DOCUMENTOS
Tesoros



Peter Pan:
[...] No recuerdo si os he dicho que había un palo en la roca, clavado hacía mucho tiempo por unos bucaneros para marcar el lugar donde estaba enterrado un tesoro. Los niños habían descubierto el reluciente botín y cuando tenían ganas de travesuras se dedicaban a lanzar lluvias de moidores, diamantes, perlas y monedas de cobre a las gaviotas, que se precipitaban sobre ellos creyendo que era comida y luego se alejaban volando, rabiando por la faena que les habían hecho. El palo seguía allí y en él había colgado Starkey su sombrero, un encerado hondo e impermeable, de ala muy ancha. Peter metió los huevos en este sombrero y lo echó al agua. Flotaba perfectamente. (J.M.Barrie)
(*)Moidore: Antigua moneda de oro portuguesa.


Robinson Crusoe:
Era un espectáculo desolador; el barco, de construcción española, estaba encallado entre dos rocas. La popa y uno de sus costados habían sido destrozados por el mar y, como el castillo de proa se había estrellado contra las rocas, el palo mayor y el trinquete se habían quebrado, aunque el bauprés seguía intacto, así como la proa. [...] Si en lugar de la popa tan solo se hubiese destrozado la proa, estoy seguro de que mi viaje habría sido más fructífero, pues por el contenido de esos dos cofres, podía imaginar con razón, que el barco llevaba muchas riquezas a bordo. Supongo, por el rumbo que llevaba, que partió de Buenos Aires o del Río de la Plata en la América meridional, más allá de Brasil, en dirección a La Habana, en el golfo de México y, de allí, seguramente a España. Sin duda, transportaba un gran tesoro, si bien bastante inútil para todos en este momento. Qué pudo haber sido del resto de la tripulación, tampoco lo sabía. Aparte de los cofres, encontré un pequeño barril lleno de licor, de unos veinte galones, que llevé hasta mi bote con gran dificultad. Había numerosos mosquetes en una cabina y un gran cuerno que contenía unas cuatro libras de pólvora. Como los mosquetes no me servían, los dejé, pero me llevé el cuerno de pólvora, así como una pala y unas tenazas que me hacían mucha falta, dos pequeñas vasijas de bronce, una chocolatera de cobre y una parrilla. Con este cargamento y el perro, me puse en marcha cuando la corriente comenzó a fluir hacia la isla. Esa misma tarde, casi una hora antes del anochecer, llegué a tierra extenuado. [...] al llegar al fondo del cofre, encontré tres grandes sacos llenos de piezas de a ocho, que sumaban unas mil cien piezas en total. En uno de ellos, envueltos en papel, había seis doblones de oro y algunos lingotes de oro que, en total, podían pesar cerca de una libra.(Daniel Defoe)


El abate informa a Edmundo Dantés:
Este papel, amigo mío, ya puedo decíroslo todo, puesto que os he probado, este papel es mi tesoro; la mitad os pertenece desde hoy. Un sudor frío corrió por la frente de Dantés. Hasta entonces, ¡y ya hemos visto cuánto tiempo había transcurrido entonces!, evitó cuidadosamente el hablar a Faria de aquel tesoro, ocasión de su pretendida locura. Con su instintiva delicadeza, no había querido Edmundo herir esta fibra dolorosa; y por su parte Faria también calló, haciéndole tomar aquel silencio por el recobro de la razón, pero ahora sus palabras, justamente después de una enfermedad tan grave, anunciaban que recaía en la locura. - Vuestro tesoro? balbuceó Dantés. El abate se sonrió. Le dijo. -Vuestro corazón, Edmundo, es noble en todo y de vuestra palidez y vuestro temblor infiero lo que os sucede en este instante. Pero tranquilizaos, que no estoy loco. Este tesoro existe, Dantés, y ya que no he podido poseerlo, vos lo poseeréis. Nadie quiso escucharme ni creerme, teniéndome por loco, pero vos que debéis saber que no lo soy, me creeréis después de lo que voy a deciros. - Escuchadme. murmuró Edmundo para sí. Ha vuelto a recaer; esa desgracia me faltaba únicamente. Luego añadió en alta voz: -Amigo mío, vuestra enfermedad os habrá fatigado, tal vez. ¿No queréis descansar? Mañana, si os place, me contaréis vuestra historia, pero hoy quiero cuidaros. Además prosiguió sonriéndose , un tesoro, qué prisa nos corre? - !Mucha! ¡Mucha, Edmundo! prosiguió el viejo - ¿Quién sabe si mañana o pasado me dará el tercer ataque? Reflexionad que entonces todo se perdería. Sí, muchas veces he recordado con amargo placer esas riquezas, que harían la felicidad de diez familias, perdidas para esos hombres que no han querido atenderme. Esta idea me servía de venganza, y la saboreaba deliciosamente en la noche de mi calabozo y en la desesperación de mi estado. Mas ahora que por vuestro cariño perdono al mundo, ahora que os veo joven y rico de porvenir, ahora que pienso en la fortuna que puedo proporcionaros con esta revela ción, me asusta la tardanza, y temo no dejar seguras en manos de un propietario tan digno como vos, tantas riquezas sepultadas.

