CANARIAS
Poemas Mar II



Fernando Pessoa A Passagem das Horas. Fernando Pessoa

...
Viajei por mais terras do que aquelas em que toquei
Vi mais paisagens do aquelas em que pus os olhos
Experimentei mais sensaçôes do que todas es sensaçoes
          que senti,
Porque, por mais que sentisse, sempre me faltou que sentir
E a vida sempre me doeu, sempre foi pouco, e eu infeliz.

A certos momentos do dia recordo tudo isto e
          apavoro-me,
Penso em que é que me ficará desta vida aos bocados,
          deste auge,
Destra entrada às curvas, deste automóvel à beira da
          estrada, deste aviso,
Desta turbulência tranquila de sensaçôes desencontradas,
Desta tranfusâo, desta insubsistência, desta convergencia
          iriada,
Deste desasossego no fundo de todos los cálices,
Desta angústia no fundo de todos os prazeres,
Desta saciedade antecipada na asa de todas as chávenas,
Deste jogo de cartas fastiendo entre Cabo de Boa
Esperança e as Canárias.
Não sei se sinto de mais ou de menos não se
Não sei se a vida é pouco ou de mais para mim.
Se me falta escrúpulo espiritual, ponto de apoio na
          inteligência,
Consanguinidade com o mistério das coisas, choque
Aos contactos, sangue sob golpes, estremeção aos ruídos,
Ou se há outra significação para isto mais cómoda e feliz.
Seja o que for, era melhor não ter nascido,
Porque, de tâo interessante que é a todos os momentos,
A vida chega a doer, a enjoar, a cortar, a roçar, a ranger,
A dar vontade de dar gritos, de dar pulos, de fica no châo,
         de sair
Para fora de todas las casas, de todas las lógicas e de todas
         as sacadas,
E ir ser selvagem para morte entre árvores e
         esquecimentos,
Entre tombos, e perigos e ausência de amanhâs,
E tudo isto devia ser qualquer outra coisa mais parecida
         com o que eu penso,
Com o que eu penso ou sinto, que eu nem sei qual é, ó vida.

...

Os Lusiadas. Luis de Camões

Ya las islas Canarias visto habiendo,
que tuvieron por nombre Fortunadas,
luego a las hijas fuimos conociendo
del viejo Esperio, Hespéridas llamadas,
tierras por donde maravillas viendo
anduvieron (sabrás) nuestras armadas;
allí tomamos puerto con buen viento
por de tierra tomar mantenimiento

Tennyson: Ulises
Ya se apaga el largo día; sube lenta la luna; el hondo mar
gime con mil voces. Venid amigos míos,
aún no es tarde para buscar un mundo más nuevo.
Desatracad, y sentados en buen orden amansad
las estruendosas olas; pues mantengo el propósito
de navegar hasta más allá del ocaso, y de donde
se hunden las estrellas de occidente, hasta que muera.
Puede que nos traguen los abismos; puede
que toquemos al fin las Islas Afortunadas y veamos
al grande Aquiles, a quien conocimos. Aunque
mucho se ha gastado mucho queda aún; y si bien
no tenemos ahora aquella fuerza que en los viejos tiempos
movía tierra y cielo, somos lo que somos:
corazones heroicos de parejo temple, debilitados
por el tiempo y el destino, más fuertes en voluntad
para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse.

La madre. Elsa López:
[...] Pero hoy, al recordarla detrás de los cristales
de esa ciudad sin niños,
le ha venido a la pena la imagen de su cuerpo,
una ventana, isla de colores,
el muelle de granito con sus prismas dorados,
la casa, los anones, el mar, las plataneras,
oscuros paraísos cubiertos de sal fina
y una muchacha absurda de mirtos al alféizar
viendo morirse el agua
por detrás de la línea que llaman horizonte
(La madre contaba que le gustaba verse,
agridulce y romántica,
mirar aquellos barcos hacerse diminutos
y quedar engullidos por azules praderas).
(Cementerio de elefantes, 1992)

El mar. Roque Dalton:
Hay grandes piedras en tu oscuridad tempestuosa
grandes piedras con sus fechas lavadas por tu sombra
porque hasta el sol de día cómese tu sombra

cruje en el frío despidiéndose del aire
que no se atreve a penetrarte.

Oh! mar donde los desesperados pueden dormir
arrullados por explosiones impasibles
alfabeto del vértigo paisaje diluido que los muros envisten
las gaviotas y la espuma de los peces son tu primavera
la furia es una pirámide verde
una resurrección del fuego más agudo tu clima
tu mejor huella sería un caracol
caminando con pasos de niño el desierto.

