HISTORIA
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Michel Montaigne



Michel de Montaigne. De los caníbales:
[...] Tuve junto a mí durante largo tiempo a un hombre que había vivido diez o doce años en ese otro mundo descubierto en nuestro siglo, en el lugar donde Villegagnon tomó tierra y al que llamó Francia antártica. Este descubrimiento de un país infinito parece ser considerable. No sé si puedo asegurar que se harán otros en el futuro... Platón contradice a Solón, contando cómo supo por los sacerdotes de la ciudad de Sais, en Egipto, que antaño, antes del diluvio, existía una isla llamada Atlántida, exactamente en la boca del estrecho de Gibraltar, que comprendía más países que Asia y Africa juntas; y que los reyes de aquel territorio, que no sólo poseían esa isla sino que habían avanzado tan lejos en tierra firme que llegaban a lo ancho de Africa hasta Egipto y a lo largo de Europa hasta la Toscana, decidieron dar un salto hasta Asia y subyugar a todas las naciones bordean el mar Mediterráneo hasta el golfo del mar Mayor [mar Negro]; para ello atravesaron las Españas, las Galias, Italia, hasta Grecia, donde los atenienses les contuvieron; mas que, algún tiempo después, fueron engullidos por el diluvio los atenienses, ellos y su isla. Es muy verosímil que aquel enorme estrago de agua produjera cambios extraños en las regiones de la tierra, al igual que se considera que el mar arrancó Sicilia de Italia,

    Haec loca, vi quondam et vasta convulsa ruina,
    Dissiluisse fuerunt, cum protinus utraque tellus
    Una foret.

    Dicen que antiguamente un enorme terremoto
    separó esas tierras del continente al que están unidas.
    Virgilio. Eneida, III, 414-416

Chipre de Siria, la isla de Negroponto de la tierra firme de Beocia; y haya juntado en otros lugares tierras que estaban separadas, llenando de limo y de arena las fosas que había entre ellas:

    ... sterilisque diu palus aptaque remis
    vicinas urbes alit, et grave sentit aratrum.
    diu palus aptaque remis
    vicinas urbes alit, et grave sentit aratrum.

    Un pantano hace tiempo estéril y apto para los remos,
    alimenta las ciudades vecinas y soporta el pesado arado.
    Horacio, Arte poética, 65-66.

Mas no hay grandes indicios de que esta isla sea ese mundo nuevo que acabamos de descubrir; pues tocaba casi con España y sería increíble que la inundación la hubiera apartado hasta donde está, a más de mil doscientas leguas; aparte de que las modernas expediciones han descubierto ya casi no es una isla, sino tierra firme, unida por un lado con las Indias orientales y por otro con las tierras que están bajo los polos; o que si está separada, lo está por un estrecho o intervalo tan pequeño que no merece por ello ser considerada isla.

... El otro testimonio de los tiempos antiguos con el que se quiere relacionar este descubrimiento de Aristóteles, al menos sí es suyo ese libreto de "las maravillas inauditas". Cuentan en él que algunos cartagineses, habiéndose lanzado a través del mar Atlántico fuera del estrecho de Gibraltar y habiendo navegado durante largo tiempo, descubrieron por fin una isla grande y fértil, cubierta de bosques y regada por anchos y profundos ríos, muy alejada de cualquier tierra firme; y que ellos, y después otros, atraídos por la riqueza y fertilidad de la región, fuéronse allí con sus mujeres e hijos, empezando a acostumbrarse a ella. Los señores de Cartago, viendo que su país se despoblaba poco a poco, prohibieron expresamente, bajo pena de muerte, que nadie fuese más allí y expulsaron a los nuevos habitantes, por temor, según dicen, a que con el paso del tiempo llegaran a multiplicarse de tal forma que los suplantasen a ellos y arruinasen su estado. Este relato de Aristóteles tampoco concuerda con nuestras nuevas tierras.

Viri a diis recentes. Hombres recién salidos de la las manos de los dioses (Séneca, Cartas, 90)
... viven en una zona de países muy grata y bien templada; de forma que, según me han dicho mis testigos, raro es ver allí un hombre enfermo; y me han asegurado no haber visto a ninguno tembloroso, legañoso, desdentado o encorvado por la vejez. Se asientan al borde del mar, cercados tierra adentro por grandes y elevadas montañas que dejan entre cada dos una extensión de unas cien leguas de ancho. Abundan pescados y carnes sin parecido alguno con los nuestros y los comen sin más artificio que la cocción. El primero que allí llegó a caballo, a pesar de habérselos ganado en otros viajes, prodújoles tal horror en aquella postura que lo mataron a flechazos antes de poder reconocerlo. Sus construcciones son muy largas, con capacidad para doscientas o trescientas almas, cubiertas con cortezas de grandes árboles hincadas en tierra por un extremo y sostenidas y apoyadas unas en otras en lo alto, como algunas de nuestras granjas cuyos tejados llegan hasta el suelo sirviendo de flanco. Tienen una madera tan dura que, cortándola, construyen con ellas sus espadas y parrillas para asar la carne. Sus lechos son de un tejido de algodón, colgados cerca del techo como los de nuestros barcos y cada uno tiene el suyo.

