren encontrar novedades, la mayoría quiere imponer lo que sabe y admite como verdad absoluta, quizás porque así evade el miedo que siente a la frustración de saber que defiende errores. Entonces, Karl Popper, no hablaríamos hoy de conocimiento sino de desconocimiento. Y de oscuridad.

22. A LE FANU:
Estimado Sheridan, el mundo se ha vuelto gótico y no porque muchos gobernantes parezcan Batman sino debido al culto inmenso y contradictorio a la muerte que se está rindiendo por todas partes. Muerte en la moda, en la televisión (que la legitimó como un acto cotidiano violento), en los vídeo-juegos, en las palabras de a diario, etc. Todo parece indicar que estuviéramos en la mitad del siglo XIX, cuando las lámparas de gas lechoso, los poetas bebedores de ajenjo y fumadores de opio, los fantasmas enamorados y los monstruos de laboratorio poblaban las grandes ciudades. Por esos días, era imposible leer a Praga sin el Golem y la calle de los alquimistas; a Paris sin sus cementerios y alcantarillas pobladas de ratas y comuneros; a Londres sin su bruma y esos destripadores ansiosos de primeras planas y de mujeres pecadoras; a Madrid sin sus maestros de esgrima carlistas y los encapuchados del Santo oficio. Un siglo duro ese, de vendettas y muertos emparedados, de condes durmientes en ataúdes y de cortesanas tuberculosas. Ese ambiente propició la semilla del romanticismo, dicen algunos.

Pero no es sobre el romanticismo que le escribo, Sheridan Le Fanu, sino que mi interés se cifra en el vampirismo. A fin de cuentas, su novela corta, Carmilla (la hermosa vampira), fue la base para que Bran Stocker escribiera Drácula, símbolo del eros y tanatos de nuestra época. El elegante y cadavérico conde, de mordisco afilado y comportamiento ético irreprochable (al menos con sus invitados), abrió el siglo XX y escapó de él antes de que concluyera, asustado con las nuevas formas de muerte propiciadas por la razón de los regímenes totalitarios y de los laboratorios genéticos. Como a Carmilla, a Drácula le falló el corazón. Y no por la estaca que le pusieron en el centro sino debido al sentido que perdió el vivir y el morir. Ya no vivimos ni morimos, simplemente nos anotan y al cabo de un tiempo nos borran. Pasa como en Todos los nombres de José Saramago. Somos una ficha, un dato.

El vampiro literario (que es la metáfora del poder) se caracteriza por alimentarse de otro semejante en materia y forma, succionándole su esencia. Y ejecuta este acto morboso porque está muerto y necesita un trozo de vida, un día más. Así, amigo Sheridan, vemos succiones (mordiscos) permanentes a las instituciones del Estado, a los salarios, a la calidad de los productos, al que hacer de los trabajadores, a la moral y a las posibilidades de futuro. Y este vampirismo, como dice la teoría, crea otros vampiros y al final ya son vampiros contra vampiros, tratando de chuparse los tres centímetros de sangre podrida que les quedan. Van por los restos.

Amigo Le Fanu, corrupción y vampirismo están ligados. Y así la muerte crece, pero con tintes de espectáculo. [Dublín 1814–Dublín 1873]

25. A BUBER.
Querido Martín, se viven días de mentiras y desinformaciones. Y como se acercan tiempos de reflexión, creo que debemos centrarnos en una palabra hebrea: Hasbará, que traduce información y, en su propuesta filosófica, se amplía a in-formación o sea, estar dentro de lo que se forma. En este punto, estar dentro implica vivir la situación, sentirla y enfrentarla a lo histórico vivido. Pero qué sucede cuando esta Hasbará se malinterpreta o, lo que es peor, se secciona en partes para utilizar de ella lo que interesa a una posición política o a un odio milenario, como sucede con tantos columnistas y periodistas que "leen" el conflicto palestino-israelí desde la parte que les interesa y no desde el todo, que sería lo objetivo.

Esto de la parte y el todo, que Emmanuel Levinás leyó bajo el concepto Rostro, siendo el rostro lo que nos rodea y ve y nosotros quienes nos reflejamos en ese rostro y por eso a veces nos da miedo y lo negamos (lo mentimos), lo trabajó usted Martín en términos de Yo y Tu, determinando que el yo se afirma en el tu (en el otro) cuando asume la tolerancia (el conocimiento pleno del otro) o destruye el tu cuando el ejercicio es de intolerancia, o sea de imaginación acerca de lo que es el otro y lo que hace. En otros términos, cuando no se está dentro de la información sino fuera de ella, inventándola y, por eso, mintiéndola.

La mentira, como sostiene Jacques Derridá, es la negación de la verdad o de parte de la verdad (que es la mentira maliciosa) y por eso hace tanto daño. Es negarse a la Hasbará, a la información y, negada la información, asumir la creación conciente de la mentira para afectar un colectivo. En este punto, Martín, recuerdo el libro de Arturo Pérez-Reverte, titulado Territorio Comanche donde este periodista y escritor español cuenta como se confecciona una noticia en un lugar en guerra. Dice Pérez-Reverte que la noticia se construye con elementos horrendos (y si no los hay se crean), a fin de poderla vender bien, sin que importe cuánto contenido de mentira tenga y a quién afecte. No hay Hasbará sino Met (muerte), que es lo que niega ya toda posibilidad de ser.

Decía Jesús de Nazareth, que el peor de los pecados es el escándalo, o se la utilización de la mentira para dañar a vida de otro o romperle sus valores, creándole un estado de desesperación (de falta de esperanza). Esto me lleva a pensar Martín, que muchos de los que "interpretan" lo que pasa en el Medio Oriente, buscan con sus escritos sembrar la desesperanza a fin de que el conflicto se agudice y ellos tengan siempre de qué escribir y contra quién escribir, soltando todo el veneno contra el Rostro que los mira, que es la Hasbará completa que ellos no interpretan. Martín Buber, a veces me pregunto por qué usted no alcanzó a dar una respuesta completa en su libro ¿Qué es el hombre? O si la dio y no es más que aquel que se mira en el Rostro y lo escupe. [Viena 1878-Jerusalén 1965]

26. A SARAMAGO:
Olvidadizo, José. No han sido afortunadas tus últimas declaraciones públicas, quizás por aquello de que el que mucho habla mucho yerra. Estás en todo, buen hombre, y eso, a tus años, debe cansar mucho, a más de afectar tu memoria reciente y, por tu vicio de desvirtuar la historia, la lejana. Imagino que a estas alturas de tu vida, realidad y fantasía se han mezclado peligrosamente, como ya proponías en uno de tus libros: Todos los nombres.

Desmemoriado José, esto de hacer de la historia un elemento con el que se puede jugar, es válido en literatura. A fin de cuentas, para la imaginación lo histórico es sólo un referente que permite fabulaciones sin límites. Ya, en sus folletines, lo hizo Alejandro Dumas padre, burlándose de la corte de Luis XIV y del pobre cardenal Richelieu que, a costa de Los tres mosqueteros, acabó como el malo de la película. Y pasa igual con Arturo Pérez-Reverte que, en su serie del capitán Alatriste, usa la historia como comodín, más para ambientar lo que le sucede a su personaje que para ilustrar lo que realmente pasó. Literariamente, la técnica es buena y funciona bien, porque esa historia marginal vieja ya no ofende a nadie, a no ser a algunos especialistas.