Amé siempre esas poblaciones disímiles
al parecer robadas de las manos del mar
pequeñas villas junto a la arena
puertos escandalosos en la ebriedad del salitre
caseríos tiritando entre la niebla llena de corales
grandes ciudades titánicas frente a las tempestades humilladas
aldeas de pescadores ciegos bajo un faro de aceite
factorías acechantes entre los manglares con un largo cuchillo
Valparaíso como una gran cascada en suspenso
Manta Puná puertos del Ecuador que me negaron las hojas
Buenaventura aromática como un gran puerto sucio
Panamá con los ojos punzados por la depravación
Cartagena siempre aguardando a los piratas hambrienta
willemstadt náufraga en los dominios del petróleo
Tenerife y su dulce copa de vino
Barcelona bostezando entre los bancos y los carabineros
Nápoles bellamente tumefacta
Génova Leningrado Sochi La Guaira Buenos Aires
Montevideo como una margarita
Puerto Limón Corinto
Acajutla en una lenta playa de mi patria
todos mirándose en el espejo grave que surcan los delfines
apartando como un sable veloz
las infinitas espigas de esmeralda
(Roque Dalton)

Roques de Salmor Miguel de Unamuno (1864-1936):
"Esta soledad del mar que por todas partes nos ciñe, es como un sedante. Del mar surgieron en un tiempo las islas, en poderosa conmoción, en titánica lucha entre Vulcano, dios de las ígneas entrañas de la tierra y Neptuno, dios de los inmensos mares. Estas islas envueltas por tanto tiempo en la bruma de la leyenda, éstas que algún soñador supuso un resto de aquella antigua Atlántida, fueron un alzamiento volcánico de las entrañas de la tierra. Entre ellas navegaba también aquella fabulosa isla errante de San Borondón, la del santo irlandés, que allá, entre los hielos del polo, encontró a Judas, el traidor, que salía cada año, el día de Navidad, del infierno, para ir a refrescarse..."

Canarias: Playa Juan Rodríguez Doreste:
La isla, pues, tiene como un cuerpo animado de movimiento, sus dos tropismos, sus dos fuerzas: la centrífuga, que nos empuja y nos invita a partir, y la centrípeta, que nos aferra al suelo, nos aísla, nos vuelve hacia dentro, nos crea nuestra aptitud para el silencio y la intimidad, frente a un mar que es como cantara Saula Torrón, campo azul para todas las siembras del sueño, un mar que en su infinita grandeza, dándonos la sensación de nuestra pequeñez, nutre la raíz de nuestra inclinación melancólica, de nuestro carácter soñador.

María Rosa Alonso, "San Borondón a la vista":
La isla más islas de todas las islas es la inaccesible, la isla a la que nunca se puede llegar. Isla es parador y tregua en la inmensidad de las aguas pavorosas; es jalón y remedo de tierra firme. Tierra firme ha sido siempre tierra en serio, continente y no esa angustia de trozos, fragmentos de verdad, que son las islas, nunca entrega, siempre engaño que acecha al hombre en alta mar.

Luis García de Vegueta. Las Canteras y al fondo, el Teide:
La naturaleza ofrece su mayor poder de sugestión durante esos atardeceres de la playa de Las Canteras en que el sol se oculta tras el Teide y de paso desata sobre el cielo una brillante catarata de luces y colores. Un espectáculo conocido pero tan variado como sorprendente; la escenografía cambia a cada representación. Los isleños no se cansan, sobre todo en verano y principios de otoño, de contemplar el prodigio. El resto del año la playa pertenece a los turistas. El amor a la playa más que una tendencia obedece a una profesión de fe que luego nos ha acompañado toda la vida. De pequeños pasábamos buena parte de las vacaciones -primero Palma Romero en Santa Brígida, después Las Canteras- metidos en la faena de pescar gueldes en la Barra Chica o buscando entre los arrecifes de la orilla conchas y estrellas de mar. La playa de Las Canteras vivía el esplendor de los años veinte: las tertulias en sillones de mimbre, los ropones de baño listados de azul y blanco; los corros de niñas prendidas del encanto del conde Laurel. El momento cumbre, no obstante, llegaba cuando el sol estaba a punto de desaparecer tras el horizonte. Entonces se hacía presente la magia cotidiana del ocaso y el Teide se encendía en llamaradas de vivos colores. Era el momento de la paz y de las declaraciones de amor.


