DOCUMENTOS
Veinte mil leguas de viaje submarino



Veinte mil leguas de viaje submarino:
Comienzo del capítulo primero:
Fue notable el año 1866 por un acontecimiento singular, un fenómeno no explicado ni explicable, que nadie habrá indudablemente olvidado. Prescindiendo de los rumores que agitaban las poblaciones de los puertos y sobreexcitaban el ánimo público en el interior de los continentes, conmovióse especialmente la gente de mar. Los negociantes, armadores, capitanes de buques skippers masters, de Europa y América, oficiales de las marinas militares de todos los países, y después los Gobiernos de los Estados de ambos continentes se preocuparon en alto grado del hecho a que nos referimos. En efecto, hacía algún tiempo que varios buques se habían encontrado en el mar una cosa enorme, un objeto largo, fusiforme, a veces fosforescente, infinitamente más vasto y más rápido que una ballena. Los hechos relativos a esta aparición, consignados en los diferentes libros de a bordo, estaban con bastante exactitud de acuerdo sobre la estructura del objeto o del ser en cuestión, la velocidad incalculable de sus movimientos, la potencia sorprendente de su locomoción y la vida particular de que parecía dotado.

Algunos minutos después llegó a mis oídos un silbido muy vivo, y sentía cierta impresión de frío que me subía desde los pies al pecho. Evidentemente, desde el interior del buque se había dado entrada al agua exterior, que llenó muy pronto el cuarto en que nos encontrábamos. Otra puerta, abierta al costado del Nautilus, se abrió entonces. Un instante después hollaban nuestros pies el fondo del mar... Nada me parecía ya pesado; ni mi ropa, ni mi calzado , ni mi receptáculo de aire, ni aquella gruesa esfera, en medio de la cual mi cabeza bailaba... Caminábamos sobre un suelo de arena fina, liso, y no erizado como el de las playas, que conservan la huella de la resaca. Aquella alfombra resplandeciente reflejaba los rayos del sol con sorprendente potencia... Mi sangre se heló en las venas. Había reconocido que nos veíamos amenazados por unos formidables escualos. Eran un par de tintoreras, terribles tiburones de cola enorme, mirada apagada y vidriosa, que despedían cierta materia fofórica por unos orificios que tienen alrededor del hocico, que trituran a un hombre entero entre sus mandíbulas de hierro.

Tripulante del Nautilus Nemo

En la superficie:
[...] Me dirigí a la escalera central que conducía a la plataforma. Subí por los peldaños de metal y, a través de la escotilla abierta, llegué a la superficie del Nautilus. La plataforma emergía únicamente unos ochenta centímetros. La proa y la popa del Nautilus remataban su disposición fusiforme que le daba el aspecto de un largo cigarro. Observé que sus planchas de acero, ligeramente imbricadas, se parecían a las escamas que revisten el cuerpo de los grandes reptiles terrestres. Así podía explicarse que aun con los mejores anteojos este barco hubiese sido siempre tomado por un animal marino. Hacia la mitad de la plataforma, el bote, semiencajado en el casco del navío, formaba una ligera intumescencia. A proa y a popa se elevaban, a escasa altura, dos cabinas de paredes inclinadas y parcialmente cerradas por espesos vidrios lenticulares: la primera, destinada al timonel que dirigía el Nautilus, y la otra, a alojar el potente fanal eléctrico que iluminaba su rumbo. Tranquilo estaba el mar y puro el cielo. El largo vehículo apenas acusaba las ondulaciones del océano. Una ligera brisa del Este arrugaba la superficie del agua. El horizonte, limpio de brumas, facilitaba las observaciones. Pero no había nada a la vista. Ni un escollo, ni un islote. Ni el menor vestigio del Abraham Lincoln. Sólo la inmensidad del océano. Provisto de su sextante, el capitán Nemo tomó la altura del sol para establecer la latitud. Debió esperar algunos minutos a que se produjera la culminación del astro en el horizonte.

Nautilus

Ultimo capítulo:
[...] -¡Maelstrom! ¡Maelstrom!- gritaban todos.
¡El Maelstrom! ¿Podía nombre más espantoso haber resonado en nuestros oídos en situación tan terrible? ¿Nos encontrábamos, pues, sobre aquellos peligrosos parajes de la costa noruega? ¿Era el Nautilus arrebatado por aquel remolino en el momento mismo en que nuestra lancha iba a desligarse de sus costados? Nadie ignora que durante el flujo, las aguas oprimidas entre las islas Feroe y Loffoden se precipitan con una violencia irresistible formando un torbellino, del cual no ha podido escapar nave alguna. De todos los puntos del horizonte llegan oleadas monstruosas que dan origen a ese remolino llamado, con razón, el "Ombligo del Océano", cuya potencia de atracción se extiende hasta una distancia de quince kilómetros. Allí son aspirados, no solamente los buques sino también las ballenas y hasta los osos blancos de las regiones boreales. Allí donde el Nautilus, involuntaria o quizá voluntariamente, había sido conducido por su capitán, describiendo una espiral, cuyo radio se iba estrechando cada vez más. (Julio Verne)


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