Cuando leí El memorial del convento, El cerco de Lisboa y El evangelio según Jesucristo, tres libros en los cuales usted, olvidadizo amigo, hace de la historia lo que quiere, contando algo distinto a lo que realmente sucedió, sonreí varias veces. Cómo se notaba que su interés era escandalizar y no más. O sí buscaba más, porque esos descréditos históricos le dieron buena prensa y, como resultado, excelentes ventas de sus libros. Es usted un viejo pícaro y con arrestos de malo, José (como dice el profesor Gildardo Lotero). Y lo verde lo ha sublimado en marketing.

Alguna vez dije que usted, José (¿sí se acuerda que ese es su nombre?), fue quien mejor leyó la historia personal del hombre del siglo XX. Y no me retracto. Como lector de individuos, usted es maravilloso. Basta leer El ensayo sobre la ceguera y La caverna. Pero como lector de colectivos, es un desastre. Quizás porque todavía maneja esquemas de la izquierda y la derecha viejas, donde lo importante era el descrédito del otro (a través de la calumnia) y no el análisis objetivo de la situación. En este sentido usted es un desafortunado, como las islas españolas aquellas, llamadas así por lo estériles y secas.

Desmemoriado (o mal intencionado) amigo, creo que confundir Auschwitz con la situación palestina se sale de la raya y le hace el juego al antisemitismo más atroz. ¿Lo hizo por llamar la atención o porque en su desmemoria ha mezclado su izquierdismo con nazismo?

27. A WISEL:
Apreciado Elí, parodiando El manifiesto del partido comunista, negros nubarrones se ciernen sobre Europa. Pero no para los europeos sino para los judíos y los inmigrantes. En Francia, donde nació la teoría racista y el antisemitismo "científico", por estos días se quemaron dos sinagogas, se han dañado varios cementerios hebreos y vuelven a pulular folletos perversos donde se señala y se pide excluir a todos aquellos que se consideran "nocivos" para la vieja cultura racionalista y romántica. Y poco se protesta por esto. Hay mayores prioridades, eso se dice.

Elí, usted fue el rimero que utilizó la palabra Holocausto, para significar con ella el genocidio más atroz de que da cuenta la historia. En ese Holocausto, se llevó a millones de judíos (y con ellos centenares de miles de gitanos y otros excluidos) a las cámaras de gas y a los laboratorios donde utilizaron seres vivos para hacer experimentos y, como resultado de estos ensayos, producir jabones (de cebo humano), sacos de invierno (de pelo), lámparas de piel, a más de otras atrocidades donde los conejillos de indias fueron hombre, mujeres y niños vivos a los que, sin usar ninguna anestesia, se les abría el vientre o se les quebraban los huesos o se los sentaba en bloques de hielo o se los ahogaba con gas ciklón B o con monóxido de carbono para ver cuánto duraban así. En ese Holocausto, la muerte se convirtió en una industria "normal" que incluyó desde la logística para el traslado de las víctimas hasta la utilización técnica y científica de cada una de las partes de sus cuerpos, a fin de lograr índices de calidad y rentabilidad en ese genocidio. Esta demostración de odio y criminalidad inverosímil, que se llamó la solución final, fue el inicio del fracaso de la razón.

Elí, usted, como Primo Levy (el escritor italiano que escribió esa novela maravillosa que se llama Cristo se detuvo en Éboli), como Simón Wisenthal (el cazador de criminales de guerra), León Poliakov y otros no descansó nunca de denunciar estas atrocidades, esta Shoá (genocidio inmenso y brutal). Pero todo parece indicar que esa Alma negra de Europa (como se nombra al antisemitismo), está tergiversando la historia para convertir el Holocausto en una simple Intifada y hacer percibir (ante la opinión) el derecho a la legítima defensa como un nazismo moderno. Y es claro que esta tergiversación le interesa a Europa porque el Holocausto no sólo lo propiciaron y pusieron en marcha los nazis alemanes sino todos los colaboracionistas directos de esta ideología brutal (ucranianos, rumanos, húngaros, colaboracionistas franceses, polacos etc.); y los indirectos, esos que sabían lo que pasaba pero no hicieron nada (Inglaterra entre ellos). Con una historia que se confunde y en la confusión minimiza el crimen, la vieja Europa se lava el pecado y hasta mira con dignidad. Elí Wisel, es terrible lo que sucede, es La noche el alba y el día, pero al revés. Ya no se lucha por la dignidad sino que se legitima la indignidad.

28. AL RAMBAM:
Apreciado y respetado Moshé ben Maimón, no son claros los días que vivimos y más parece que flotamos en ese caos a donde nos precipitó el exceso de información y la mala gramática utilizada. Ya se habla sin memoria y dando por cierto cualquier acontecimiento, como si las cosas o los hechos se dieran de manera espontánea, sin causa y sin historia. Hay, como dice Jung, una neurosis por saber y actuar sin determinar si esto que sabemos o las acciones que generamos tienen sentido o no. En otros términos, se actúa por impulso, presumiendo lo que son los hechos y no entrando en ellos, en sus significados y referentes, que es lo que legitima la construcción que produjo el resultado. Querido Mamónides, como usted planteó en su Moré Nebujim (Guía de perplejos), estamos confusos y se hace necesario aclarar de nuevo los conceptos y las definiciones, volver a la correcta escritura y, sabiendo cómo se expresan la ideas, pensar en orden.

La perplejidad, este saber sin entender qué es lo que se sabe, nos coloca en un espacio confuso donde nos asombramos sin entender el asombro. Como le pasa a los animales que nos miran, que saben que estamos ahí y nos movemos, pero no entienden porque ocupamos ese espacio ni a que se debe nuestro movimiento. Están perplejos frente a nosotros, presumiéndonos con memoria corta, estimulándose con lo que hacemos, pero sin entender nada. Con razón, querido y leído amigo, el animal mira y en la mirada se le nota la tristeza. Es que le faltan datos y sus ideas y expresiones están inconclusas. En términos de Spinoza, está triste porque sólo tiene ideas inadecuadas. De aquí la confusión y el lagrimeo.

En la Mishné Torá (repetición de la Torá), usted RamBam (Rabi Moshé ben Maimón) aboga por volver a las bases que nos rigen. Así, regresando a los fundamentos, podremos regresar de nuevo al pensamiento lógico y estructural que hizo posible que el mundo que habitamos exista. Pero antes, hay que salir de la confusión, determinando el sentido de cada cosa y hecho, el alcance de cada palabra y la lógica del pensamiento. Debemos regresar al rigor. Para esta tarea se hace necesario sumar lo que hay y, lograda la suma, destilar lo que realmente sirve. En otras palabras, como cuenta Isaac Bashevis Singer en Escoria, hay que pulir y purificar, no agregar más cosas. La escoria es lo que sobra cuando un metal se ha fundido debidamente, dejando de lado impurezas y basuras.