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[...] Bien podemos por lo tanto llamarlos bárbaros si consideramos las normas de la razón mas no si nos consideramos a nosotros mismos que los superamos en toda clase de barbarie. Su guerra es absolutamente noble y generosa, y tiene tanta justificación y belleza como esta enfermedad humana puede contener; para ellos no tiene otro fundamento que el solo celo por el valor. No combaten para conquistar nuevas tierras, pues gozan todavía de esa felicidad natural que les abastece de todo lo necesario sin trabajo ni esfuerzo y en abundancia tal que no necesitan para nada aumentar sus límites. Aún están en ese mundo feliz en que sólo necesitan lo que sus necesidades naturales exigen; todo lo demás es para ellos superfluo. Generalmente se llaman unos a otros, los que son de la misma edad, hermanos; hijos, a los que están por debajo; y los ancianos son padres para todos los demás. Estos dejan en común a sus herederos, esa posesión llena de bienes pro indiviso, sin más título de propiedad que el que la naturaleza da a sus criaturas, al ponerlas en el mundo. Si sus vecinos pasan las montañas para atacarlo y los vencen, el botín del vencedor es la gloria y el privilegio de haber sido superior en mérito y valor; pues, de otra forma, no sabrían qué hacer con los bienes de los vencidos.
(*) Villegagnon desembarcó en Brasil en 1557 con otros protestantes e intentó establecerse.

Michel Eyquem de Montaigne (Périgord 1533-id.1592):
Perteneciente a una familia de comerciantes bordeleses, de nobleza reciente y enriquecida por el comercio en vinos y pescados. Su padre fue veterano de las guerras de Italia y consejero de la corte. Recibió una sólida educación con un preceptor alemán, con el que sólo hablaba en latín. Cursó estudios en el Collège de Guyenne en Burdeos (1539-1546), y posteriormente estudió leyes, probablemente en Toulouse. En 1554 sustituyó a su padre como consejero de la Cour d'aides de Périgueux, y al suprimirse ésta pasó a formar parte del parlamento de Burdeos (1557). En 1563 la muere de su mejor amigo, el poeta y humanista Etienne de La Boétie, le produce una honda impresión. Su matrimonio (1565) con Françoise de la Chassage dio a su vida una mayor estabilidad y seis hijas de las que sólo una sobrevivió. En 1568 hereda de su padre la propiedad de Montaigne. Vende su cargo (1570) y se retira como Maquiavelo a San Casciano, para dedicarse al estudio y la meditación (1571). En 1572 comienza a escribir sus Ensayos (Essais) a los que dedicó la mayor parte del resto de su vida. La primera edición fue publicada en 1580, año en que emprendió un largo viaje por Suiza, Alemania, Austria e Italia. Su Diario de viaje (Journal de voyage) que muestra un inagotable interés por las costumbres de los pueblos, se publicó en 1774. Cuando se encontraba en Lucca recibió una carta anunciándole que había sido elegido alcalde de Burdeos, cargo para el que resultaría reelegido en 1583. Aunque nació en el siglo del humanismo carecía del entusiasmo enciclopédico que animaba a Rabelais; creía que el saber humano tiene que permitir a todos hallar un arte de vivir razonablemente, en espera de la muerte.

Confrontación de culturas y escepticismo:
En un principio se mostró estoico para evolucionar hacia un escepticismo moderado. Estudiar con detalle la conducta de los seres humanos, desde los griegos a los indios, su política, ética, leyes, religiones y costumbres le acrecentó la duda al encontrarlas divergentes y contradictorias. Contrapuso repetidamente a la certidumbre del dogma, la razón y la naturaleza. Reflejaba su duda la inquietante pregunta ¿Qué sais je? , al enfrentar las declaraciones de numerosos historiadores y moralistas clásicos y al declarar que debemos acompañar a la fe con cuanta razón exista en nosotros.