Rudyard Kipling. Capitanes intrépidos:
La Marilla seguía navegando. De pronto toparon con un barco; al que preguntaron si había a la vista barcos de pesca.
-Hay una línea de ellos en la costa de Irlanda.
-¡Vete al diablo! ¡Qué tenemos que ver con la costa de Irlanda!
-Entonces ¿qué hacéis aquí? - dijo el otro.
-¡Sangre de Cristo! ¿Dónde estamos, pues?
-A treinta y cinco millas OSO del cabo Clear, si os parece bien - repuso el encontradizo.
Counahau dio un brinco de cuatro pies y siete pulgadas, medido por su cocinero.
-¿Si me parece bien? - repuso, fiero como Artaban -. ¿Por quién me tomáis? ¿Treinta y cinco millas del cabo Clear y catorce días de Boston? ¡Sangre de Cristo! ¡Es un buen récord!
Se comprenderá la bilis que tragaron sus hombres. La tripulación estaba compuesta por hombres de Cork y de Kerry, provincias de Irlanda, a excepción de uno de Maryland, que pidió regresar y fue tildado de rebelde. Llevaron la Marilla a Skibbereeu y durante una semana estuvieron de busca. Zarparon de nuevo y tardaron treinta y dos días en llegar al Banco. Esto fue en otoño y los víveres faltaban. Counahau llevó la Marilla a Boston y lo demás le importó un comino.
-¿Y qué dijo la casa de comercio? - preguntó Harvey.
-¿Qué había de decir? El pescado estaba en el Banco y Counahau en el muelle T, hablando de su récord al Este. Con esto se contentaron. Todo ello provino de no haber puesto la tripulación y el ron cada uno en su lugar, y después, por haber confundido Skibbereeu con Queereau. ¡Descanse en paz Counahau el Navegante!
-Cierta vez que yo estaba en el Lucy Holmes - dijo Manuel con su apacible voz -, sucedió que en Gloucester no nos querían el pescado. Atravesamos el mar y pensamos en venderlo en Fayal, las Azores. Pero el viento refrescó y no sabíamos por dónde íbamos. Pronto descubrimos tierra y notamos calor. Llegaron dos negros en un brick. Les preguntamos dónde estábamos y nos responden - ¿Qué creéis que nos respondieron?
-Las Canarias - dijo Disko.
Manuel hizo un signo negativo.
-Cabo Blanco - dijo Platt.
-No, peor que eso. Estábamos en Bisagos y el brick era de Liberia. Así y todo, vendimos bien el pescado
-Pero una goleta como ésta, ¿puede hacer la travesía a Africa? - preguntó Harvey.
-Y doblar el cabo de Hornos, si la cosa vale la pena y hay víveres para ello - contestó Disko -. Mi padre condujo su barca de cincuenta toneladas hasta las montañas de hielo de Groenlandia el año en que la mitad de nuestra flotilla trató de perseguir el bacalao hasta allí.


La sombra del viento:
Partieron un alba de 1926 en el más negro de los anonimatos, viajando bajo nombre falso a bordo de aquel buque que les llevaría a través del Atlántico hasta el puerto de La Plata. Jorge y su padre compartían el camarote. El viejo Aldaya, pestilente de muerte y enfermedad, apenas se sostenía en pie. Los médicos a los que no había permitido visitar a Penélope le temían demasiado para decirle la verdad, pero él sabía que la muerte había embarcado con ellos y que aquel cuerpo que que Dios le había empezado a robar aquella mañana en que decidió buscar a su hijo julián, se consumía. A lo largo de aquella larga travesía, sentado en la cubierta, temblando bajo las mantas y enfrentado al infinito vacío del océano, supo que no llegaría a ver tierra. A veces, sentado en la popa, observaba la bandada de tiburones que había estado siguiendo el barco poco después de hacer escala en Tenerife. Oyó decir a uno de los oficiales que aquel siniestro séquito era habitual en los cruceros transoceánios. Las bestias se alimentaban de la carroña que el barco iba dejando atrás. Pero don Ricardo Aldaya no lo creía. Tenía el convencimiento de que aquellos demonios le seguían a él. "Me estáis esperando", pensaba, viendo en ellos el verdadero rostro de Dios. Fue entonces cuando le hizo jurar a su hijo Jorge, al que tantas veces había despreciado y a quien ahora se veía obligado a recurrir sin remedio, que cumpliría su última voluntad.
- Encontrarás a Julián Carax y le matarás. Júramelo.
Un amanecer, dos días antes de llegar a Buenos Aires, Jorge despertó y comprobó que la litera de su padre estaba vacía. Salió a buscarle a cubierta, salpicada de niebla y salitre, desierta. Encontró la bata de su padre sobre la popa del buque, aún tibia. La estela del buque se perdía en un bosque de brumas escarlata y el océano sangraba reluciente de calma. Pudo ver entonces que la bandada de tiburones ya no les seguía, y que una danza de aletas dorsales se agitaban en círculo a lo lejos. Durante el resto de la travesía, ningún pasajero volvió a avistar a la bandada de escualos, y cuando Jorge Aldaya desembarcó en Buenos Aires y el oficial de aduanas le preguntó si viajaba solo, se limitó a asentir. Hacía mucho que viajaba solo. (Carlos Ruiz Zafón. La sombra del viento)