Querido RamBam, todos los excesos llevan al caos. No es de extrañar que en su Tratado sobre las hemorroides, dedicado a Saladino, le recomiende a este califa un orden diario en el aseo, el vestuario y la comida. Y en las lecturas. Y si bien su Tratado no cura las hemorroides, si cura bien la mala manera de pensar.

29. A NIETZSCHE:
Desesperado y dolorido Frederich, su Zarathustra aparece ahora por todos los lugares, pero ya sin voz y apenas evidenciando unos enormes ojos de loco o de ciego enloquecido, igual que un sufí después de una bomba atómica. Su criatura (símil del Zoroastro persa) es un testigo de lo que pasa y siente y, a la vez, de lo que no pasa y entonces, para más dolor, imagina. Y si bien Apolo lo asiste un rato, ordenándole el camino y las ideas, de inmediato llega Dionisos y destruye con sus juergas y demencias lo poco construido. Quizás ésta sea la razón-sin razón de la posmodernidad: ordenar elementos sobre una mesa para de inmediato tirar del mantel y que todo caiga y se desordene de nuevo. Un juego de bufones delirantes, como en los relatos de Alfred Kubin, el maravilloso ilustrador checo.

Su teoría de lo dionisiaco (el desorden) y lo apolíneo (el orden) como dos elementos permanentemente conectados e interdependientes, que actúan el uno sobre el otro en igualdad de fuerzas (creo que en física le dicen a esto entropía) está hoy manifiesta en las actitudes de los gobiernos y las economías, de las ciencias y las filosofías. Todo esto a lo que asistimos en calidad de testigos-oidores, como sostiene Elías Canetti en Cincuenta caracteres, está regido por la acción-reacción, pero no en los términos de Jacobo Bohéme cuando habla de los opuestos (donde lo uno no puede darse sin su opuesto; lo blanco no existe sin lo negro etc.), sino, más bien, bajo el modelo de las películas de Rocky. En estos filmes, a un golpe se responde con dos golpes (reafirmados por sonidos secos) y los primeros planos se enfocan sobre la sangre que salta y los dientes que vuelan. Y el orden desaparece para darle entrada a un desorden donde priman salvajadas, ignorancias y emociones.

Dionisos, ese dios borracho que sólo se interesa en el caos mientras levanta la copa y busca a quién seducir, que se burla y excrementa sin recato, es hoy el ídolo de estos tiempos. Ya usted, mostachudo Frederich, lo había previsto, pronosticando la muerte de Apolo y con él la del orden. La inercia de su siglo, que por efecto de aceleración creó el desmadre del nuestro, legitima a un Dionisos crecido que permite todos los desórdenes, siendo el desorden el lugar propicio para esconder errores y desviar sentidos; para asumir el materialismo más ruin y escupir sobre lo que antes fue pulimento de mármol. En otras palabras, para justificar el fracaso.

Amigo Nietzsche, hoy Apolo es la representación del olvido. Para qué el orden, diría usted, si la naturaleza misma (apolínea en sus principios) manifiesta ahora el más completo desorden. Entonces, que abran camino a Dionisos, el borrachín lúbrico que confunde, que vive los placeres cortos y, como está borracho, no se acuerda de lo que dice ni lo que hace. Y ahí va.

30. A HITLER:
Adolf, su terrible semilla vuelve a crecer y a reproducirse en Occidente. Y es que a sus restos ideológicos, como en Jurasic Park, les cae encima esa lluvia envenenada de la propaganda haciendo renacer todo lo terrible de las épocas más perversas del siglo XX. Volvemos a los días de la exclusión y la intolerancia, a esos tiempos del señalamiento y del odio que, suponíamos, ya deberían estar superados en términos de razón y de política. Pero no es así y usted, en los infiernos, debe estar celebrando con los demonios este aggiornamento (puesta al día) de su pensamiento maldito.

Hoy, como en 1930, las condiciones son propicias para buscar chivos emisarios (aquel chivo bíblico al que se le echaban encima todos los pecados) y buscar en un solo elemento (sea un pueblo, un grupo de personas etc.) todas las razones de los males. En el 30, año de pobreza inmensa debido a la depresión económica, los descontentos sociales (los que tenían hambre y carecían de empleo, los políticamente engañados y por eso excluidos de las instituciones y el ejercicio del poder) conformaron masas inmensas y desesperadas, muy propicias para ser engañadas con propuestas mesiánicas y teorías que activaban el mecanismo narcisista de la superioridad racial o cultural, lo que implicaba diferencias hacia el otro en términos de figura y capacidad intelectual.

Goebbels, aquel genio escabroso de la propaganda nazi, entendió muy bien que a un desesperado se lo conduce por cualquier camino si se le propone alguien a quien señalar. El sistema es fácil: exceso de información, imágenes repetitivas, velocidad en plantear ideas que, aunque sean incoherentes, distorsionen la historia y la conviertan en un hoy sin pasado, lo que hace que lo informado sea muy difícil reflexionar porque la inmediatez (a Goebbels le encantaba la radio) supera toda capacidad de análisis y así hay percepciones (emociones) en lugar conocimiento profundo. Y en ese juego de entrar y salir por una boca que traga y escupe, reina el caos y la perversidad.

Hoy, un ultraderechismo como el de Le Pen, apoyado por la información acelerada y excluyente que los medios propician (sólo ven y reafirman la cara que les interesa, como en el caso de la información sobre Israel), se legitima en el señalamiento (en decir que hay un malo) y así no es el sistema el culpable sino ese otro que es conveniente señalar para que los reclamos se desvíen y así el señalado asuma las culpas de quien lo señala. Es una estrategia demoníaca, como las que diseñó su oficina de propaganda, Adolf Hitler.

Hoy campea el antisemitismo de nuevo, luego vendrán otros tópicos como el antisudamericanismo, el antiafricanismo y al final, la fiesta de la muerte en nombre de la razón. Debe estar que baila, asqueroso Hitler.

32. A FROMM:
Leído, admirado, dejado y de nuevo recuperado, Erich. Todo indica que volvemos a los días del diluvio, pero sin que se hayan construido arcas para prever la supervivencia de la humanidad o al menos de unos pocos sabios, ojalá como Aristóteles, con su zoológico y herbolario particulares, lo que daría pie a una nueva ecología y poética sobre los restos del planeta. Ya no existen los justos como Noé, que tenía la virtud de escuchar las palabras de la divinidad (lo que la naturaleza y el sentido común explican) para ponerlas en práctica. Hoy se oyen más los resultados de las bolsas y las carreras de caballos, las retóricas plagadas de lugares comunes de los nombramientos y la información continuada sobre quiénes son los buenos y cuáles los malos. En otras palabras, sólo escuchamos nuestros temores y, para que no crezcan, los disfrazamos de carnaval. Hay que ver los circos (ya no alegres sino góticos) que entran todos los días a las casas a través del televisor, caja que no fue la ventana que nos permitiría mirar la aldea global (como sostenía Marshall McLuhan) sino que muestra el miedo mundial y el afán de consumo para sublimarlo creándose fantasías frente al espejo.