El examen de las riquezas halladas:
[...] Con acercar la luz al hoyo, pudo convencerse de que no se había equivocado. Sus golpes dieron alternativamente en hierro y en madera. Ahondó en seguida por los lados unos tres pies de ancho y dos de largo, y al fin logró distinguir claramente un arca de madera de encina, guarnecida de hierro cincelado. En medio de la tapa, en una lámina de plata que la tierra no había podido oxidar, brillaban las armas de la familia Spada, es decir, una espada en posición vertical en un escudo redondo como todos los de Italia, coronado por un capelo. Dantés lo reconoció muy fácilmente. ¡Tanta era la minuciosidad con que se lo haba descrito el abate Faria! No cabía la menor duda, el tesoro estaba allí seguramente. No se hubieran tomado tantas precauciones para nada. En un momento arrancó la tierra de uno y otro lado, lo que le permitió ver aparecer primero la cerradura de en medio, situada entre dos candados y las asas de los lados, todo primorosamente cincelado. Cogió Dantés el arcón por las asas, y trató de levantarlo, mas era imposible. Luego pensó abrirlo, pero la cerradura y los candados estaban cerrados de tal manera que no parecía sino que guardianes fidelísimos se negaran a entregar su tesoro. Introdujo la punta de la azada en las rendijas de la tapa, y apoyándose en el mango la hizo saltar con grande chirrido. Rompióse también la madera de los lados, con lo que fueron inútiles las cerraduras, que también saltaron a su vez, aunque no sin que los goznes se resistieran a desclavarse. El arca se abrió. Estaba dividida en tres compartimientos. En el primero brillaban escudos de dorados reflejos. En el segundo, barras casi en bruto, colocadas simétricamente, que no tenían de oro sino el peso y el valor. El tercer compartimiento, por último, sólo estaba medio lleno de diamantes, perlas y rubíes, que al cogerlos Edmundo febrilmente a puñados, caían como una cascada deslumbradora, y chocaban unos con otros con un ruido como el de granizo al chocar en los cristales.

Harto de palpar y enterrar sus manos en el oro y en las joyas, levantóse y echó a correr por las grutas, exaltado, como un hombre que está a punto de volverse loco. Saltó una roca, desde donde podía distinguir el mar, pero a nadie vio. Encontrábase solo, enteramente solo con aquellas riquezas incalculables, inverosímiles, fabulosas, que ya le pertenecían. Solamente de quien no estaba seguro era de sí mismo. ¿Era víctima de un sueño, o luchaba cuerpo a cuerpo con la realidad? Necesitaba volver a deleitarse con su tesoro, y, sin embargo, comprendía que le iban a faltar las fuerzas. Apretóse un instante la cabeza con las manos, como para impedir a la razón que se le escapara, y luego se puso a correr por toda la isla, sin seguir, no diré camino, que no lo hay en Montecristo, sino línea recta, espantando a las cabras salvajes y a las aves marinas, con sus gestos y sus exclamaciones. Al fin, dando un rodeo, volvió al mismo sitio, y aunque todavía vacilante, se lanzó de la primera a la segunda gruta, hallándose frente a frente con aquella mina de oro y de diamantes. Cayó de rodillas, apretando con sus manos convulsivas su corazón, que saltaba, y murmurando una oración, inteligible sólo para el cielo. Esto hizo que se sintiese más tranquilo y más feliz, porque empezó a creer en su felicidad. Acto seguido, se puso a contar su fortuna. Había mil barras de oro, y su peso como de dos a tres libras cada una. Hizo luego un montón de veinticinco mil escudos de oro, con el busto del Papa Alejandro VI y sus predecesores; cada uno podía valer ochenta francos de la actual moneda francesa. Y el departamento en que estaban no quedó, sin embargo, sino medio vacío. Finalmente, contó diez puñados de sus dos manos juntas de pedrería y diamantes, que montados por los mejores plateros de aquella época poseían un valor artístico casi igual a su valor intrínseco. (Alejandro Dumas, El conde de Montecristo)