Teide y costa Robinson Crusoe:
[...] Una o dos veces, durante el día, me pareció ver el Pico de Tenerife, que es el pico más alto de las montañas de Tenerife en las Canarias. Me entraron muchas ganas de aventurarme con la esperanza de llegar allí y, en efecto, lo intenté dos veces, pero el viento contrario y el mar, demasiado alto para mi pequeña embarcación, me hicieron retroceder, por lo que decidí seguir mi primer objetivo y mantenerme cerca de la costa. Después de abandonar aquel sitio, me vi obligado a volver a tierra varias veces a buscar agua fresca. Una de estas veces, temprano en la mañana, anclamos al pie de un pequeño promontorio, bastante elevado, y allí nos quedamos hasta que la marea, que comenzaba a subir, nos impulsase.

[...] A estas alturas, podía considerarme un experto en el comercio con Guinea. Para mi desgracia, mi amigo murió al poco tiempo de nuestro regreso. No obstante, decidí hacer el mismo viaje otra vez y me embarqué en el mismo navío, con uno que había sido oficial en el primer viaje y ahora había pasado a ser capitán. Este viaje fue el más desdichado que hombre alguno pudiera hacer en su vida, pese a que llevé menos de cien libras esterlinas de mi recién adquirida fortuna, dejando las otras doscientas libras al cuidado de la viuda de mi amigo, que era muy buena conmigo. En este viaje padecí terribles desgracias y esta fue la primera: mientras nuestro barco avanzaba hacia las Islas Canarias, o más bien entre estas islas y la costa africana, fuimos sorprendidos, en la penumbra del alba, por un corsario turco de Salé, que nos persiguió a toda vela. Nosotros también nos apresuramos a desplegar todo el velamen del que disponíamos o el que podían sostener nuestros mástiles, a fin de escapar. Mas, viendo que el pirata se nos acercaba y que nos alcanzaría en cuestión de pocas horas, nos pertrechamos para el combate; para esto, nuestro barco contaba con doce cañones, mientras que el del pirata tenía dieciocho. A eso de las tres de la tarde nos alcanzaron, pero por un error de maniobra, se aproximó transversalmente a la borda de nuestro barco, en vez de hacerlo por popa, como era su intención. Nosotros llevamos ocho de nuestros cañones a ese lado y le disparamos una descarga que le hizo virar nuevamente, después de responder a nuestro fuego con la nutrida fusilería de los casi doscientos hombres que llevaba a bordo. No obstante, ninguno de nuestros hombres resultó herido, ya que estaban todos muy bien protegidos. Se prepararon para volver a atacar y nosotros, para defendernos, pero esta vez, por el otro lado, subieron sesenta hombres a la cubierta de nuestro barco e, inmediatamente, se pusieron a cortar y romper los puentes y el aparejo. Les respondimos con fuego de fusilería, picas de abordaje, granadas y otras armas y logramos despejar la cubierta dos veces. Para acortar esta melancólica parte de nuestro relato, diré que, con nuestro barco maltrecho, tres hombres muertos y ocho heridos, tuvimos que rendirnos y fuimos llevados como prisioneros a Salé, un puerto que pertenecía a los moros.

[...] Como ya había hecho un viaje por estas costas, sabía muy bien que las Islas Canarias y las del Cabo Verde, se hallaban a poca distancia. Mas, como no tenía instrumentos para calcular la latitud en la que estábamos, ni sabía con certeza, o al menos no lo recordaba, en qué latitud estaban las islas, no sabía hacia dónde dirigirme ni cuál sería el mejor momento para hacerlo; de otro modo, me habría sido fácil encontrarlas. No obstante, tenía la esperanza de que, si permanecía cerca de esta costa, hasta llegar a donde traficaban los ingleses, encontraría alguna embarcación en su ruta habitual de comercio, que estuviera dispuesta a ayudarnos. (Daniel Defoe)


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