Erich, en su libro, Ser y tener, donde se lee una especie de resumen de muchos de sus libros anteriores, la libertad, el amor, el Talmud, la conciencia de nuestros días y las ideas económicas de Marx, configuran una mixtura que da pie para hacerse una pregunta: ¿Ser o tener? Ser implica saber de qué están compuestas las cosas y los individuos y las relaciones posibles y sin dolor entre lo que hay y lo que somos. Tener, no es más que acumular para, al momento de intentar movernos, no poder hacerlo porque eso que tenemos, que ocupa un lugar y tiene un peso, se convierte en un estorbo que nos ancla al lugar de donde queremos salir. Imagínese usted, Erich, si de repente ese Noé poco posible apareciera y escuchara a Dios en esto de hacer un arca. Seguro la construiría con todas las técnicas alcanzadas en los astilleros y con las asesorías más especializadas, lo que permitiría teorizar no sólo sobre su capacidad de flotación sino en torno a su enorme nivel de bodegaje. Ahora, construida esa arca moderna, ¿qué subiríamos a ella? Aquí es donde viene el problema, porque querrían montarle tantas cosas que al final todo se iría en ampliar el arca y en discutir sobre más espacios y derechos hasta el punto de hacer algo que sería más un ancla que una estructura navegable sobre el agua lluvia que hoy nos da abundantemente el efecto invernadero.

Erich Fromm, si tuviéramos más capacidad de ser que de tener, los miedos y las cosas que tenemos (de las que sabríamos más y por eso no serían tan abundantes, porque en lugar de ocupar espacio ocuparían entendimiento) no serían un estorbo y, como tal, una manera de dominación permanente. Pero, y esto se entiende desde el psicoanálisis, si no tengo entendimiento tengo cosas. Y, al tenerlas, me anclo y llega el diluvio y ya no hay forma de salir a flote. Y saber que todo comenzó con una cera en el oído.

34. A HOUDINI:
Apreciado y asombroso Harry, cada vez que uno lee sobre usted y su ilusionismo y facilidad de manos, sus salidas casi imposibles de ríos y de cajas o barriles donde estaba atado con cadenas y candados, así como de su afán por desenmascarar mediums y otros tratantes con el más allá, no puedo más que pensar en la poca calidad de tantos que hoy actúan en los escenarios públicos. Y no hablo de payasos o de goliardos, tampoco de tragafuegos y acróbatas capaces de atravesar un aro repleto de cuchillos. No, esos siempre han hecho lo que han podido y lo poco que se ganan lo logran decentemente. Hablo de esos otros que tratan de ilusionara la gente con un manejo de manos equivocado, cínico y descarado. De los que roban sin mover un solo músculo, de los que mienten mirando de frente, de esos que sonríen y posan de inocentes manejando el estar y no estar al mismo tiempo, para descrédito de Aristóteles.

En Veinticuatro horas en la vida de una mujer, libro corto y delicioso, Stefan Zweig habla de esos jugadores que no delatan nada en la cara porque ya tienen controlado en ella cada músculo. Entonces, sugiere que hay que mirar las manos, que esas si delatan porque casi tienen vida propia. Hay que ver las que usted tenía, Harry, para desanudar nudos severos, de esos que llaman de marinero, y abrir candados de dobles y triples llaves. Y su capacidad de leer las manos de los otros, no en la palma sino en los dedos.

¿Y a que viene todo esto? Harry, amigo mío, a que hay que volver a sus días, a los locos veintes, para descubrir al otro por el juego de manos, que ya no son de arista ni de ratero clásico (como dos dedos, el del tango), sino de desvergonzado. Hay que ver cómo se roba en América Latina, cómo crece la corrupción, cómo se mete la mano sin desenfado y a los ojos de todos, sin el más mínimo ilusionismo. Diríamos que se ha perdido el arte y a cambio, Harry Houdini, vemos los espectáculos más bochornosos y absurdos. Ya no hay un Raffles, que seduce y a la vez se cobra. No, lo que ahora vemos es un cuadro decadente y diletante. Houdini, ya no hay clase. Y no hay manos sino garras.

35. A PESSOA:
Don Fernando, vivimos tiempos de suplantaciones, de disfraces, de calumnias y de todo esto que usted tan bien describe en el Libro del desasosiego de Bernardo Soares. Es como si dar la cara ya no fuera una condición de reconocimiento del otro, de participar desde el otro (como dice Lévinas en su teoría sobre la necesidad de un rostro) sino una forma vil de esconderse para dar rienda suelta a odios y miedos contenidos o ejercidos desde el complejo de no ser reconocido. Entonces, muchos no dan la cara sino que la esconden asumiendo una que no les pertenece. Y en esta transferencia, se destruyen. Es que no hay peor temor que no ser el que se quiere ser. O lo que es más terrible, no ser porque definitivamente ya no se es.

Hay una palabra que me gusta mucho y es escondidijo, porque reta a encontrar. Usted la usó mucho, don Fernando, con sus heterónimos. Por eso fue usted Ricardo Reis (que lo sobrevive a su muerte, según el libro de Saramago), Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Bernardo Soares. Estos nombre sonoros, de su invención, los usó usted para descubrir nuevos mundos, para hacerse preguntas, para ser usted desde otras dimensiones. Es que los nombres, como dice Gabriel García Márquez en su autobiografía, determinan quién es el personaje. Pero los suplantadores de estos días no son buscadores sino gente que habita mal el escondidijo, no retándose a encontrar sino creando la confusión. Y, en términos de Naipaul, sufriendo porque han perdido su identidad y ya no tienen otra.

Don Fernando Pessoa, revivimos el desasosiego. Y el derecho a ser felices, como sostiene Savater, da miedo porque exige un comportamiento ético, una actitud moral, una participación en el espacio público (que es el que nos evita ser parias, como dice Hannah Arendt). Vivimos entonces tiempos sucios, de unos que actúan desde las sombras y pierden su condición de ser porque se niegan a la inteligencia del debate. Hay mucha gente escondida, don Fernando. Y sola. Y como carece de palabras, suplanta. Y en la suplantación queda sin rostro, como en El grito de Munch.

36. A MICO:
Apreciado Carlos Mario (¿de los Gallego de dónde?), he reído mucho tu libro de caricaturas. Y lo he compartido para que otros rían, que reír ya es un ejercicio difícil en nuestro medio y por eso se ven tantas caras cuadradas o caídas. Y si bien muchas son producto de las dietas que se aplican, otras se dan porque los músculos faciales no se mueven. Si mi tía Josefina estuviera viva, diría que hacer reír es una obra de caridad. Así que, amigo Mico, usted ya está haciendo sus pinitos en el mundo del psicoanálisis para latinoamericanos, que en lugar de traumas lo que cargan es sustos y chistes.

Pero hay algo más detrás de la risa que producen esas caricaturas y es la realidad que vivimos; la que nos mentimos con reinados de belleza y finales futboleras, ejercicios chópricos (posibilidades de salir de líos mediante viajes astrales) y discusiones sobre matrimonios gays. En su libro, Mico, hay mucho del horror diario y del terror que produce. Y como estamos en una situación extrema, todo esto que tememos se vuelve risa. Es la ley de los contrarios, como lo planteó Jacob Bohème.