Las inquietudes de Shanti Andía:
A la altura de San Vicente, un barco de guerra inglés nos dio caza dos veces, y a la última nos destrozó la arboladura de El Dragón a cañonazos. Huimos en la ballenera, y creo que al cocinero y a algún otro se les ocurrió apoderarse de los cofres de Zaldumbide y llevarlos con nosotros. Cuando huíamos, El Dragón se hundió. Después Ugarte se jactaba de haber hecho en el casco un boquete. No sé si esto fue verdad. Si no hubiera sido por la carga del tesoro de Zaldumbide, hubiésemos desembarcado en seguida en una de las islas de Cabo Verde; pero con aquella impedimenta me pareció peligroso tocar en tierra. Comenzamos a navegar con rumbo al norte, hacia las Canarias. Decidimos, de común acuerdo, acercarnos a la costa africana y enterrar los cofres. Entramos por el río Nun y exploramos sus orillas. junto al mar, dunas de arena blanca, formadas por el viento, reflejaban el sol, hasta dejarle a uno ciego. Después comenzaban a verse zarzas, callistris y algunas piteras. A unas quince millas de la costa encontramos unas ruinas; quizá eran restos de una de las torres que Diego García de Herrera levantó, por orden del rey de España, cerca de la costa. No me parecía prudente enterrar allí los cofres, y busqué otro punto mejor. Todas aquellas lomas y montículos del río, formados de arena, probablemente cambiarían de posición y de forma al impulso del viento del Sahara. Era necesario encontrar jalones más firmes. Me acerqué a un muro del castillo, que tenía grabado un elefante, y, siguiendo la visual del ojo, vi que entre dos grandes bloques de piedra se veía en aquella hora la sombra de una peña afilada, colocada a orillas del río. El vértice de la sombra caía en aquel momento al pie de un árbol de argán. Aquél me pareció el sitio mejor para enterrar los cofres. Fijé el lugar, y como era muy posible que nos dieran caza y encontrándonos un papel así nos lo quitaran, traduje la indicación al vascuence, y, mientras esperábamos que acabaran de enterrar el tesoro, Allen, por mi consejo, fue marcando en un devocionario las letras que componían los datos puestos en vasco. (Pío Baroja, 1911)


La guarida del pirata:
En la noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo hurcán azotaba a Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, guarida de piratas formidables, situada en el mar de Malasia, a pocos centenares de millas de las costas occidentales de Borneo. Empujados por un viento irresistible, corrían por el cielo, como caballos desbocados en confusa mescolanza, negras masas de nubes que, de cuando en cuando, dejaban caer sobre los sombríos bosques de la isla furiosos aguaceros... ¿Quién era el que, a pesar de aquella tempestad, velaba en la isla de los sanguinarios piratas? ... Una de las habitaciones de aquella vivienda estaba iluminada. Sus paredes aparecían cubiertas con pesadas telas rojas, de terciopelo y de brocado de gran precio; pero en varios sitios estaban arrancadas y manchadas, y los tapices de Persia, con hilos de oro, que cubrían el pavimento, rotos a trechos y arrugados... En el centro de la habitación había una mesa de ébano, incrustada en nácar y adornada con filetes de plata, cargada de botellas y vasos del más puro cristal; en los rincones, grandes vitrinas medio rotas, llenas de brazaletes de oro, de pendientes, de anillos, de medallones, de preciosos objetos sagrado, torcidos, rotos; perlas procedentes, sin duda, de las famosas pesqueríasde Ceilán; esmeraldas, rubíes y diamantes que brillaban como otros tantos soles bajo los rayos de luz de una lámpara dorada suspendida del techo... En aquella habitación, de tan extraño modo amueblada y decorada, había un hombre sentadoen una poltrona coja. Era de alta estatura y de musculatura vigorosa, de facciones enérgicas, temibles y, al mismo tiempo, de una belleza extraña. (Emilio Salgari, Los tigres de Mompracem)