    Si la historia no es capaz de ofrecer una distinción claramente definida entre el bien y el mal, ¿quién puede decir que tiene la razón de su parte? Y si nadie puede decirlo, se impone como regla única e inevitable la tolerancia. Ha de huirse de toda opinión o conducta extrema y vivir en paz con el prójimo. Esta fue la lección de los filósofos antiguos; ésta será la lección de Voltaire. (Robert Clemens)

Convencido de que todos los hombres llevan en su interior la forma entera de la condición humana, se analizó a sí mismo con la esperanza de ser útil a los demás, para que cada individuo se hiciera consciente de sus responsabilidades ("Mis faltas se leerán aquí sin omisión ni paliativo, tan reales, como la vida"). Su obra aspira a alcanzar el equilibrio moral y el dominio de sí mismo.

    Libros sobre lejanas tierras:
    Montaigne había llenado su biblioteca de libros que le ayudaban a cruzar las fronteras del prejuicio. Había libros de historia, diarios de viaje, crónicas de misioneros y capitanes de navío, literatura de otras tierras y volúmenes ilustrados con dibujos de tribus de extraños atuendos que comían peces de nombres desconocidos. Con la ayuda de estos libros podían cobrar legitimidad dimensiones de sí mismo de las que no existía evidencia alguna en la vecindad: las facetas romanas y griegas, los aspectos de sí mismo que eran más mexicanos y tupí que gascones, las dimensiones que habrían deseado disfrutar de seis esposas, tener la espalda depilada o lavarse doce veces diarias. Con ellos podía sentirse menos solo, dirigiendo su atención a sus ejemplares de los Anales de Tácito, la historia de la China de Gonçales de Mendoza, la historia de Portugal de Goulart, la historia de Persia de Lebelski, los viajes alrededor de Africa de León Africano, la historia de Chipre de Lusignano, la colección de historias turcas y orientales de Postel o la cosmografía universal de Muenster; que prometía dibujos de "animaulx estranges". (Alain de Botton)


Vespucio sobre los indígenas sudamericanos (1500):
En aquellos países hemos encontrado multitud de gente que nadie podría enumerarla, como se lee en el Apocalipsis: gente, digo, mansa y tratable; y todos de uno u otro sexo van desnudos, no se cubren ninguna parte del cuerpo, y así como salieron del vientre de su madre, así hasta la muerte van. Tienen cuerpos grandes, membrudos, bien dispuestos y proporcionados y de color tirando a rojo... Son ágiles en el andar y en los juegos y de una venusta cara, que ellos mismos destruyen, pues se agujerean las mejillas y los labios y las narices y las orejas... No tienen paños de lana ni de lino ni aún de bombasí porque nada de ello necesitan; ni tampoco tienen bienes propios, pero todas las cosas son comunes. Viven juntos sin rey, sin autoridad y cada uno es señor de sí mismo. Toman tantas mujeres como quieren... Cada vez que quieren deshacen el matrimonio y en esto ninguno observa orden. Además no tienen ninguna iglesia, ni tienen ninguna ley ni siquiera son idólatras... Viven según la naturaleza, y pueden llamarse más epicúreos que estoicos. No son entre ellos comerciantes ni mercan cosa alguna. Los pueblos pelean entre sí sin arte y sin orden... y aquellos que en la batalla resultan cautivos, no vivos sino para su alimento les sirven para que sean matados, pues que unos se comen a otros y los vencedores a los vencidos y, de la carne, la humana es entre ellos alimento común... ellos se maravillan porque nosotros no matamos a nuestros enemigos y no usamos su carne en las comidas, la cual dicen ser sabrosísima... Nosotros, cuanto nos ha sido posible, nos hemos esforzado en disuadirlos y en cambiar esas costumbres perversas. (Carta de Amérigo Vespucci a Lorenzo di Pierfrancesco de Medici, Sevilla, 18 de julio de 1500)

El estado salvaje:
[Poco convincente intento de explicación del origen del salvajismo a partir de un estado civilizado anterior]. El barón Von Humboldt, al hablar de los miserables grupos de indios que encontró a lo largo del Amazonas y el Orinoco, observa ingenuamente: Ellos no son la materia prima de la humanidad; ni nosotros nos hemos elevado de ese estado. Esos desventurados seres son los últimos restos degenerados de alguna raza agonizante que ha caído en ese estado. El hombre en un estado de naturaleza es un ser condenado, condenado a muerte. Un salvaje, dejado a sí mismo, no se eleva. Ha caído donde está y se haya yedo más abajo aún. Es sólo cuando se le hace entrar en contacto con la civilización que es posible en él un cambio hacia arriba. Cuando un salvaje entra en ese contacto con la civilización, los añade a sus propios vicios salvajes, y se embrutece más y cae aún más abajo. Los tales están condenados a una pronta extinción. (James Churchward, El continente perdido)


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