En uno de los libros de Imre Kertész, Yo, otro (crónica del cambio), hay una pregunta que, aunque simple, en este momento tiene mucha validez: Has cambiado ¿A qué se debe?. Y esta pregunta es la que le da una razón al libro. ¿Por qué cambia la víctima? ¿O realmente si cambia? ¿O es que el miedo se nos ha vuelto tan necesario para vivir que sin él no sabríamos determinar si estamos vivos? Lo que plantea Kertész, esto de que no hay cambio sino aceptación de la condición de víctima y lo que es peor, necesidad de ser víctima, me parece que tiene mucha unión con el sentido de su libro, amigo Mico. Su humor negro risible hasta la carcajada (yo mismo reí hasta las lágrimas), el hecho de la aceptación del absurdo, da una visión del mundo que nos ha tocado, donde el hombre ya no es lo más útil para el hombre (como sostiene Spinoza), sino lo más peligroso. Y en este peligro ambulante, es que vivimos, dice Kertész. Bueno, Mico, saludes a Tola y Maruja. Y gracias por el libro.

38. A MANN:
Apreciado Thomas, todavía hay gente que le vende el alma al diablo. Y así como Leverkuhn, el personaje de su novela Doctor Faustus, el miedo lleva a percibir posibilidades en un miedo mayor, que es la competencia desmesurada por ser el mejor e medio de la destrucción. Y en ese abandonarse al diablo (en el caso de que este exista), las pasiones se excitan y toda racionalidad se deja a un lado. Es que pocos, querido Thomas, tienen el valor de Dalton Trumbo, que luchó con el demonio, primero en una novela titulada Johnny cogió su fusil y luego en otra que no puso terminar: La noche del Uro, donde analizó sin tapujos la erótica del poder, esa necesidad de acabar con otro sintiendo placer en la tarea. Dicen que el demonio le ganó la pelea.

El diablo, según la tesis de Charles Baudelaire, usa la estratagema de pasar por inexistente y así seduce más. Pero no creo en esto y me inclino más por pensar que cada tiempo el poder de los grandes construye un demonio y llegan Los años de perro, como tan bien relata Günther Grass. Días de incertidumbre y miedo, de frivolidad magnificada que esconde o disfraza la certidumbre y de patriotismos peligrosos que conducen al abismo y si no, a un desprecio muy grande por la inteligencia y por la vida. Este es el temor que tengo, leído Thomas, que ahora vuele sobre nosotros uno de esos diablos nacidos del huevo de la intolerancia y la obsesión.

La obsesión, como en el caso de Lutero (con perdón) y de tantos otros tocados por el basilisco, crea diablos. Y esos diablos, vitalizados por el hecho obsesivo, convierten los errores en virtudes y la ceguera en la única posibilidad de ver. Vuelvo, entonces, a Leverkun, el violinista de su Doctor Faustus, que algunos emulan con Paganini y otros al violinista del Talmud, que toca sólo cuando vienen desgracias. Y vuelvo a él porque usted lo ubica en una época donde se cocieron los peores pecados, que son aquellos que reactivan la muerte, la peste, las bestias y la guerra, como en los Jinetes del Apocalipsis de Durero. Mire el camino hacia Irak, querido Thomas Mann.

40. A GARIBALDI:
Apreciado don Giuseppe, ex gaucho, viajero y varias veces exilado. A usted se le debe la unión y creación política de Italia, la derrota a los Borbones y la úlcera y gastralgia del rey Víctor Manuel II. O sea que para muchos sectores políticos y de la historia, usted no es bienvenido y ojalá le borraran la memoria. Pero no es de esto lo que voy a tratar sino de las guerras entre ricos y pobres, entre poderes heredados y los nuevos poderes que se establecen. Es que vivimos de nuevo tiempos de revueltas, sobre todo en esta América Latina que usted tanto cabalgó por los lados del Sur, cuando las guerras de Rosas y la muerte o desaparición del abuelo de Borges. Otra vez se mueven las masas proletarias (las que sólo tienen prole para supervivir) y suenan los tambores.

Lo que hoy vemos en Venezuela, en Ecuador, en Brasil y Bolivia (para ceñirnos apenas a la actualidad) es un enfrentamiento de pobres contra ricos; de negros, indios y mestizos contra blancos o que se hacen; en términos de Franz Fanón, de condenados de la tierra contra poderes corruptos y serviles. En otras palabras, don Giuseppe, de lo que se trató de no ver y hoy se ve marchando contra lo que se hacía ver en los medios y las grandes reuniones y no actuó como era debido. Las cosas no se dan por castigo de D’s sino por malos manejos. Como escribía y dibujaba el humorista catalán, Jaume Perich, el bosque se quema, señor conde.

Pero hay algo más terrible, don Giuseppe, que los meros enfrentamientos y es la falta de una ideología clara en los bandos que se enfrentan. Las viejas izquierdas decrépitas tratan de pescar algo, lo mismo que las derechas. Pero ninguno evidencia qué es lo que se quiere ni cómo. Como niños, se pegan y luego esconden la mano; gritan, chillan, se niegan a mirarse. Y en este juego de fuerzas enfrentadas y posmodernas, los países se destruyen en medio de la algarabía, la confusión y la propaganda. Don Giuseppe Garibaldi, la pasión ideológica se ha convertido en la pasión spinoziana, es decir, en la defensa del error. De ahí que usted sea, en México, una plaza para turistas y mariachis.

44. A SENNETT:
Estudiado y acotado Richard, suceden cosas en las ciudades. Y como usted es un experto en leer la ciudad y al ciudadano (que en último término es quien construye y moldea la ciudad), tomo algunas reflexiones sobre lo suyo para esta carta. Y el primero y más importante es cómo nos movemos en la ciudad, cómo entendemos los espacios y qué fin le estamos dando a esa movilidad. En el Génesis, antes de que D’s cree nada, ya existe el movimiento, el Ruáj o alma de vida que dota de ánimo y conforma un sistema que permite un ordenamiento de avances y lugares específicos para que eso avances (creaciones) se den manera ordenada. Aristóteles crea la palabra animal para definir lo que se mueve (lo que tiene ánima) y por lo tanto actúa y crea lugares.

Pero acontece, querido Richard, que esos movimientos que se preveían ordenados porque conformaban un sistema, se han desordenado y lo que sería una espacialidad acogedora y hospitalaria (entender al otro y lo otro, según Emmanuel Lévinas), se ha ido corroyendo y entonces el concepto aristotélico de ciudad segura ya no se presenta sino que va siendo reemplazado por el desorden y una carencia de ciudadanía que se debe a que no hay una educación con relación al entorno sino una esclavitud desenfrenada para lograr algo, lo que sea, y luego salir a consumir mal los resultados de ese algo que se logra. Es lo que usted llama La corrosión del carácter.