La isla del tesoro:
Y en un rincón apartado, iluminado débilmente por el resplandor tembloroso de las llamas, vi grandes pilas de monedas y de cuadriláteros formados por barras de oro. Aquello era el tesoro de Flint, el mismo que hasta tan lejos nos había llevado, y que había costado ya la vida a diecisiete de los tripulantes de la Hispaniola. ¿Cuántas más habría costado el amasarlo; cuánta sangre y dolor, cuántos buques habrían sido echados a pique; cuántos hombres habrían paseado por la plancha con los ojos vendados; cuántos cañonazos se habrían disparado; cuánta vergüenza y mentiras y crueldad? Tal vez no hubiese ser humano capaz de responder a todo aquello. Y, con todo, seguían en la isla tres sujetos —Silver, el viejo Morgan y Ben Gunn— que habían tenido parte en aquellos crímenes, ya que cada uno de ellos había esperado en vano recibir su parte del botín. [...] A la mañana siguiente nos pusimos a trabajar temprano, pues trasladar aquella gran masa de oro a través de casi una milla de terreno hasta la playa y, desde allí, bogar tres millas más hasta alcanzar la Hispaniola, resultaba una tarea considerable para un grupo tan reducido. Los tres sujetos que seguían sueltos por la isla no nos causaron demasiadas molestias: un solo centinela apostado en la colina bastó para asegurarnos de que no íbamos a ser atacados por sorpresa y, además, estábamos convencidos de que ya habrían tenido más que suficiente de pelea. Así, pues, hicimos el trabajo con presteza. Gray y Ben Gunn iban y venían en el bote, mientras el resto, durante su ausencia, apilábamos el tesoro en la playa. Dos de los lingotes, colgados del extremo de una cuerda, constituían una buena carga para un hombre crecido; una carga bajo la cual resultaba agradable ir avanzando despacio. En cuanto a mí, como no servía de mucho para el transporte, me pasé el día entero ocupado en la gruta, empaquetando el dinero acuñado en los sacos de pan. Resultaba una colección heterogénea, similar a la de Billy Bones por la diversidad de procedencias de las monedas, pero tanto más grande y variada que me parece que jamás he pasado un rato mejor que el que dediqué a clasificarlas. Las había inglesas, francesas, españolas, portuguesas, jorges y luises de oro, doblones y guineas dobles, monedas de oro portuguesas y cequíes, el retrato de todos los reyes habidos en Europa durante los últimos cien años, extrañas monedas orientales estampadas con dibujos que parecían trozos de cuerda o fragmentos de telaraña, monedas redondas y monedas cuadradas, y monedas perforadas por el centro, como si tuvieran que llevarse alrededor del cuello… Creo que casi todas las variedades de monedas del mundo habían hallado lugar en aquella colección. Y en lo que se refiere a su número, estoy seguro de que había tantas como hojas muertas en otoño, hasta el punto de que me dolía la espalda de tanto agacharme y los dedos de tanto clasificarlas. Aquel trabajo se prolongaba día tras día, y al llegar la noche toda una fortuna se hallaba ya estibada en la bodega, y, pese a ello, otra se hallaba aguardando a la mañana siguiente; y durante todo aquel tiempo nada supimos de los tres amotinados supervivientes. (Stevenson)


Gretz y Franchard:
Había patíbulos en sus puertas, tan numerosos como espantapájaros. En tiempo de guerra, los asaltantes se apiñaban contra ella con sus escalas, las flechas caían como hojas sobre sitiadores y sitiados; los defensores hacían vehementes salidas por el puente levadizo y cada bando gritaba sus cantos de guerra mientras blandía sus armas. [...] Franchard fue destruido en las guerras con los ingleses, las mismas que arrasaron Gretz, pero los ermitaños habían previsto el peligro y cuidadosamente escondieron los vasos sagrados. Estos vasos eran de un valor inmenso, incalculable, exquisitamente trabajados con los materiales más valiosos y hasta la fecha no han podido ser encontrados. En el reinado de Luis XIV, unos cavadores tropezaron con un cofre enterrado en las ruinas de Franchard. Se quedaron anonadados, mirándose los unos a los otros, mientras sus corazones latían fuertemente y los colores les subían al rostro. Lo forzaron para abrirlo como fieras hambrientas, creyendo que habían dado con el tesoro; pero cuál sería su sorpresa al descubrir que sólo contenía unas casullas que se deshicieron en polvo al tocarlas. El sudor de aquella gente se volvió tan frío que hubo hasta quien cogió una pulmonía. [...] Arranqué un gran pedazo de musgo de entre esos dos pedruscos y descubrí una grieta; cuando miré dentro ¿qué supones que vi? Vi una casa en París con patio y jardines, vi a mi mujer brillando cubierta de diamantes, me vi diputado, vi tu porvenir -y añadió con débil voz-, acabo de descubrir America. (R.L.Stevenson, El tesoro de Franchard)


Ocho días en un desván. Vieja literatura para adolescentes:
De lector niño, pues, debería haber respirado un clima amablemente añejo, y mucho mejor: se proyectaba todo en un mundo de ayer, descrito por señores que tenían todo el aire de señoras, que escribían para jovencitas de buena familia. Al final, me parecía que todos aquellos libros contaban la misma historia: solía haber tres o cuatro chicos de noble extracción (con los padres, quién sabe por qué, siempre de viaje a algún sitio) que llegan a casa de un tío en un antiguo castillo, o en una extraña finca, y se tropiezan con apasionantes y misteriosas aventuras, por criptas y torreones, para descubrir al final un tesoro, los manejos de algún encargado infiel, el documento que devuelve a una familia decaída las propiedades usurpadas por un primo felón. Final feliz, elogio del valor de los chicos, observaciones afables de los tíos o de los abuelos sobre los peligros de la temeridad, aun siendo generosa. (Yambo intentando recuperar la memoria perdida en sus libros de infancia. Umberto Eco)


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