Cortázar, en La casa tomada habla de un proceso de pérdida constante del espacio. Usted, en La corrosión del carácter, habla de una pérdida constante del sentido humano. Si sumamos estos dos conceptos, no espacio y no humanidad, es decir, no ciudad ni ciudadano, obtenemos el caos donde si bien hay un movimiento, no hay una razón clara sobre el destino de esa movilidad. Esto se debe a la carencia de una educación para vivir la ciudad, el espacio público y el privado, que es el que permite la convivencia, única razón de la ciudad. Pero, Richard Sennett, ya no hay una comunicación de Carne y piedra sino una serie de avisos donde se anuncia la exclusión. [Chicago, 1943]

47. A PERICLES:
Admirado Pericles. Decía Voltaire, que sólo leyendo cuatros siglos de la humanidad lograríamos entender los logros reales alcanzados por el hombre. El filósofo francés situaba su siglo, Pericles (el V AE), el siglo de Augusto (I DE ), el siglo de los Médicis (Renacimiento) y los días de Luis XIV de Francia, en los que el viejo cínico vivió, gozó, sufrió y rabió. Si hubiera vivido en nuestros días, se habría inclinado también por los primeros años de Walter Benjamin, donde la burguesía crea su estética, y por los conceptos de Bauhaus. Y esto que decía Voltaire, el tolerante-intolerante, tiene su razón de ser: fue el momento en que el ser humano se preocupó por la dignidad. En términos de los jesuitas, a los que el autor de Cándido odiaba, hablaríamos de aseo, orden y disciplina.

Las ciudades, querido Pericles, son el logro de la inteligencia de sus ciudadanos. Así, la ciudad no es un desborde de objetos y sujetos sino un ordenamiento de actitudes y aptitudes que se convocan en torno a una construcción segura, amable y con posibilidades de generar futuro. Y en esta construcción debe evidenciarse el gusto a la vista, el tacto y el espíritu. Así, la ciudad no es una suma de actos y rutinarios ni de acontecimientos programados sino un acontecimiento colectivo que lleva a pensar y sentirse bien participando del espacio público y de lo que allí se debate para bien de todos. La ciudad entonces, es un centro de participación, construcción y carácter de ciudadano libre.

Querido Pericles, su siglo fue el de la gran Atenas, el de la creación del pensamiento y la magnificación del arte, el de la creación de ciudadanía y el de los grandes debates en torno a la creación de ciudad. Y el de la concepción de política como el gobierno debido de la ciudad y de los ciudadanos, donde la norma clara y los beneficios de ciudadanía estaban manifiestos en los conceptos de comunicación permanente y clara y la participación con logros colectivos e individuales. De aquí el asombro de Voltaire, que vio en su siglo, Pericles, la oportunidad de sentir la vida como un espacio ordenado, digno y creador de oportunidades nacidas de una educación (paideia, como dice Werner Jaeger) enaltecedora.

48. A RUSSELL:
Apreciado y estudiado, Bertrand. En medio de la violencia de este mundo, legitimada por la política y los intereses económicos e imperiales de los mejor armados, aparece de nuevo la débil luz del pacifismo. Y si bien las armas de los pacifistas no son otra cosa que los desfiles, las protestas y el humor, algo se hace. Claro que con mucho peligro, como le pasó a usted Bertrand, que por pacifista fue acusado de traición, segregado y convertido en criminal o al menos en presidiario. Hombre de prontuarios usted. Sin embargo, la lógica de sus ideas prevaleció sobre el ardor guerrero (como se burla Muñoz Molina) de tantos que sólo ven en la destrucción del otro la única posibilidad de trascender. Es cuestión de represión, diría Freud.

En la Antología que de sus escritos hace Fernanda Navarro, hay mucha tela de donde cortar para darse cuenta de que la paz es la única opción humana para llegar a algo positivo. Las guerras sólo traen destrucción, venganza, incertidumbre y retraso. Y sí bien algunos desde Plotino sostienen que la guerra es un factor de desarrollo porque allí se prueban muchas cosas que en tiempos de paz serían acciones criminales, no es el avance tecnológico y científico lo que nos permite vivir mejor (ya hemos visto el fracaso del siglo XX), sino la convivencia entre nosotros y el otro. La guerra, entonces, no es un acto necesario sino una respuesta brutal cuando el otro ha sido excluido.

Amigo Bertrand Russell, en sus Ideales politicos y en Cómo se podría organizar el mundo, campea la lógica del vivir con dignidad y sin modelos de violencia (tanta estatua que hay en los parques incitando a ella, como decía Albert Camus). Y en esa lógica (usted era matemático) la noción de error es un motivo de aprendizaje y no de reacción violenta. Es un inicio de paz mejor, no de dolor y no-futuro. Pero esto lo entienden poco lo señores de la guerra, que viven el caos en ellos mismos. Ya lo decía Gandhi, si estás en paz contigo mismo, ya hay al menos un lugar pacífico en la tierra. Pero esto en nuestros días es un exabrupto. Qué tristeza, Bertrand Russell.

49. A KAZANTZAKIS:
Apreciado y leído Nikos. En la sociedad consumista en que vivimos, ya la materia está por encima de la sensibilidad. Y esto es terrible porque dependemos de lo finito, de lo que se acaba y genera dolor, de lo que estorba y hay que cargar. Y si bien lo sensible (lo espiritual) no se come ni alimenta en términos orgánicos, al menos si hace la vida más agradable y con mayor capacidad de aprovechar lo que tenemos. Como dice Spinoza en el Tratado de la reforma del entendimiento, hemos convertidos los medios en fines y esto, en lugar de procurar tranquilidad, genera pasiones insanas, cortedad en las apreciaciones, estados lamentables, sueños desordenados y citas donde el psicólogo sí no donde el especialista en úlceras y gastralgias.

En su novela Alexis Zorba el griego, que tuvo también una maravillosa versión cinematográfica, las pasiones cortas y por su cortedad desmesuradas y dementes, se mueven marginales al personaje inglés y a Georgius Zorba, hombre de buena comida y bebida, gustador de señoras y llevador de la vida por el lado bueno que tiene, que es lo que D’s ha dado a cada uno para goce del cuerpo y del alma. Y de los días que aparecen cada uno con su afán. En esta novela, la riqueza es la sensibilidad, la espiritualidad del Pireo, el estar vivos. Y si algún desastre pasa, si algo se derrumba, la vida se recupera en la danza, en el ejercicio del movimiento en el espacio.

Claudio Magris, en Desencanto y utopía, hace una propuesta: hay que volver a creer para no dejar que las voces solas se aprovechen del escepticismo de la mayoría, del temor a pensar y tomar decisiones. Hay que asumir la inconformidad como equilibrio necesario. Es que se hace necesario ir más allá, aún cometiendo errores. Y esa inconformidad está en no dar nada por terminado ni preso en una verdad absoluta. Hay que asumir entonces la utopía, esa danza que no se detiene, que lleva a sentir y luego a pensar. Y como usted dice, Nikos Kazantzakis, en ese pequeño libro que se llama Simposium, hay que renacer para protestar tanta muerte.

51. A BILL:
Recordado Pecos, espero que siga siendo el vaquero más auténtico que existió. Y ya que hablamos de vaqueros y por extensión de pistoleros, es bueno recordar a otro Bill, apodado Búfalo, que se encargó de acabar (sin necesidad y más por deporte de tiro) con cuanto bisonte vio en la pradera, para queja de los indios pieles rojas y oídos sordos del gobierno y del general Custer. Hoy diríamos que este Búfalo fue el primer símbolo antiecológico que se legitimó en Norteamérica y que desde entonces sigue vigente, como bien se expresó en la conferencia de Kioto, cuando se acusó al presidente Bush de colocar la producción económica de EEUU por encima de la salud del planeta. Pero bueno, el Búfalo Bill tuvo un fin circense: terminó sus días haciendo demostraciones sobre cómo enlazar vacas bravas y saltar sobre potros cerreros. También se dice que con él se hizo mucha propaganda y publicidad, pero al fin fue más la bulla que el contenido.

Pecos, vaquero amigo (y enemigo, según sea el caso) volvemos a las andadas del Oeste, al Sheriff que impone la ley (su ley) con el revólver (un Colt largo) y del rifle Winchester, pero esta vez no a bandidos locales sino a forasteros, y no con revólveres de tambor para seis balas y rifles de repetición sino con armamentos casi de ficción, con los que se harán demostraciones televisivas para luego entrar a la labor de venta. Lo único que se mantiene es el desierto, el calor y los malos bigotudos, que si bien son malos, los hay peores.

Poco han cambiado los días de Billy the Kid, amigo Pecos. Seguimos en los tiempos de las recompensas, los carteles de se busca, las invasiones a territorio ajeno y los juicios amañados donde opera la frase aquella de mi revolver es más largo que el tuyo y por lo tanto la razón la tengo yo. El problema, Pecos Bill, es que la pandilla (como sostiene Philiph Roth) se está disolviendo y el héroe y la muchacha se quedan solos para enfrentar al bigotudo, tan parecido a PanchoLópez. ¿Qué pasara? Según la película, gana el bueno. Pero, Pecos, temo que el western se vuelva un spaghetti y entonces sean los malos y los feos los que ganen. Y ahí sí, habrá que beberse todo el río Grande.

52. A TOFFLER:
Leído y discutido Alvin (tan distinto usted al de las tiras cómicas), se acabaron los tiempos de las teorías y megatendencias. El mundo es como es y no como quisiéramos que fuera. En otras palabras, poco ha cambiado el discurso (al menos en su concepción política) desde que un hombre lleno de pelos en desorden sale de una caverna con un palo y le pega a otro. Obviamente, el palo que lleva el hombre peludo es grande (como un basto) y el que recibe el golpe se defiende con una avispa venenosa que tiene entre los dedos. El resultado ya se prevé: un asustado menos y un apaleador más. Y no es el principio de la historia ni el fin sino el ciclo de apaleadores y apaleados, de invasiones para procurarse unos recursos y de gruñidos. Y el que gana la pelea (el del palo más grande), escribe la historia.

En sus teorías, Alvin, usted habla de tres fases, una antes que la otra, necesarias para la construcción de civilización: 1. Las armas. 2. El dinero. 3. El conocimiento, centrando en cada una los focos de poder político o al menos los puntales de este poder. A las armas le asigna el estado primitivo (el hombre feroz en el monte), al dinero el desarrollo de la burguesía (el hombre gordo en la fábrica) y al conocimiento el gobierno de los sabios (los hombres en dieta y haciendo realidad La República de Platón). En teoría su propuesta funciona, pero en el plano de lo real la cantata es otra. Primero armas, luego armas y dinero; tercero, armas y conocimiento en busca de dinero. ¡Ugh!

Querido Alvin Toffler, debe estar usted buscando entre sus olas una que le sirva para explicar el enredo en que vivimos, donde un hombre con un palo y un clavo se sirve de la informática y la más variada tecnología nuclear para obtener el botín (no hablo de zapato sino de acciones piratas) que esconde bajo las nalgas un babilonio que le reza, neurótico, a un Dios sordo, que para colmos no habla inglés como el Dios del otro. Y en medio de esta sopa que llamamos modernidad, acreditamos el más variopinto primitivismo, como en las tiras cómicas de Turok. Y la historia avanza, pero al revés. Por esto no será extraño que el próximo discurso televisivo diga: yo, kriga, targamani, bundolo...

53. A BENJAMIN:
Estudiado Walter, usted vuelve a ponerse de moda con aquello de La última palabra. Y si bien esa palabra es muy difícil de definir, porque sería una palabra que en su definición contuviera la significación de las demás palabras (algo así como el nombre de D’s, que contiene dentro de sí todos los nombres y por eso es imposible de nombrar), algunos dicen tenerla o al menos la propaganda dice que la tienen. Y esta última palabra, que contendría la decisión necesaria, la viabilidad correcta, el hecho del que no se duda, legitimaría lo que pasa y lo que necesariamente tiene que hacer quien la pronuncia. Estaríamos hablando entonces de la certeza, de la verdad absoluta y de la negación de toda contradicción.

Harold Bloom, en El canon occidental, habla del agón (esto que contiene el menos que, el igual a y el más que), indicando que toda ideología lo es en sí misma y por ello construye lo último que hay que hacer, es decir, se da la orden y la justifica en no ver ni comparar sino en un hacer necesario. Y todo aquel que se oponga a esa certidumbre, como en 1984 de Orwell, debe ser reeducado y debidamente centrado. O definitivamente excluido. Ahora, lo peligroso de darse la orden, como sostiene Imre Kertész, es que la orden dada carece de voz inicial, de causa conocida, de alguien que dé la orden, lo que permite decir cumplíamos órdenes, así que lo que pase no será un caso de conciencia sino de obediencia.

La última palabra, Walter Benjamín (usted la vivió bajo el nazismo hasta que lo obligaron al suicidio), determina la acción directa, el desconocimiento de lo otro, la intolerancia plena, el ejercicio totalitario del poder y, en términos de Hannah Arendt, la aparición del paria, de ese que no existe porque no se incluye y por lo tanto no hace parte de nada ni nadie responde por él. Esa última palabra, entonces, es la que define un nuevo orden dirigido por el sí mismo, persistiendo en ser sólo él, generando el agón terrible: el menos que, el igual a, el más que.

54. A ARQUÍMEDES:
Recordado y comprobado Arquímedes, hoy vuelvo a su principio o teoría de la gravedad específica: todo cuerpo sumergido en agua desborda su peso en líquido. Esta prueba, que la hizo usted para comprobar si la corona de Hierón, rey de Siracusa, era de oro o no, ahora me sirve como analogía para ver la guerra que vivimos. O sea que si para acabar con el terrorismo se mete en el asunto una dosis igual de él, lo que entra terminará desbordando la misma cantidad de eso que se buscaba erradicar. Sería algo así como la razón del equilibrio de la que hablan algunos especialistas que, con sus desmesuras armadas y propagandísticas terminan siendo tan terroristas como aquellos que acusan del hecho. Asistimos a clases de terrorismo, querido Arquímedes.

Cuando los psiquiatras dan un perfil del terrorista, los datos son: desadaptación, odio incremental contra algo (a veces contra la madre), inteligencia destructiva, paranoia (miedo permanente), complejo de inferioridad y posibles fallas en el ejercicio amatorio. Un cuadro lamentable, por cierto, y muy difícil de acreditar como un don de D’s. Pues bien, desde la prensa y la televisión no hemos leído y visto más que terrorismo planificado y como resultado niños mutilados, periodistas muertos, mujeres en desbandada, animales destrozados, gran cantidad de chatarra y ladrillos y soldados disparando como locos a todo lo que se mueva. Cosa de gravedad específica, querido Arquímedes.

Lo triste de todo esto, Arquímedes siracusano, es el papel que la ciencia cumple este cometido destructivo: bombas inteligentes, mísiles teleguiados, la informática al servicio de la destrucción sistemática etcétera. Incluso la imaginación puesta en el lugar de la razón. Recuerdo las tesis utópicas de Francis Bacon, que decía que los hechos científicos no podían llevar más que al progreso y al bienestar humano. Bueno, querido amigo, ya no son los tiempos de las poleas para levantar barcos con una mano y causar el asombro de la multitud. No, hoy son los días de las estrategias y los avances tecnológicos aplicados al ejercicio del horror. Y el héroe ha cambiado de papel.

55. A ARENDT:
Apreciada, estudiada y debatida Hannah, vivimos los días del paria, esos del sin espacio, sin dignidad, sin reconocimiento y sin voz creíble. Días, entonces, de una enorme soledad y de mucha rabia contenida. Y sí no de ira y malestar, sí de mucho caos. Y lo que pasa no tiene como causa única la guerra y la exclusión social, sino el desplazamiento interno, ese que se da al interior del individuo y como consecuencia destruye el yo para producir la venalidad, la corrupción y una especie de feria permanente donde se habla, se propone, se baila y al final no se hace nada porque son tantas las propuestas y las incoherencias en la elaboración de ellas que ya no queda espacio ni inteligencia para la ejecución de lo dicho.

Trabajos en vano han sido muchos en la historia. Basta ver el de Sísifo o el de los buitres que le roen el hígado a Prometeo, los de don Alonso Quijano (o Quijana) y aquellos de El hombre fulminado de Cendrars. En su libro La condición humana, Hannah, usted habla de los espacios para ser vividos en la esfera pública y privada, de los trabajos serviles (donde no aporto sino que recibo órdenes) y los libres que permiten el ejercicio de las propuestas y la innovación. Y hace una propuesta de libertad (pensar en orden y buscando el bien colectivo) para dejar la condición de paria, de dependiente del azar, y así ingresar en la vida humana. Pero...

Querida Hannah Arendt, usted que fue usada y traicionada por Heidegger, descubrió que el hombre es un ser muy fácil de corromper y que desciende a escalas más bajas que la animal cuando habla para no hacer, se muestra para entorpecer y en el momento en que impone sus criterios para no ser solidario. O sea, cuando se convierte en paria psicológico y entonces ordena incoherencias, invade los espacios de otros, desordena lo hecho y al final legitima la vergüenza porque no ha mostrado el ejemplo sino el no hacer, el ejercicio de la mentira y el uso de la traición. Es que se ha perdido la condición de vecino, de prójimo y de dignidad.

56. A FALLACI:
Leída Oriana, se mantiene usted en su trece, en su Rabia y orgullo, diciendo muchas cosas que escandalizan a lo multiculturalistas y a los pacifistas, pero que son las que Occidente quiere decir y no se atreve por aquello del lenguaje diplomático y el temor a la legitimación del fascismo. Y como en la política se aparenta tanto y la hipocresía antes que un pecado es una virtud, todos prefieren dilatar y, si es del caso, como sucede con los conversos de linaje, traicionar y mentir antes que soltar lo que se les atranca en el cuello. Todos cuidan los votos, por eso ninguno habla claro y le hacen más caso al asesor de imagen y al politólogo en ciernes de convertirse al Islam. Extraña fauna la que rodea hoy al poder.

De usted admiro su posición, que si bien no comparto en su totalidad, al menos no es agua tibias: es clara en lo que dice, evidente en lo que presenta y no respeta lo que le molesta. Cómo se nota que le estorban los moros y los islámicos de la ex-Yugoslavia cuando le afean el paisaje urbano de Florencia. Y cómo chilla usted y patalea cuando le hablan de la cultura de los iraníes, los iraquíes y otras gentes del desierto, los camellos, el narguile, las chilabas y el muecín que llama cinco veces a la oración. Esas gentes de algarabía y ayunos ramadánicos le caen como un vaso de agua con sal de Glauver. Esto es falta de caridad, pero usted no está para ganar indulgencias.

Lo que sí me alarma de usted, Oriana Fallaci, es el tono histérico con que arremete, lo que hace que sea tan fundamentalista como aquellos a los que ataca. Y en esa rabia, asume una enorme intolerancia. Parece usted uno de esos frailes (en su caso sería monja, aunque esto no se dio) que incendiaron multitudes para irse a las cruzadas. Y que al final terminaron haciendo más mal que bien. Pero bueno, querida amiga, poco le importará a usted esto. Por ahora, usted es la única que no miente y tiene argumentos para el debate. Y que se preocupa por las minorías occidentales y no por otras que en lugar de aportar sólo han venido de saqueo. Y eso le duele y da rabia.

58. A SINGER:
Apreciado y leído Isaac Bashevis, lo recuerdo ahora que llueve y las furias arremeten igual que cuando Noe y su arca flotaban en las aguas del diluvio (los psicoanalistas dirán que en el líquido amniótico primigenio). Iras provenientes de diversos puntos, unos económicos y otros políticos, científicos o religiosos, técnicos o ecológicos. Vivimos los días de la ira y el desconcierto y, como en su libro Satán en Goray, todos los libertinajes andan sueltos y la noción de pecado ya no existe. Es que, como dice Fiodor Dostoievski en Los hermanos Karamazov, cuando no hay D’s, todo está permitido. Asistimos entonces a los días de la permisión y las sicopatologías, de los egoísmos y de las fantasías fundamentalistas del hombre solo.

Cuando Nietzsche anuncia la muerte de D’s, lo hace en nombre del desorden (lo que él llamaba dionisiaco) y el caos, de los gritos mudos y los aires del carnaval, de los tontos de capirote y del profetismo vano. Y en esto que es hablar por hablar o repetir como cierto lo que no lo es, la idea de D’s se diluye y ya no se cree sino en los sentidos (que es el último territorio del vencido) y no en la capacidad de construcción moral, que es la base de las demás construcciones. Usted lo sabe, Isaac Bashevis, D’s desaparece cuando hay deseos de no ser más. Su libro Sombras sobre el Hudson, es un tratado amplio sobre esto, la soledad y el desperdicio.

D’s, amigo Isaac Bashevis Singer, del que usted habla tanto en sus libros, ya para cuestionarlo o temerlo (pero siempre en calidad de ser dador y constructor de vida), se ha escondido, no porque tenga miedo (como decía su Esther Freinkel) sino porque se avergüenza de todo lo que hacemos, del papel libertino que le dimos al libre albedrío y de la inmoralidad (ir contra las costumbres buenas) que legitimamos como si fuéramos Zarathustras adoloridos y pulgosos. Por esto, al inicio, le hablaba de Noé, de un arca, de unas tormentas y de unas iras. Lo que venga después, no será cuestión de azar. Recuerdo su libro Shosha, donde todo fue guerra y después nada. [Leoncin, Polonia 1904-Florida 1991] (José Guillermo Anjel R | memoanjel2.blogspot.com)

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